A continuación finalizamos el repaso sobre la VII edición del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra, Punto de Vista. (Ver Parte 1)
Tupi or not tupi
Con el subtítulo “Caníbales contra vampiros” se nos presentaba la otra retrospectiva temática del festival: un conjunto de películas que giran en torno al choque de culturas, la explotación y el canibalismo cultural y cinematográfico. El ciclo contenía algunas películas relativamente conocidas que podían dar algunas pistas sobre los objetivos y las ideas de sus programadores, como es el caso de la divertida Tigrero. A film that was never made (Mika Kaurismäki, 1994) o los clásicos Les statues meurent aussi (Alain Resnais y Chris Marker, 1953) y Agarrando pueblo (Luis Ospina y Carlos Manolo, 1977). El cortometraje de los dos grandes autores franceses, el más antiguo del programa, nos remitía a la crítica anticolonialista, mientras que el corrosivo film colombiano introducía uno de los conceptos clave del ciclo: el de “vampiros de la miseria”, en referencia al sensacionalismo y la manipulación fílmica e informativa mediante los cuales el primer mundo aprovecha las miserias de los desfavorecidos.
No obstante, la mayor parte de las películas suponían un misterio para nosotros, empezando por el “tripi” del festival: Triste trópico, del artista brasileño Arthur Omar, una película absolutamente invisible que narra la fabulada historia de un médico (amigo de Picasso y Breton, entre otros) que vuelve de París a Brasil para acabar sumergiéndose en la selva amazónica convertido al mesianismo indígena. Un viaje lisérgico, surrealista y excesivo por momentos, en el que sólo cabe unirse a su fantasía carnavalesca o huir a la sala de al lado.
Otro de los temas que atravesaban Tupi or Not Tupi, como ya veíamos en Agarrando pueblo, es el debate en torno a la representación documental. Babakiueria (Don Featherstone, 1986) utiliza la estrategia del falso documental partiendo de una atractiva idea inicial (sobre un país en el que los blancos son la etnia marginal de la sociedad, dominada por la raza negra) que queda desaprovechada en su posterior desarrollo y lastrada por su factura televisiva. En el otro extremo se sitúa la desconcertante Symbiopsychotaxiplasm: take one (William Greaves, 1968), obra célebre del cine underground yanki no muy conocida en España (pese a estar editada en dvd por Criterion) que se aleja del fake y de los discursos habituales sobre cine documental en nuestro país para adentrarnos en el terreno del canibalismo fílmico. Mediante el retrato de un rodaje de ficción que resulta ser improvisado, buscando la reacción del propio equipo de la película, Greaves trenza una reflexión en torno al propio proceso de creación.
Para acabar, destacamos una película que a nuestro parecer ilustra a la perfección las intenciones del ciclo: Cannibal Tours, del australiano Dennis O’Rourke, se mueve entre la comedia ácida y el documental de denuncia en su incisiva mirada al turismo occidental como forma actualizada de colonialismo. La cita que abre la película es suficientemente elocuente: “No hay nada más extraño en una tierra extraña que el extraño que la visita”.

En líneas generales, Tupi or Not Tupi resultó un ciclo estimulante y distinto a lo habitual en este tipo de festivales, consiguiendo su objetivo de activar un debate y provocando cierta curiosidad y ganas de profundizar en el tema. En este sentido, se echa de menos un pequeño texto introductorio en el catálogo (a imagen de los de José Luis Castro de Paz o Gabe Klinger en sus respectivas secciones) que sirviera como guía orientativa para los recién iniciados.
Heterodoscias
La sección fija reservada al cine español de no ficción recogió el primer fruto de su “Proyecto X Films”, apartado dedicado a los cineastas más actuales con una intención de mecenazgo cinematográfico (en homenaje a la mítica productora navarra de cine experimental del mismo nombre). Así, Chus Domínguez presentó en la gala de clausura sus simpáticas Notas de lo efímero, video-diario rodado (y montado cada día sin revisión posterior, como requisito autoimpuesto) durante su estancia en una pensión pamplonica la pasada primavera, donde retrataba a los fugaces visitantes a la vez que reflejaba sus propias sensaciones y frustraciones. Los ganadores del proyecto en esta edición, cuyo resultado deberán presentar el año que viene, fueron el dúo We Are QQ.
