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Disculpa, Connecti-¿qué?

Por Ana Pastor 24 may 2011 2
Disculpa, Connecti-¿qué?
Disculpa, Connecti-¿qué?

El pasado verano, cuando aún estaba preparando mi viaje a Estados Unidos y no sabía en qué lugar iba a vivir, una amiga me dijo: “Sólo espero que no vayas a Connecticut”. Siete meses después de esa intimidante declaración estaba deshaciendo las maletas justo ahí.La primera reacción de quienes descubren que ahora vivo en EE.UU. es de sorpresa y envidia. La segunda, tras decir el Estado, es extraña, cuando no de compasión. A quienes lo conocen o han oído hablar de él les vienen a la cabeza dos adjetivos: ricos y puritanos. A quienes no saben situarlo en el mapa basta decirles que está, más o menos, a una hora de Nueva York. Eso siempre hace que abran mucho los ojos.
Antes de llegar yo sólo pensaba en esa tríada y reconozco que el último dato me mantuvo siempre muy motivada. Pero hay una cuarta palabra que muchos se guardaron de decirme y que a mí siempre me rondó la mente: aburrimiento. Pequeña, conservadora, llena de ricos y sin grandes altercados en su Historia. Connecticut suena a algo horriblemente perfecto.

Cuando llegué pensé dedicar este espacio a Nueva york y salpicar, sólo de vez en cuando, con relatos de este entorno. Pero al poco de aterrizar conseguí el único carnet que podía permitirme sin tener una cuenta en el banco: el de la biblioteca. Porque, ¿cómo puede una de las primeras colonias no tener historia? ¿Cómo puede el quinto Estado en firmar la Constitución no tener nada de qué hablar? ¿Acaso no pasa nada en Connecticut? Leí en un artículo que una pareja fascinada por la obra de Mark Twain dedicaba su tiempo libre a recorrer los lugares donde había dejado huella. El periodista, Lary Bloom, les preguntó entonces por el palacio victoriano de su héroe en Hartford, la capital del Estado, donde el escritor tuvo inspiración para Las aventuras de Tom Sawyer, El príncipie y el mendigo o las Aventuras de Huckleberry Finn. Su respuesta fue directa: “¿En Hartford? ¿Cómo de interesante puede ser una atracción si está en Connecticut?”. Creo que ellos estaban equivocados, al igual que yo.

No sólo porque allí escribiera parte de sus más famosas novelas, sino porque Connecticut tiene en su historia brujas antes que Salem, la reconocida universidad de Yale, al padre del fútbol americano, al artista Sol Lewitt, héroes nacionales, el primer libro de cocina nacional, la mayoría de las fábricas de armas que han abastecido al país a lo largo de su historia… y todo envuelto en una cáscara de cristal que se resquebraja por momentos.

Desde que los ingleses fundaron en 1636 Connecticut Colony, el primer gran asentamiento y la segunda de las tres colonias que terminaron formando el Estado –la primera fue Saybrook creada por holandeses y la tercera New Haven–, este lugar ha estado marcado por el puritanismo. El puritanismo es la respuesta a los límites de la Iglesia Anglicana, fundada en el siglo XVI en Inglaterra por Enrique VIII; los puritanos del siglo XVII no la consideraban lo suficiente ‘limpia’ y reformada respecto a la Católica. El miedo al sectarismo llevó a Inglaterra a tomar medidas represivas contra estas gentes, quienes decidieron, entre 1620 y 1630, probar suerte en el Nuevo Mundo. La mayoría fueron a Massachussets, pero las disputas entre líderes hicieron a algunos emigrar. Thomas Hooker, erudito en temas cristianos y primer ministro de Cambridge, fue uno de ellos y ahora es conocido como ‘el padre de Connecticut’ por haber fundado la colonia de dicho nombre en el 36. Aunque Hooker no lo planeara así, la base del asentamiento estuvo desde el principio en un sistema teocrático que, si bien no puede compararse con la actualidad, está claro que determinó los valores y las características de los colonos. Pese a todos los ideales con los que el estudioso llegó a estas tierras, el racismo y el ostigamiento a los de diferente credo fue una constante. El tiempo ha dado paso a la competitividad y el egoísmo. Se mama en el colegio y se practica con los amigos. La discriminación, por lo que veo, no se ha superado, pero no es tanto una cuestión de piel como de monedero.

Esta es la tierra de las apariencias y por tanto las contradicciones, donde los jóvenes perfectos discuten por ver quién tendrá la casa más grande; donde no importa lo que pase estando de fiesta mientras el lunes seas de nuevo el chico ideal que tus padres quieren mostrar; donde te saludan con una sonrisa hasta que descubren que eres la criada; donde es mejor no hablar de sexualidad aunque se produzcan el 1’5% de abortos inducidos de todo el país; donde te venden yogurt etiquetado como sano porque es orgánico pero tiene 200 calorías; donde es imposible ir a comprar el pan sin coger el coche pero luego te piden que por favor no lo uses. Donde los críos crecen con tal sobreprotección que son incapaces de ver Aladdin sin asustarse y parecen vivir con la idea de que serán el próximo Presidente o quizá la Primera dama. El Estado con los colegios mejor valorados, donde se aprende a ser buen Americano, pero a los que una vez graduado no puedes volver de visita no vaya a ser que te hayas convertido en pedófilo. Donde la perfección es la meca y el café es realmente malo –lo cual no significa nada, pero tenía que decirlo.

Sobre Nueva York se ha escrito mucho, se ha filmado mucho y está claro que aún puede hacerse más. Estoy segura de que se hará. Pero, ¿quién escribe sobre Connecticut? Fue ahí cuando dije:  “¿y por qué no intentarlo?”.

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2 Comentarios »

  1. Asier 10 jun 2011 at 10:25 -

    Café del dunkin donnuts…he ahí la aterradora y terrible realidad que encierra Connecticut. A un pueblo lo definen sus costumbres, sus pequeños detalles. Realmente este dato me parece absolutamente espeluznante!!

    Bravísimo Ana!!!!

    Más textos de este calibre hacen falta.

    Lo único que quiero añadir es que gracias a tí ya sé señalar este entrañable estado en el mapa.

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