La segunda década del siglo veintiuno parece iniciar con buen pie su andadura fantástica. Las colecciones de estas dos jóvenes autoras tienen a bien recordarnos algo que más nos vale no olvidar nunca: todos, sin excepción, hemos creído en las hadas. El mismísimo Arthur Conan Doyle, creador del racionalista detective que inventó el método deductivo, persiguió su rastro por las praderas y los riachuelos de una localidad inglesa perdida en el campo, Cottingley, al abrigo de la fantasía de dos traviesas primas. Pilar Vera y Eva Díaz Riobello bien podrían ser aquellas dos jovencitas. Sus sendas óperas primas se encuentran pobladas por hadas muy anglosajonas, las queridas fairies, tanto reales como metafóricas, además de hallarse conectadas por similares preocupaciones ideológicas e incluso estéticas.
Sorprende que ambos libros cuenten, por ejemplo, con una microficción sobre una sirena, así como un relato que trata el tema del doble, ambos a la postre titulados Reflejos. Sin embargo, no nos encontramos ante una coincidencia superficial, ni mucho menos, no se llame el lector a engaño. Ambas autoras están demarcando un territorio que conocen de cabo a rabo y son conscientes de que debemos reconquistar, cartografiando sus mapas en un exacto plan de recuperación que las encamina a dirigirse por cada vericueto de la tradición popular sin dejar una piedra removida. Ambos libros pueden leerse como una especie de manifiesto, una reivindicación. Las hadas han regresado para quedarse en la literatura, y ya era buena hora de que lo hicieran. Creo que fue Félix J. Palma quien siempre defendió que un escritor no debiera excusarse por su interés en el fantástico; ahora, Vera y Díaz Riobello dejan muy claro que aún podemos sembrar y recoger en el campo fértilmente abonado de la tradición de los cuentos populares, ya sea con humor cínico o bien con la amargura de la pérdida de la inocencia. Hay algo muy reconfortante en la prosa de Vera, a un tiempo llena de frescura y repleta de impresiones elaboradas al calor de muchas lecturas. Los cuentos de Díaz Riobello, por su parte, resultan sugerentes y bien construidos. Ambos enfoques son distintos; Vera aboga por cierta complicidad con su lector, mientras que Díaz Riobello elige mostrar el verdadero y amargo rostro de la fantasía tras su hipnótico juego de luces. Pero ambos libros están concebidos en parte como una declaración de intenciones que no escatima valentía en mitad del amor por el realismo y el tardío posmodernismo que rige la creación actual.
El texto de contraportada de Cámara Oscura menciona a Angela Carter, a Roald Dahl; sin embargo, aquí no encontramos el surrealismo de Carter, su interés, casi pornográfico, por lo cruel, sus personajes saidianos, la desesperación ante el amor o el sexo. Ni tampoco la realidad “aumentada” de los mundos del galés. En lugar de ello Vera brilla con luz propia, elaborando un discurso de cercanía con el lector que en ocasiones logra romper la cuarta pared y sumergirnos en su delicado universo. Aquí destaca una voz singular llena de humor, sensibilidad e inteligencia, capaz de imaginar a un cínico diablo moderno que rivaliza con el del mismísimo Bulgákov. Son otras voces, a mi juicio, las que se pasean junto al escritor ruso. Borges, narradores contemporáneos, como J. J. Rengel, cuya influencia resulta notable. Alguna referencia a Pilar Pedraza, el homenaje casi directo a Las novias inmóviles. Si bien el juego de casi diálogo sugerido con el lector nos hace sonreír, no ocurre lo mismo con las referencias modernas (Poison Ivy), que en lugar de convertir el relato en una reinscripción, de Hawthorne o de Hoffmann en este caso, funcionan como un salto en tiempo que nos descoloca un tanto, como si un hechizo se hubiera roto. Algunas de las microficciones de la autora resultan simplemente brillantes, como en el caso de Fresh captured fairy, una pieza casi mágica en su brevedad. Otras en cambio dan la impresión de ser historias que podrían dar más de sí, aunque a menudo las salve el humor, como en las excelentes Faro o La espiral del sueño.
