Boxeo: (De boxear) 1. m. Deporte que consiste en la lucha de dos púgiles, con las manos enfundadas en guantes especiales y de conformidad con ciertas reglas (según la RAE). Según el resto de los mortales: dos brutos que se suben a un cuadrilátero a darse de tortas. El que mejor las aguanta, gana. Y se forra. O se forra su representante, o la gente que ha apostado por él. Lo que sea, siempre hay alguien que se forra y alguien que da y recibe puñetazos hasta en el DNI. Hasta aquí, todo claro. Luego está la vida personal de cada púgil, de la que la gente corriente, en general, no sabe nada. Y, como lo normal es no saber nada al respecto, siempre hay un guionista que escribe una historia que nos cuenta qué le ocurre a un boxeador cuando no está en el ring: Toro salvaje, Rocco y sus hermanos, Rocky (todas las Rocky), Million Dollar Baby, Ali, The Boxer, The Fighter… la lista es interminable.En esta ocasión, nos toca hablar de una serie de televisión, Lights Out (FX), que cuenta la historia de Patrick “Lights” Leary (Holt McCallany), un campeón de los Pesos Pesados que perdió su título en un mítico combate celebrado cinco años atrás que se recordará por lo ajustado del resultado y porque provocó que se retirara de la lucha. Desde entonces, vive en una mansión con su mujer (Catherine MacCormack), cuida de sus hijas, se mantiene en forma en el gimnasio de su padre (Stacy Keach) y disfruta del dinero ganado durante sus años de gloria.

Sin embargo, su vida no es todo lo ideal que debería. Johnny (Pablo Schreiber), su hermano y representante, ha realizado una serie de malas inversiones que han desembocado en la bancarrota del protagonista y en serios problemas con Hacienda, el gimnasio pierde dinero a espuertas y, por si fuera poco, Patrick empieza a tener síntomas de sufrir la demencia del boxeador (lo que normalmente se conoce como “estar sonado”). Teniendo en cuenta que de él depende toda su familia –mantiene a su mujer y sus hijas, montó el gimnasio de su padre, le puso una cafetería a la hermana y paga el sueldo de su hermano–, Leary se da cuenta de que lo único que puede hacer para salir del agujero en el que se ha metido es volver a luchar. Y como no puede ser de cualquier manera (necesita un gran combate, algo que le dé suficiente dinero para solucionar todos sus problemas), su gran contrincante, el hombre que le arrebató el título, “Death Row” Reynolds (Billy Brown), le ofrece la oportunidad de volver a enfrentarse y, o bien recuperar la gloria, o bien aceptar que está acabado.
Eso es, en esencia, Lights Out. Pero también es mucho más. Es un cuento oscuro, un relato donde el dolor es inseparable del día a día, donde se combinan acertadísimamente el miedo, el honor, la violencia, el dinero, la decadencia, la vergüenza, el perdón y los juegos de poder. También es una de esas series que van mejorando a medida que pasan los capítulos y en las que, aunque el peso de la trama recaiga sobre el protagonista, todos y cada uno de los personajes (por poco importantes que sean) tienen gran importancia, porque influyen constantemente en las decisiones que éste toma.

Y, por supuesto, no podemos obviar su banda sonora: Eli Paperboy Reed, James Hunter, Cat Power, Creedence Clearwater Revival, Elvis Perkins, Dan Auerbach, The Phenomenal Handclap Band, Rory Gallager… y un largo etcétera de intérpretes que nos acompañan a través de 13 capítulos y que en ningún momento nos dejan indiferentes.
Se ha confirmado ya que no tendrá segunda temporada, pero no hay motivos para preocuparse. Lights Out tiene un final cerrado (un buen final, me atrevo a aventurar, que demuestra que algunas series duran lo que tienen que durar), tras el cual nos sentimos satisfechos, a pesar de no poder evitar que nos dé pena no volver a ver a Patrick Leary. Y con eso basta.