En cuanto a “Heterodocsias Rewind”, apartado destinado al rescate de obras ocultas u olvidadas, estuvo compuesto por dos magníficas sesiones consagradas al cine amateur español entre los años 30 y 50. La primera de ellas, titulada “Amateurismos bajo la influencia del neorrealismo”, ofreció una de las sorpresas del festival: El andamio, dirigida por Rogelio Amigo en 1958. El film, recuperado hace apenas dos años, constituye un asombroso hallazgo dentro del cine amateur por su solvencia técnica, su agilidad narrativa, su complejidad estructural y su intención socio-histórica. Las vicisitudes de un campesino emigrado a la ciudad en busca de oportunidades, que acaba siendo explotado en el mundo de la construcción a la vez que se ve envuelto en una oscura trama en torno a unas joyas, conforman un atrevido discurso sobre el problema de la vivienda, la explotación del proletariado y la herencia republicana de una profundidad sorprendente. Con notables influencias que van desde el cine revolucionario soviético (la escena de la caída del obrero y el posterior montaje de imágenes) hasta Hitchcock y el cine negro americano, sin dejar de lado su sintonía con cierto cine español (el evidente estilo bardemiano, la cercanía argumental a la trilogía de filmes criminales escritos por Miguel Mihura a finales de los 40), Amigo consigue armar una película que poco o nada tiene que envidiar al cine profesional.

La segunda y última sesión abordaba el cine amateur español más cercano a las vanguardias y la experimentación, y podría considerarse una de las “sesiones especiales” del festival por su carácter novedoso y único dentro del mismo: la proyección de los ocho cortometrajes estuvo acompañada por música en directo compuesta para la ocasión por Mursego (proyecto de la multiinstrumentista Maite Arroitajauregui). El resultado fue muy positivo en general, insuflando vida a las películas mudas con unas insólitas piezas musicales de gran creatividad (combinando voz, violonchelo, percusiones e incluso juguetes, grabándolos y repitiéndolos en loop). Pese a que, tal vez, en algún momento la música llegara a eclipsar a la imagen en lugar de ponerse a su servicio, la experiencia pareció dejar buen sabor de boca a los asistentes. En el apartado cinematográfico podríamos destacar Ritmes d’un dia (Doménech Jiménez, 1933), la más cercana al cine abstracto en sus formas geométricas (inequívoca alusión a los Rythmus de Hans Richter ya desde el título); la surrealista Mmemortigo (Delmiro de Caralt, 1934) con un ambicioso aunque algo trivial fondo simbolista que afortunadamente queda en segundo plano en favor de un carácter más cómico; y especialmente los trabajos de Lorenzo Llobet-Gràcia, cineasta mayor en la historia de nuestro cine (pese a haber realizado una única película, la fascinante Vida en sombras) de cuya obra amateur apenas se ha ocupado la historiografía. Sobresale por encima de toda la sesión su Pregària a la Verge dels Colls (1947), película de aire telúrico rica en hallazgos formales, que pasa del retrato de un pueblo en sequía al milagro poético de la lluvia, procesión (e introducción del color en el film) mediante.
Sesiones especiales
Las sesiones especiales son en cierta manera momentos extraños en un festival cinematográfico. Los motivos para escoger qué películas se presentan en estas sesiones, en general, son variados: el gusto del seleccionador, de tipo personal (agradecimientos a directores) o presuntamente histórico (reconocimiento a trayectorias), necesidades de promoción… Nenette, el último trabajo de Nicolas Philibert, inauguró el festival y fue el contenido de la primera sesión especial. Es un trabajo que podemos denominar menor dentro de la filmografía de Philibert. Sin ser un proyecto personal premeditado ni tampoco un encargo, flota en el espacio intermedio entre uno y otro, en el espacio del hallazgo casual. Vemos en Nenette la dificultad que supone filmar a un animal que apenas se mueve (el anciano orangután cuyo nombre da título a la película) desde el exterior y hacia el interior de una pecera cuadrada, y vemos también los juegos que podrían hacerse entre el dentro y el fuera, de imagen y sonidos. Cuesta más, sin embargo, ver la reflexión sobre el hombre y el animal, sobre la libertad y la cautividad.
Otra sesión especial, bien nutrida de público heterogéneo, fue la que proyectó el documental de Patricio Guzmán Nostalgia de la luz. Nostalgia de la luz, donde Guzmán vuelve a hablar de la tragedia de los desaparecidos de la dictadura de Pinochet, llegaba a este festival después de ganar el premio al mejor documental europeo, el premio del público en Toronto y muchos otros. La corrección visual de Guzmán es notoria, su estructura es clara, su trasfondo de documentación sólido; el documental, en suma, es clásico. Por eso extraña encontrarte en un lugar como Punto de Vista, expositor anual de trabajos que exploran mucho más allá del documental hasta ahora conocido, con Nostalgia de la luz.
