Algunos críticos dicen que Shakespeare, a veces, no era bueno con los tiempos. Ni con los espacios. Que los confundía y que cómo no se daba cuenta. Que, por ejemplo, en una escena de interior, decía “mira ese árbol”, y cómo iba a haber un árbol dentro de una casa, si realmente se estaba refiriendo a un bosque. Todo esto lo cuenta Peter Brook, que de Shakespeare sabe, y mucho. Y dice también que es evidente que estos críticos nunca entendieron que Shakespeare, en realidad, escribía teatro para un espacio infinito, dentro de un tiempo infinito. Punchdrunk, la compañía de teatro de la que más se habla en Nueva York últimamente, sí que lo entendió. Y tal vez por eso montó su Sleep No More, una versión de Macbeth, con guiños a la Rebeca de Hitchcock y ambientada en los años treinta. Las entradas –a 75 dólares– estaban agotadas desde que se anunció que llegarían a la ciudad. Nadie parece arrepentirse; la obra, dicen los medios especializados, es impresionante “even for New York standards” (incluso para Nueva York).

A mí me lo contaron unos amigos: una compañía de teatro inglesa había montado una obra en un hotel abandonado en pleno Chelsea, uno de los barrios más de moda en Manhattan. ¿En serio quedaban sitios abandonados en Chelsea? Desde hace ya unos años cualquier galpón, cualquier antigua fábrica de ese barrio ha sido comprada y convertida en galería de arte o en hotel boutique. Y sin embargo, era verdad: ahí estaba el McKittrick Hotel, en la 27 y la 10 avenida. Se había terminado de construir en 1939 y fue uno de los hoteles más lujosos de Nueva York. Puede que algunos reconozcan el nombre: Hitchcock llamó McKittrick al hotel de su película Vértigo, en homenaje a su estancia neoyorquina. Él fue uno de los pocos huéspedes que tuvieron la suerte de alojarse en el hotel: sólo duró abierto unos días. Poco después de su inauguración, el inicio de la II Guerra mundial obligó a los dueños a cerrar el hotel y ha permanecido así, sin visitas, durante más de ochenta años.
Nadie sabe cómo hizo Punchdrunk para conseguir los permisos para entrar en el hotel, montar la obra y abrirlo a público. Llevan haciendo lo mismo, en otras ciudades y con otras obras, desde 2000, cuando empezaron con su “teatro de inmersión”. El caso es que el hotel es inmenso, seis pisos, y la compañía lo utiliza todo. Y, además, que la obra empieza mucho antes de plantarse frente a los actores: mi entrada es para las 20h, pero media hora antes ya hay cola fuera del McKittrick. Y todos estamos marcados por una señal en la mano: una estrella de tinta azul, con rayos hacia los costados. A partir de entonces, se abre la puerta y todo está oscuro. Nos dan una carta -la mía, el rey de picas- y unas indicaciones mínimas que nos dirigen hacia la nada: un laberinto, aún más oscuro, que anuncia ya lo que será la noche: el silencio, seguir la intuición para llegar a algún sitio, tocar hasta las paredes, dejarse llevar.

De repente estamos en un cabaret, años treinta, con el aire cargado de humo y unos cuantos espectadores tomando copas, un grupo de jazz al fondo. Es difícil creerlo, pero lo obra, en sentido estricto, aún no ha empezado. Entonces alguien nos llama: las reinas y los reyes están invitados a entrar. Se abre una cortina de terciopelo rojo y cuarenta personas nos amontonamos en una sala minúscula. En una repisa hay unas máscaras blancas, mezcla de Scream y de carnaval veneciano. En Sleep No More, los actores no llevan mascaras; los espectadores, sí. Pero no son máscaras que paralicen, más bien al contrario. James, el ascensorista -a estas alturas, se ha abierto una puerta en la salita y nos han empujado hacia una sala aún más pequeña, que de repente se mueve y se convierte en ascensor-, nos explica las reglas del hotel: en este hotel se está en silencio, en este hotel se va solo, en este hotel no se sacan fotos y, sobre todo, este hotel no es un hotel convencional, y nada es lo que parece, así que cuanto más curiosos seamos, más descubriremos. Nos miramos los unos a los otros intentado encontrar un rasgo que nos diferencie de los demás, pero la uniformidad es tal que produce escalofríos. La puerta del ascensor se abre. Empezamos a salir. El ascensorista nos bloquea el paso. Sólo unas diez personas bajan ahí, al resto nos va abandonando en otros pisos, imposible saber dónde estamos.
Hay un cementerio -sigue, todo, oscuro-, un carricoche abandonado, polvo que se levanta de las tumbas. A la izquierda, puertas hacia unas habitaciones de familia rica. A la derecha, el cementerio se convierte en jardín. Los enmascarados lo tocamos todo: algunos, a la izquierda, abren cajones como posesos, miran detrás de las cortinas, tratan de abrir puertas que no se abren -todavía. Ahora, a la derecha, una pareja empuja el carricoche como tratando de encontrarle un sentido, las estatuas en penumbra señalan hacia una cristalera. Alguien se mueve detrás, unos cuantos corremos: es Macbeth. Sale de la cristalera, ha pasado algo terrible. No sabemos qué es, él camina mirando al suelo, parece desesperado. Vuelve a entrar en la cristalera, sostenemos la puerta, entramos detrás de él. Alrededor de una bañera se mojan, en el suelo, cartas manuscritas a Lady Macbeth; algunos se sientan a leerlas. Macbeth se mira al espejo, se tira del pelo, está a punto de llorar. En el espejo nos reflejamos, además, todos nosotros, pero es claro que para él, apenas a unos centímetros, no existimos.
Escribo en plural, pero, realmente, desde que la puerta del ascensor se abre, se terminan las coartadas y una está sola. Sola frente a los demás -no hay palabras que valgan, y las máscaras impiden cualquier gesto de complicidad-, sola frente a quienes la acompañan -o acompañaban: no me imagino una manera de estar en ese hotel con compañía- y, sobre todo, sola frente a una misma, es decir, sola frente a la obra: la obra no pasa, la obra se hace a medida que una camina, a medida que una decide si quiere quedarse dos horas sentada en la cama de un manicomio, o seguir a Banquo escaleras arriba y abajo, hasta quedarse sin aliento.

