Hay dos maneras de enfrentarse a la visión de la película Tokio Blues (Norwegian Wood). La primera es teniendo muy presente el libro de Marukami sobre el que se basa esta película. Si el espectador va con la premisa de encontrar una recreación fiel del libro se llevará una enorme decepción. Si, por el contrario, el espectador acude al cine con la intención de ver una película que se origina desde Tokio Blues pero que es casi una adaptación libre, su percepción del filme será muy distinta.
El director elegido para adaptar la novela es el franco-vietnamita Tran Anh Hung, famoso por dos excelentes películas: El olor de la papaya verde (1993) y Cyclo (1995), ambas con premios importantes en los festivales de Cannes y de Venecia.
Tokio Blues narra la historia de Toru Watanabe (Ken’ichi Matsuyama). En el comienzo de la película podemos ver como un amigo de Toru, Kidzuki, pareja de una joven llamada Naoko (Rinko Kikuchi), se suicida introduciendo un tubo de escape por una ventanilla. Al cabo de dos años, con Toru y Naoko en la escuela secundaria, Watanabe se reencuentra con Naoko y comienza un noviazgo con ella. A la vez Toru conoce a la bellísima Midori (Kiko Mizuhara) y mantiene una relación pivotal con ambas mujeres. Compartir habitación y escapadas con un playboy llamado Nagawasa contribuye a incrementar su confusión sentimental.

Desde ese momento la historia se va desarrollando a un ritmo pausado y se centra especialmente en el triángulo amoroso. La película se ubica históricamente a finales de los años 60, una época de fuertes luchas estudiantiles en Japón. Sin embargo, a ninguno de los personajes les preocupa lo más mínimo la lucha estudiantil (“No hay problemas en el mundo más importantes que las tragedias griegas.”). Les preocupan sus vidas y su amor.
Desde mi punto de vista, uno de los aciertos del director es evitar en la medida de lo posible la presencia del narrador en el filme (Toru). Seguir la espesa prosa en monólogo de la novela original habría sido un error grave. Hung asume la inadactabilidad de la novela y crea algo distinto que parte de la novela pero no es ella. Quienes deseen adaptaciones más directas de Murakami pueden acudir a Tony Takitani. En el caso de Tokio Blues no había lugar a la literalidad.

Al contrario que otros compañeros críticos, creo que uno de los aciertos de la película es la elección de Matsuyana como Watanabe. Su personaje es introvertido, dubitativo, antiheróico, mentiroso y así se nos presenta. El personaje está construido para que no nos identifiquemos con él. No debe aportar empatía. Su frialdad, difícil de lograr, la consigue plenamente. La actuación de Kikuchi como Naoko también es formidable. Ese alma perdida, con el corazón roto y la mente desgarrada, que vaga por los paisajes e interiores de una institución mental ubicada en Kyoto, es estremecedora. A Kikuchi ya la conocíamos de la película Babel, que le valió la nominación al Oscar. Naoko es fragil, inmadura sexualmente y su dolor está perfectamente transmitido. Muy buena también, como secundaria, es Reiko (Reika Kirishima), paciente del hospital psiquiátrico y músico. La modelo Mizuhara, en su papel de Midori, debuta en esta película y resulta convincente en su papel de chica liberada sexualmente y es posible que no sea la última vez que la veamos en la pantalla. Tiene un gran descaro ante la cámara y un rostro especialmente bello.
A nivel más técnico abundan los planos largos pero también algunos planos muy cortos que recuerdan a El olor de la papaya verde. Más contradictoria es la fotografía de la película, que ha sido valorada por su gran belleza en la filmación de exteriores. Sin dudar de que los planos exteriores son muy bellos, la saturación del color y el excesivo esteticismo subrayan en exceso. Las escenas invernales mejoran el tono pero siguen cayendo en el tópico. Mucho más interesante me resulta el uso de una fotografía de tonos azulados en los interiores incluyendo las escenas de amor. El carácter frío de los personajes se refleja muy bien en los matices azules. A destacar también las escenas de sexo en exteriores, por su lejanía y planificación (como la felación en el monte).

Quienes sean lectores habituales de esta revista sabrán que soy un fan incondicional de Radiohead. La banda sonora de la película la firma Johnny Greenwood. Desgraciadamente Greenwood crea una banda sonora que pretende tener un protagonismo excesivo. Los mejores momentos, cómo no, son cuando maneja las guitarras. En las piezas orquestales baja mucho el nivel. En general casi siempre suena por encima de los decibelios necesarios. Es una banda sonora que funcionará bien en CD pero en el filme trata de sobreponerse a la película.
Como conclusión, Tokio Blues es una historia de amor y sufrimiento compleja y original. Los personajes son esbozados de manera sutil pero firme y se deja al espectador inteligente que ate y recree los cabos sueltos. Este espectador no encontrará personajes con los que identificarse ni empatizará con ellos. Además, el ritmo de la película, 130 minutos que a mí se me hicieron cortos, puede ser lento para ciertas personas. La mirada contemplativa del director nos permite acompañarle en una película lírica en la que deambulamos por un terreno de realidad personal. No sé si es la mejor película de Hung pero ha demostrado que tiene personalidad propia rodar una versión de la novela de Murakami. Naoko siempre tendrá 21 años. Se puede aprender del dolor. Se puede aprender que las futuras pérdidas no serán menos dolorosas. “Recuerda, siempre existí”, dice Naoko.
- Tokio Blues
- Título original: Noruwei no mori
- Drama, Japón, 2010
- Reparto: Rinko Kikuchi, Kenichi Matsuyama, Kiko Mizuhara, Tetsuji Tamayama
- Distrubuida por Vértigo Films
- Estreno en España: 29 de abril de 2011