El jueves tuvo lugar la sesión más importante sobre el papel, el estreno absoluto de la correspondencia fílmica entre Jonas Mekas y José Luis Guerín. Este tipo de trabajos, que de un tiempo a esta parte propone el CCCB a cineastas de la talla de Naomi Kawase, Abbas Kiarostami, Víctor Erice, Lisandro Alonso o Albert Serra, ofrecen exactamente lo que prometen: work in progress de directores de cine importantes. El único problema con ellos deviene antes de los espectadores que del concepto de correspondencia fílmica por encargo: es decir, se ha de ver que los videos que filman e intercambian Mekas y Guerín no aportan más que pistas sobre en qué están trabajando y pistas sobre quiénes son ellos en sus relaciones: es decir, cómo afrontan la obligada relación con otro director, tanto con su personalidad como con su trabajo. Por ello lo habitual es presentar cosas sobre las que ya se está trabajando, o cosas nuevas en la línea de lo que ya se está trabajando. La correspondencia –que además se presentaba no terminada– consta de videos de Mekas que suenan a Mekas (Mekas siempre suena a Mekas) y vídeos de Guerín que suenan a Guest. De cualquier modo, y una vez se está convenientemente dispuesto a ver una correspondencia fílmica por encargo, la sesión resulta estupenda.

Al margen de estos reclamos relativamente “mediáticos”, como cada año el festival albergaba sorpresas de mayor calado (lamentablemente, no pudimos acercarnos a los pases del proyecto The Ukrainian Time Machine de Naomi Uman). No obstante, tuvimos la suerte de asistir a uno de los momentos inolvidables de esta séptima edición, que ha pasado inmediatamente a formar parte de la historia del festival: la sesión comisariada por el crítico y profesor Gabe Klinger bajo el título “Young Filmmakers rediscovered”. El programa de 9 cortometrajes arrojó luz sobre una de las muchas lagunas que a día de hoy perviven en nuestras Historias del Cine: la del Film Club organizado por Rodger Larson en un centro de servicios sociales del Lower East Side neoyorkino, un pionero proyecto de docencia cinematográfica gracias al cual un buen número de adolescentes marginales se abastecieron de equipos de filmación para retratar su realidad más cercana. Klinger, acompañado de Michael Jacobsohn (uno de aquellos “young filmmakers”), nos presentó parte del fascinante legado producido por aquellos jóvenes durante cerca de un lustro: retratos documentales, intentos de cine de ficción (desde lo más lúdico hasta sorprendentes poesías visuales), alegatos anti-Vietnam e historias que giran en torno a la droga y la delincuencia; en más de un caso haciendo gala de un inusitado talento, como mostraron los cortos de Alfonso Sánchez Jr. o del propio Jacobsohn. En fin, una sesión nocturna emocionante tanto para sus responsables y protagonistas como para los afortunados espectadores.
Para dar por finalizado el repaso al festival, acabaremos con otra proyección especial con un regusto a despedida y a celebración. Era sábado por la noche, último día del festival, y el propio protagonista contagiaba cierto aire festivo: Ben Russell, ganador del Gran Premio Punto de Vista del año pasado y miembro del jurado en la presente edición, nos introdujo en un viaje por su forma de sentir el cine a través de una sesión (que resultaría doble: al salir del cine estuvo pinchando discos en un bar de la ciudad) en la que seleccionaba varios cortometrajes ajenos para desembocar en su última obra. Russell propuso un camino sin asfaltar, un itinerario a través de países, culturas y épocas que nos llevó del cine experimental de Laida Lertxundi o Gunvor Nelson al anarquizante vertedero del píxel en How to scape from street boxes (Paper Rad, 2006) o la abstracción colorista y psicodélica en Marsa abu galawa (Gerard Holthius, 2004), pasando por la magia negra y el satanismo en las piezas de Segundo de Chomón y Kenneth Anger. La posterior visión de Trypps #7 (Badlands), la pieza realizada por el propio Russell, iluminó toda una red de conexiones entre su selección de films y su cortometraje, que puso de relieve su percepción de la experiencia cinematográfica como ejercicio místico y su interés por los efectos de trance, tema que lleva tiempo explorando en su serie Trypps.