En eso consiste Sleep No More: en romper las barreras entre el teatro y lo que está fuera. Para empezar, entre el teatro y las demás artes: los actores no hablan, la obra son más bien cuadros que se montan y se desmontan en cuestión de segundos -los actores llegan, coinciden como por sorpresa, pasa una pelea, o una orgía, o un entierro, y después el mismo lugar queda deshabitado, como si allí no hubiera ocurrido nada- y es imposible definir dónde está la frontera entre actuación y danza. Pero no sólo es eso: cada una de las más de cien salas del McKittrick es una instalación en sí misma. Hay una oficina de detectives, un manicomio –dos hileras de camas idénticas, con los expedientes médicos abiertos en las mesillas, iluminado cada uno por una lamparita y, en la sala contigua, otras dos hileras, esta vez de bañeras a medio llenar-, la sala de trabajo de un taxidermista, varios bares, un bosque –Birnam-, la habitación de un bebé, con un espejo inmenso en el que se refleja la misma habitación, deshecha, con la sangre como prueba del asesinato de los hijos de los McDuff, una tienda de golosinas donde de repente nos damos cuenta de que podemos comer lo que queramos. Todo, todo está hecho con el máximo detalle y a la vez nada es lo que una espera. Como caminar por un sueño.
Por eso, porque el arte en Sleep No More es un concepto que lo abarca todo y también porque, como dice Felix Barrett –uno de los directores de la obra-, “los espectadores se sienten capaces de romper todas las reglas que les han inculcado durante toda su vida”, cualquier decisión que tomemos -explorar una habitación durante horas, perdernos en el bosque, tratar de seguir a los personajes que al final siempre son más rápidos que nosotros- nos lleva a fabricar nuestra propia manera de interactuar con la obra, es decir, a atrevernos a ser los espectadores que queremos ser.

He dicho que los actores no hablan. También, que los espectadores llevan máscaras, pero no es del todo verdad: después de una de las escenas más espectaculares de la obra, Hécate me mira a los ojos, me agarra de la mano, y me lleva hacia una puerta que antes –yo ya había intentado abrirla– estaba cerrada. Me mete en una salita, me quita la máscara, me obliga a beber una poción que seguro que es mágica y me cuenta un cuento que se va convirtiendo en historia de terror mientras ella me empujaba hacia un bosque secreto. Macbeth está pasando fuera y nosotras estamos allí, solas, en un bosque en el que no se ve nada y al que nadie más puede entrar, yo clavando las uñas en sus brazos para intentar aplacar el miedo. “Encuentra mi anillo”, me grita antes de ponerme la máscara otra vez y echarme por una puerta que antes no existía. El jersey que llevé a la obra tiene aún pegadas algunas hojas secas, como una especie de prueba de que aquel bosque era real. El anillo, todavía no lo he encontrado.
Methought I heard a voice cry ‘Sleep no more!
- Sleep No More
- Compañía: Punchdrunk
- Lugar: McKittrick Hotel, 530 W. 27th Street
New York, NY 10001 - Entradas: 75 dólares
- Hasta el 24 de junio
- http://sleepnomorenyc.com/













Awesome review