Fabián Casas es junto con Martín Gambarotta y Washington Cucurto uno de los referentes de lo que en la literatura argentina contemporánea se denominó la generación del noventa. Hace unos días estuvo de gira en España, donde presentó la nueva edición de Los Lemmings y otros (Alpha Decay, 2011) en Madrid y Barcelona, y participó en el festival Cosmopoética de Córdoba, Andalucía, junto a poetas de la estatura de Charles Simic.
La semana pasada estuvo haciendo una lectura en Casa América Catalunya. Luego de terminar de leer sus poemas, se le hicieron algunas preguntas en las que desplegó su saludable actitud hacia la literatura y la vida en general, con esas frases tan “casianas”como “Hay donde está el peligro, está la salvación” o “Hay que tener amor al destino, no ser un llorón”. Además de defender las experiencias propias de lectura, habló de Los Lemmings y otros, un libro de relatos donde indaga en las “pequeñas iniciaciones” de una banda de chicos de barrio en su Boedo natal (Buenos Aires), señalando que “la infancia es el momento en el que uno carga combustible”.
Sin embargo, no sólo de nostalgia autobiográfica va el libro. En esos cuentos se cifra la experiencia generacional de una época, los setenta, marcada por Astroboy, Led Zeppelin, Stalker, Travolta, la colección Robin Hood, Asterix, pero ésta aparece sutilmente hilvanada por la naturaleza melancólica de un poeta. Un poeta “impecable e implacable” en esos eficaces juegos de lenguaje donde lo narrativo cede ante una latente poética del desencanto.
Debo reconocer que los poemas de Casas acompañaron estrechamente mi educación sentimental a lo largo de muchos años, más de los que quisiera reconocer.
Por eso, esto no es una entrevista, ni un diálogo, ni una charla de bar. Tampoco un intento de acercamiento de una fan a un gran poeta.
Esto es una sesión encubierta de un grupo de autoayuda, donde el Sensei Casas nos instiga a la honestidad, a ser nosotros mismos y a escuchar esa “musiquita interior” que le mueve a escribir.
En tus libros siempre aparecen referencias a Spinoza, Hegel, Heidegger; así como en tus reportajes decís que sos-un-ser-para-la-copa-Libertadores o describís a un personaje de Los Lemmings diciendo que “Era un Paul Valéry conviviendo con la hinchada de Boca” ¿Cómo se logra fusionar la alta filosofía con la experiencia cotidiana, sin que lo primero suene rimbombante, forzado o pretencioso?
En principio, tiene que ver con lo que yo soy. Yo soy una persona que nació en tal lugar, que tuvo un montón de vivencias y que después se decidió a estudiar filosofía. Y lo que estudié me estimuló para pensar las cosas con las que fui creciendo. Cruzar alta cultura con lo popular fue algo que ya hizo Walter Benjamin en ese libro tan extraordinario que es El libro de los Pasajes, donde sentó las bases para todo este tipo de pensamiento. Aunque para mí no fue necesario estudiar a Benjamin, porque lo leí a posteriori. Pero lo que siempre supe es que quería ser honesto con lo que yo conozco, con lo que yo sé. En ese sentido, así es como algunas cosas que estudié me fueron estimulando y se fueron cruzando con lo que escribía. Así es como, si leía a Lacan, determinadas cosas que él teorizaba, como en su última época, cuando se puso a jugar con los nudos borromeos, me estimulaba para pensar cosas que tenían que ver con el lenguaje, con mi infancia, con la repetición y la muerte de Kurt Cobain. Es algo que forma parte de la naturaleza mía. Ir soldando cosas de aquí y de allá. No hay una distinción entre cultura alta y baja.
Durante mucho tiempo seguí tus blogs. Mal Elemento, Sable Láser, el Sr de Abajo, donde colaborabas eventualmente con Pedro Mairal ¿Cómo es tu relación actual con ellos?
El único blog propio que tuve fue El Ciclón y la Furia (El ciclón es el apodo del club de fútbol San Lorenzo). Sable láser no era mío. Era de otro que también se llama Fabián Casas. También escribí en una página, un blog que se llama Los trabajos prácticos y que se hace en Londres. El blog me parece un formato que está bueno. Como todas las formas digitales que empiezan. Pero, como cada forma, tiene sus maestros. Por un lado, es super interesante porque es democrático y determinados escritores se pueden hacer escuchar y no dependen de un medio grande, por lo que pueden escribir “fuera de agenda”. Por otro lado, también ha pasado con mucho poetas, escritores de blog que al tener comentarios inmediatos de sus lectores, escriben siempre sabiendo que son leídos, observados. Y eso debilita la escritura. Y entonces, escriben , como decimos en Buenos Aires “para la tribuna”. Para mí es mejor escribir un texto con tranquilidad, y esperar, mostrárselo a determinadas personas y volver. No escribir y publicar simultáneamente. Eso, en definitiva, te debilita.
¿“Primero publicar y después escribir” como dicen que dijo Osvaldo Lamborghini por ahí?
No. Primero escribir y después publicar, para mí. Fijate que hay un cuento de Los Lemmings que tiene más de diez años.
