En estos tiempos en los que parece que las cadenas de televisión (las extranjeras, al menos) compiten entre sí por hacer cada vez más y mejores series, la BBC vuelve a ponerse a la cabeza del pelotón y a demostrar que, cuando quiere, puede dejar al telespectador con la boca abierta. Su última apuesta ha sido la conversión de la novela The Crimson Petal and The White (Pétalo carmesí, flor blanca), de Michel Faber, en una miniserie de cuatro capítulos. Como no he leído el libro, no puedo opinar sobre él, ni decir si la adaptación me parece buena, mala o regular. Pero sí puedo, sin embargo, hablar de la serie y de calidad que desborda.
The Crimson Petal and The White cuenta la historia de Sugar (Romola Garai), una joven prostituta que alterna su forma de ganarse la vida con la escritura del Libro del odio, un manuscrito en el que narra cómo asesina a sus clientes (algo que nunca hace, en realidad) y que le sirve de vía de escape. En su camino se cruza William Rackham (Chris O’Dowd), un frustrado y pusilánime aspirante a escritor, cuya mujer, Agnes (Amanda Hale), está enferma física y psicológicamente y vive recluida en su mansión. Considerando que Sugar es todo lo que él desea y que su esposa no puede darle, William llegará a un acuerdo con su madama (Gillian Anderson) para llevársela de la casa de citas en la que vive y poseerla con exclusividad. Ahí comienza la carrera de Sugar hacia la gloria y el reconocimiento social, mientras se acelera la caída de William y del mundo que lo rodea. O al revés.

Lo que a simple vista puede parecer el típico folletín victoriano se convierte, en manos de la BBC, en una clase magistral de producción y de aprovechamiento de recursos. Increíblemente bien ambientada, el gran contraste entre la suciedad y la oscuridad de los bajos fondos londinenses y la luminosidad y lo impoluto de la clase alta sirve como trampantojo de una sociedad que está completamente podrida y cuyos estratos deberían estar cubiertos de fango por igual. Rodada (en ocasiones) de forma casi delirante (lo que nos hace recordar a Darren Aronovsky en Requiem for a Dream, por ejemplo, o a ciertos momentos de David Lynch), The Crimson Petal and The White desarrolla un ambiente cargado y asfixiante, un puzzle de estampas donde el vestuario, el decorado, la fotografía y la postproducción nos mantienen pegados a la pantalla mientras nos regalan varias escenas casi más propias de una película de terror que de una producción de este tipo.
Pero no sólo de ambiente asfixiante e imágenes cuidadas vive esta serie. Gracias al estupendo trabajo realizado por los actores, las vivencias de cada uno de los personajes y sus viajes individuales hacia aquello que desean o que no les queda más remedio que aceptar se convierten en una aventura en sí misma. Mientras Romola Garai encarna a la perfección a la compleja protagonista, Chris O’Dowd realiza un cambio de registro necesario para liberarse de su papel de Roy (IT Crowd) y borda al despreciable Rackham, y Gillian Anderson brilla de puro esperpéntica. Pero, sin duda, la actuación más impresionante es la de Amanda Hale, que interpreta el descenso a la locura de Agnes Rackham con tanta verosimilitud que, al mismo tiempo que despierta nuestra simpatía por esa pobre mujer condenada a la incomprensión y el maltrato, consigue ponernos los pelos de punta.


The Crimson Petal and the White es una historia de sexo, odio, autocomplacencia, miedo, vergüenza y apariencias, donde no hay espacio para el amor, la amistad, la comprensión o el libre albedrío, y donde nadie es quien parece ser a simple vista y todo, como la historia que cuenta, como Sugar, como Agnes… todo es impredecible.