Tal vez si hay algo que reprocharle a Vera sea precisamente esta sensación de que quedan más cosas que contarse en el mágico universo de sus personajes. Sus criaturas nos abandonan demasiado aprisa. En ocasiones da la impresión de que el libro se halle compuesto de fogonazos, destellos, cuando lo que deseamos es que sus historias maravillosas no se acaben, como en el caso de Wilcox, el vampiro, criatura de la que se nos ofrece un breve y fascinante atisbo. Incluso algunos de los relatos de más extensión se inician con caparazones bien armados, personajes interesantísimos, para torcerse de la historia inicial y terminar de forma casi abrupta, dejando al lector con la miel en los labios. Donde la autora destaca es en los relatos de más extensión, y el libro es excepcional en aquellos que han sido concebidos para evolucionar de forma clásica, “lineal”, con el objetivo de relatar una historia de principio a fin de la que nos nutrimos con todos sus matices y subtextos, como en La princesa y la urna.
Por su parte, Susurros en el tejado es una colección que se encuentra dividida en evocativas secciones (Instantes, sueños, fábulas, susurros). Y de forma similar la estructura de sus relatos nace de una necesidad íntima de ordenación que justifique y argumente la opción de regreso a estas fuentes primigenias. La autora se demuestra conocedora de su material, sabe hasta dónde pueden dar sus personajes, y los relatos satisfacen sin excepción nuestras expectativas. Y Riobello sí que apuesta por apuntar a la posibilidad de lo cruel que desde siempre ha pertenecido a la tradición de estas narraciones, aunque lo logra dentro de las demarcaciones de una prosa elegante, fluida, elaborada sin dejar de ser fresca, cargada de serena inteligencia. Nuestras pesadillas más temibles compiten con la crueldad de los niños (El escondite), monstruos reales y metafóricos, que perturban las relaciones familiares y afectivas (Humo, Nadine, El secreto de Una), e incluso en las más oscuras fantasías surrealistas que escapan y se cuelan en nuestra conciencia en el momento del sueño (Carnivale). Aquí sí que atisbamos el pálido reflejo de Dahl, encaramado a una suerte de mundos paralelos pero posibles, en los que lo absurdo y lo grotesco se dan la mano para contar unas historias de modernas ansiedades.
Las microficciones de Díaz Riobello asombran, fuerzan, casi, a la relectura inmediata. Los personajes de siempre son imaginados de nuevo con valentía, y nunca resultan manidos, agotados; la imaginación de la autora logra insuflarlos de aire nuevo y fresco, y sus vueltas de tuerca son inspiradas y creíbles. Barbazul, Alicia, Ariadna y su laberinto, reinscritos todos ellos en permutaciones que recuperan su crueldad primigenia con inteligencia. En la mejor tradición de los cuentos clásicos, sus relatos son manzanas redondas, jugosas y perfectas, pero que esconden algo innombrable. Las fantasías de la infancia poseen también una lectura malvada, y Riobello logra desvestir el arquetipo de la pátina edulcorada, pero sin perder un ápice de lo maravilloso. Dahl, Pedraza de nuevo, maestra de todos los escritores del fantástico sin excepción, e incluso el género pulp y una suerte de realismo mágico rejuvenecido y tratado con humor (El sueño de Elena), pero siempre con una voz fresca y original, consciente de su fuerza.
Enciende la chimenea, prepara una tetera rebosante y unos bollos con crema y mermelada, ignora la lluvia tras la ventana y enróscate en tu manta preferida. Solo entonces estarás preparado para disfrutar de estas historias, con el sabor de los cuentos de siempre pero renovados, descarnados, mirando de frente al futuro.
- Susurros en el tejado
- Autora: Eva Díaz Riobello
- Editorial: Alhulia
- Cámara oscura
- Autora: Pilar Vera
- Editorial: Paréntesis









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