Aquí en España no se conoce mucho de la efervescencia editorial que hubo en Argentina desde mediados de los noventa en adelante. ¿Podrías resumir un poco las razones de ese fenómeno?
A mí me parece que lo que pasó en Argentina, fue que un montón de gente, en plena situación de crisis, en vez de ponerse a llorar, se decidió a producir, como sea. En vez de estar discutiendo porqué no lo publicaban a tal en la revista de Clarín, dijeron “yo hago mi propia revista, hago mi medio”. Y así surgieron VOX, Eloísa Cartonera, Ediciones de Tierra Firme, Del Diego (del poeta Daniel Durand). Hay un montón, un sinfín de editoriales. Pequeñas editoriales que hacen libros muy lindos físicamente y han encontrado distribuidores exclusivos que se encargan de pelear un lugar para sus libros en las librerías. También se ha creado la F.L.I.A. (la Feria del Libro Independiente y A…).
Desde Tuca (VOX,1990) en adelante tu poesía ha estado marcada por el desencanto. Pero ahora que sos un escritor con una cierta trayectoria y una estética consolidada ¿El desencanto tiene que ver sólo con tus experiencias juveniles?¿Cómo es la educación sentimental de Fabián Casas hoy?
Entre libro y libro mío hay ocho años. Por eso algunos poemas han estado sin terminarse o trabajándose entre cinco y diez años. Igual siempre estuvieron relacionados con momentos intensos y vitales de mi vida. Por ejemplo, los poemas de Tuca son poemas medio punks como Todo lo que se pudre forma un familia. Yo en ese momento no tenía una familia. Y ahora tengo una familia, una mujer, una bebé, mi casa, mi perro. En ese sentido, ese poema, es un poema honesto con respecto a lo que yo estaba viviendo en ese momento. Los poemas de El Salmón son posteriores a Tuca y tienen que ver con otro momento vital de mi vida que tiene que ver con mis amigos de la revista 18 whiskis, las lecturas, Spinoza, Schopenhauer. En cambio, Oda, el libro siguiente vino después de una gran depresión, de un año sin escribir. Había perdido la capacidad de escuchar esa musiquita interior, que es lo que me hace escribir. Y como no podía escribir, traducía. Empecé a traducir The Waste Land de T.S.Elliott. Y me acuerdo que pasé de traducir a escribir pequeños poemitas en inglés, en una lengua extranjera para mí, una lengua que no manejo bien. Después los traduje al español. Y muy de a poco comencé a escribir de nuevo. Eran poemas religiosos. Leía poetas franceses, a los místicos, a Gurdieff, a Ouspensky, hasta empecé a leer Zen, a Suzuki y toda la filosofía oriental que ayuda al espíritu para poder pararte bien y crecer, no tener miedo. Hice un trabajo contra eso. Y de ahí salió Oda. Salí de la depresión gracias a esos poemas. Y a una terapia de ocho años.
Para terminar, me he enterado que lo último que has publicado es un libro para niños…
Sí, se llama Rita viaja al Cosmos con Mariano (Ed Planta)
¿Y en qué estás trabajando ahora?
Tengo tres o cuatro relatos que estoy corrigiendo y releyendo todo el tiempo. Lisandro Alonso (director de cine argentino) me escribió hace dos años, diciendo que sentía que su manera de hacer cine se había agotado y que quería hacer algo conmigo. Nos hicimos muy amigos y yo empecé a escribir un guión para él. Él me dio unas coordenadas y yo tenía una historia en la cabeza. Una historia mía fantástica. Siempre intenté escribir obras de teatro y siempre fracasé. Esta era una historia que tenía para una obra de teatro y la inserté en este proyecto. Es una historia que sucede en un desierto, en un país muy, muy lejano, como una paráfrasis del comienzo de La Guerra de las Galaxias, hay soldados que pelean contra los bárbaros salvajes. Un soldado tenía un perro. Empecé a trabajar esto para Lisandro. Pero en totalidad era “infilmable”. Pero voy a seguir trabajando en esto que ya es una nouvelle. Y con Lisandro vamos a guionar, después, algunas partes. Además, ahora voy a publicar un libro de ensayos en Buenos Aires, que se llama Breves apuntes de autoayuda.
Nos hubiéramos pasado horas charlando con Casas sobre el cine independiente argentino, sobre sus ensayos-bonsai, sobre lo que le gustó de la ciudad de Barcelona, sobre la reedición de Los Lemmings y el Boedismo Zen, pero al concluir la respuesta a esta última pregunta, una beba regordeta y muy despierta aparecía en el marco de la puerta, en los brazos de la mujer de Fabián, eclipsando toda nuestra atención y la del padre, quién se acercó rápidamente para tenerla en sus brazos un rato. Entonces, cautelosamente, nos despedimos.
Ahora sólo nos queda el grato recuerdo de su voz, su acento marcadamente porteño, y esa melancolía tan contagiosa, tan tanguera, que nos hace tarararear y tarararear al ritmo de una musiquita interior.
Foto: Ernesto Escobar Ulloa
- Los Lemmings y otros
- Autor: Fabián Casas
- Editorial: Alpha Decay








