En 2008 Glasvegas tenía el éxito asegurado de su primer disco antes de publicarlo. Esta banda de Glasgow tenía el concepto de su música y de su imagen bien concienciada. Jóvenes con un look y una pose, si bien atemporal, en estos tiempos que corren crean fascinación tanto entre el movimiento indie como en el pop mainstream. Parecían sacados de cualquier club maldito de una peli de David Lynch (seguramente no les importaría compartir focos íntimos sobre el escenario con Julee Cruise); parecían venerar los 50 y ese rock ‘n’ roll de angustia adolescente que supieron bordar los Ramones, pero limitándolo entre el medio tiempo, la melodía con tintes de épica cotidiana y la reiteración de la tonada melancólica […]
En 2008 Glasvegas tenía el éxito asegurado de su primer disco antes de publicarlo. Esta banda de Glasgow tenía el concepto de su música y de su imagen bien concienciada. Jóvenes con un look y una pose, si bien atemporal, en estos tiempos que corren crean fascinación tanto entre el movimiento indie como en el pop mainstream. Parecían sacados de cualquier club maldito de una peli de David Lynch (seguramente no les importaría compartir focos íntimos sobre el escenario con Julee Cruise); parecían venerar los 50 y ese rock ‘n’ roll de angustia adolescente que supieron bordar los Ramones, pero limitándolo entre el medio tiempo, la melodía con tintes de épica cotidiana y la reiteración de la tonada melancólica.
Sonaban como si Buddy Holly se convirtiera en emo y saliera de fiesta con The Jesus and Mary Chain y, aunque resultaban menos oscuros y venenosos que los primeros The Raveonettes, compartían ese fascinante temperamento de teen angst que hacía que la palabra baby sonase hasta interesante aunque se utilizara en un estribillo tres o cuatro veces consecutivas. Con su disco homónimo enganchaban en su primera mitad y pecaban de hacerse cansinos hacia su segunda vuelta, aunque si honrabas los grupos de chicas de los 60, el sonido surf con la oscuridad ochentera sin prejuicios y pensaste que Phil Spector debería luchar por devolver el sonido mono a las radios universitarias, seguro que adoraste su música.
Los once nuevos temas que James Allan ha compuesto hacen de Euphoric Heartbreak un segundo disco que supera los temores sobre la probabilidad de extenuación que un sonido tan marcado y una estructura de canción tan dada a desfondarse podían haber provocado. Lo interesante de este segundo largo es que el asomo franco y abierto de las letras ocasiona un efusivo acceso a la madurez de la banda. Contundencia y delicadeza en cada corte que denotan florecimiento en las composiciones y pequeños arreglos de producción que alcanzan un sonido convincente y adecuado para un trabajo que no trata de acumular singles contagiosos sino de estimular cada nueva escucha, y fabricar un estado de ánimo macizo a lo largo de sus casi cincuenta minutos de duración.
Glasvegas ha logrado la paradoja de ser abiertos pero apretarse a la hora de fundir un concepto y una red de canciones que cobran verdadero sentido en conjunto. También existe el single, y después de escuchar varias veces el disco en su totalidad uno tiene ganas de recuperar algunos temas independientemente; pero si en su debut la banda escocesa pecó de intentar sorprender en demasía: de diez canciones de las que constaba el debut, con la número cuatro (Lonesome Swan) el clímax ya había llegado tan alto que el resto de cortes taponaban la posibilidad de una idea mental más amplia. Quizás era un concepto de disco más acorde con la coyuntura actual en la cual la mayoría de los oyentes se forman sus listas de reproducción y, ante la cantidad ingente de música que se posee al alcance, el sonido de una banda se vuelve más memorable a través de una o dos canciones reconocibles.

Sin emabargo, Euphoric /// Heartbreak recupera el sentido del long play en su totalidad, aunque sin realizar un disco conceptual. La firmeza de la batería se hace más importante en un sonido que incide en una limpia persuasión, y la voz de Allan vuelve a realizar las melodías más vigorosamente lánguidas (otra paradoja brillante) del pop actual. La combinación de desaliento y fortaleza para alcanzar la euforia fugaz también habla de una banda que maneja a la perfección su estado de ánimo favorito: el del ser melancólico que es capaz de regodearse en su tristeza infinita para sacar brillantes instantes de ilusión y esperanza.
Salvando las distancias, me recuerdan al tipo de banda que Placebo constituyó con sus dos primeros álbumes a finales del siglo pasado. Melodías, letras, voces reconocibles y la capacidad de adentrarse en vericuetos de dolor que terminan siendo himnos de ímpetu del post-adolescente con síndrome de Peter Pan que está a punto de dejarse llevar por las fauces de la madurez, las responsabilidades infinitas y el enfrentamiento lateral con la sociedad. No hace falta repasar los temas del álbum porqué es mejor dejarse arrastrar por el itinerario que esta vez llega a su último corte con el climax de media constante. La sorpresa se halla en la antepenúltima canción (Euphoria, take my hand), cuando el bucle de armonía hipnótica y cadencia pegadiza hacen de una melodía tan sencilla que el concepto de banda y disco cobren auténtico sentido: euforia fugaz a través de una tristeza absoluta.
- Euphoric /// Heartbreak \
- Glasvegas
- Pop
- Publicado por Universal Music.
- Distribuido por Sony Music Entertainment.
- A la venta desde el 5 de abril de 2011.
- Puedes escucharlo en Spotify








