El 4 de mayo de 2001, Antonio Altarriba se quitó la vida. Esquivó a las enfermeras y los cuidadores de la residencia de ancianos en la que vivía y se tiró por la ventana, poniendo fin a 90 años de existencia y marcando un antes y un después en la vida de su hijo. Éste no entendió lo que había pasado hasta que leyó el diario de su padre y descubrió entre sus páginas a un hombre que poco o nada tenía que ver con aquel al que creía conocer; alguien con quien parecía compartir sólo nombre y apellido y que merecía que su historia –su verdadera historia, aquella que guardó sólo para sí mismo– saliera a la luz.
El arte de volar, por tanto, es la historia de Antonio Altarriba “padre”, pero también la crónica del viaje que realiza Antonio Altarriba “hijo” buscando a su progenitor a través de las anotaciones que éste dejó en un cuaderno. Partiendo del vínculo más fuerte que existió entre ellos, su nombre, el autor narra la existencia del que le dio la vida desde su infancia en un pequeño pueblo hasta el momento de su muerte en la ciudad y, con ella, la de tantos hombres y mujeres a los que les tocó recorrer el mismo camino de frustración y fracaso.
Conoceremos así a un niño que quería volar, a un adolescente que huyó a Zaragoza en busca de una vida mejor y unas satisfacciones que no le daba el día a día en el campo y a un joven que se convirtió en soldado, emigrante, marido, trabajador, adúltero, padre… y, sobre todo, en un personaje más de un periodo de la historia de España marcado por la guerra y la dictadura. Como tantos y tantos de sus coetáneos, Antonio Altarriba sufrió el hambre y la escasez que da la guerra, pero también la sinrazón del exilio y la humillante vuelta de los derrotados, obligados a dejar su orgullo y sus ideales a un lado para poder salir adelante y ante lo cual se rebela el protagonista en un salto al vacío, un último vuelo que dará origen a este libro.

Si bien Altarriba realiza un magnífico trabajo al escribir el guión de El arte de volar, no podemos sino decir lo mismo del encargado de dar vida a sus palabras, el dibujante Joaquin Aubert, Kim. Conocido (y casi me atrevería a decir que “encasillado”), sobre todo, por ser el autor de las historietas de Martínez, el Facha que semanalmente se pueden leer en la revista El Jueves, Kim realiza un trabajo inmejorable, muy expresivo (como pide la historia) y detallado, que se complementa perfectamente con el fluir de los acontecimientos narrados. Fiel a su estilo incluso en los momentos más metafóricos y oníricos, resulta sorprendente su maestría a la hora de dar vida a ese guión, consiguiendo que en ningún momento la parte gráfica quede por encima de la literaria, y viceversa.
No sé si El arte de volar es una obra maestra, como muchos ya la califican. Pero sí creo que tiene más que merecidos todos los premios que ha recibido (IX Premios Cálamo. Premio Cálamo Extraordinario 2009, Premio Nacional de Cómic de Catalunya 2010, Premio a la Mejor Obra Nacional 2009, Premio al Mejor Dibujo Autor Nacional 2009 en el XXVIII Saló Internacional del Cómic de Barcelona, Premio Mejor Guión Historieta Realista XXXIII Premios Diario de Avisos 2009, Premios de la Crítica 2010 al Mejor Guión Nacional y a la Mejor Obra Nacional, y Premio Nacional de Cómic 2010 del Ministerio de Cultura. Casi nada) y que en el corto tiempo transcurrido desde su publicación se ha convertido en una obra clave en el mundo del cómic de este país.
Al fin y al cabo, El arte de volar no sólo cuenta la historia –desgarrada, frustrante y dolorosa– de su protagonista, sino que nos escupe a la cara 90 años de historia de un país en el que nacieron miles de hombres y mujeres que no tuvieron ninguna oportunidad de tomar las riendas de su vida y que, llenos de sinsabores y capeando como podían la injusticia, se esforzaron por intentar llegar al día siguiente como buenamente podían. Por todos ellos, leed este libro.
- El arte de volar
- Autores: Antonio Altarriba y Kim
- Premio Nacional de Cómic 2010
- Editorial: Edicions de Ponent
- 210 páginas











