Situaciones Incómodas Por Salvador Luis

Guillermo Barquero

10 jun 2011 1
Guillermo Barquero

Guillermo Barquero (Costa Rica, 1979) es un narrador de durezas e ironías. Ha publicado los libros de cuentos La corona de espinas (2005) y Metales pesados (2010), así como las novelas El diluvio universal (2009) y Esqueleto de oruga (2011). Junto al escritor y editor costarricense Juan Murillo compiló el volumen Historias de nunca acabar. Antología del nuevo cuento costarricense (2009), y en el mismo año fundó en la ciudad de San José el proyecto Ediciones Lanzallamas, abriendo un espacio fundamental para la narrativa contemporánea de Centroamérica. Barquero es sin duda un trabajador esmerado, meticuloso e inagotable, rendidor y resuelto. Y por eso hoy, aunque ir tras las pistas de un tesoro escondido le traiga más beneficios que responder a este interrogatorio, Guillermo, incondicional como siempre, ha preferido ponerse en una situación incómoda.

¿Coca-Cola o Pepsi, Guillermo?

Bueno, durante largos años he sido una especie de apóstol en contra del carbonato y la coca en soluciones embotelladas… Perdón, ahora lo confieso, me he terminado haciendo adicto a la Coca-Cola en lata, la clásica de 355 ml. Pero no podés esperar que alguien como yo sólo le sea fiel a una lata pintada de rojo: últimamente he estado consumiendo cantidades enloquecedoras de Pepsi en latas de 473 ml, de esas de “volumen extra COMPLETAMENTE GRATIS”. ¿Escuchaste? ¡MIERDA, COMPLETAMENTE GRATIS! No me volvás a poner latas de Coca-Cola en una entrevista, Salvador, me acelero me acelero me acelero…

Hablando justamente de bebidas, ¿qué nos puedes decir acerca de tu relación con el alcohol? ¿Mantienen una cálida dependencia o han acordado un trato de primos lejanos?

¡Me acelero, me acelero!… Perdón, cuesta quitarse el efecto de la coca del cuerpo. Ah, me preguntás por el alcohol, cosa que te agradezco. Te cuento que jamás he podido escribir bajo sus efectos, ni hacer el amor a hermosas doncellas bajo su influjo. Lo que es lo mismo: el alcohol me incapacita, me deja hecho un manojo de risitas arrugadas. En serio, las bebidas alcohólicas me convierten en un lindo extraterrestre que observa el espectáculo absurdo del mundo con un desapego fantástico, como ninguna otra cosa podría hacer con mi organismo. Por eso somos codependientes: el alcohol me necesita para existir y darse forma; yo lo requiero para ser ese fantasma que no puede escribir ni una línea ni puede tocar con excitación a la mujer que ama. Ahora que lo pienso bien, todo es cuestión de aceleración y desaceleración. El alcohol es mi desacelerante por excelencia.

Te comprendo, Guillermo. Conozco gente que sufre del mismo mal. A mí en cambio me desacelera cualquier recuerdo de Margaret Thatcher. Pero pasemos mejor a tu nuevo libro de cuentos, Metales pesados (Ed. Costa Rica, 2010), un grupo de diez relatos en el que exploras la estetización de la muerte, sobre todo en textos como “Imperio de escupefuegos” y “Vicisitudes del vicio” (títulos que me encantan, dicho sea de paso, y que lamento no haber imaginado antes que tú). En el segundo de ellos, además, el personaje moribundo nos informa de una técnica muy avanzada para desfalcar máquinas tragamonedas. ¿Qué tan inequívoca es esta técnica, Guillermo, y qué debo hacer para unirme a la banda?

Salvador, vos sabés cuánto te aprecio, y por eso mismo no puedo más que sentirme, no sé, emocionado por tu buena voluntad. ¿Todavía creés en la ficción? Estos cuentos no son inventos narrativos (aunque, te confieso, los disfrazo con esos títulos tan auspiciosos), simplemente son actividades a las que me he dedicado y que ahora hago aparecer bajo tiernos disfraces. Esos sistemas para desfondar tragamonedas los he ido probando en distintos entornos: un par de casinos de San José, un lugarcito muy lindo cerca de la… Mejor sigo con el cuento más tarde, creo que se nos acaba el negocio si te lo digo de una vez. Lo que sí te puedo decir es que ahora no estoy solo, estamos bien organizados. ¿No me vayas a decir que no has escuchado hablar de los “Escupidores Solícitos”? Exacto, entiendo tu cara de sorpresa. Si te apuntás, pues salís en mi próxima novela… Y con buena plata de por medio, Salvador.

Te digo con sinceridad que me gusta el nombre de la banda, Guillermo; y aunque no lo creas, he seguido sus hazañas por la televisión (claro, sin saber que se trataba de ti). Si de verdad hay buena plata de por medio, me apunto, y les prometo fidelidad hasta que me reclute un grupo mejor organizado o hasta que me capture la policía (yo con los agentes del orden siempre colaboro, se lo prometí a mi abuela). Y hablando justamente de orden, ¿te has puesto calzoncillos para esta entrevista? (Me lo pregunta un cibernauta que dice que nunca te pones calzoncillos).

Mierda, pensé que no se notaba. Bueno, todas las cosas que uno hace tienen una explicación, aunque te confieso que nunca me imaginé que tendría que contar esta historia. La cosa comenzó hace años, en una fresca y lluviosa tarde del mes de marzo. Estaba en Limón (en el atlántico de mi país), admirando los barcos bananeros que llegaban de lontananza, cuando algo se dibujó cerca de la costa, una sirena o una deidad marina de la antigüedad… Salvador, espera, si te contara el mecanismo por el que llegamos hasta esto, a esta entrevista sin calzoncillos, te echarían de la revista. Creo que te lo tendré que resumir… Hay una pequeña isla, un racimo de bananos, una cola dorada de pescado, un barco petrolero. Mi falta de calzoncillos es una especie de novela social softcore con paisajes de sirenas. La próxima vez que nos veamos te la cuento completa. Ah, y se me olvidaba: la falta de calzoncillos tiene también un elemento congénito nada despreciable. ¿Has leído algo sobre la poliorquitis?

Solamente he visto algunas fotos en revistas de baja circulación, pero nada más que eso. La verdad no sé si llegue a profundizar acerca del tema porque a mí lo que me preocupa es la cola de seis centímetros con la que nací, sin embargo ahora entiendo por qué no usas calzoncillos, Guillermo, y me solidarizo. De algún modo todos somos monstruos, ¿sabes? Hasta Walt Disney fue uno, un monstruo social, como diría Michel Foucault. Walt Disney fue quien encargó la muerte de la madre de Bambi, por ejemplo.

A mí la verdad las historias con finales felices me produjeron un trauma indecible durante la infancia. Después de ver tantos besos largos, pestañeos seductores de princesas, juegos de pólvora que celebraban bodas y reinos nacidos, me he tenido que arrancar la costra de tanta felicidad con muertos, quemados, apestados y enfermos terminales… Adivinaste, Salvador, con las historias que me han pasado (te confieso, no solo a mí, sino a mis amigos íntimos), y que son esas de Metales pesados y del resto de mis esfuerzos. Así que lo único que puedo decirte es que espero que decapiten a la mamá de Bambi más seguido.

Un comentario »

  1. Germán Hernández 10 jun 2011 at 22:04 -

    Hilarante… buena entrevista para los que hemos terminado con la conciencia crispada luego de leer la densa y valiosa obra del amigo Barquero.

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