Cine, Críticas

De dioses, hombres y drogas de diseño

Por Migue Muñoz 19 ene 2011 0
De dioses, hombres y drogas de diseño

El pasado viernes se estrenaron dos películas que responden de manera antitética no sólo a una formalidad narrativa antagónica sino también a una moral interior totalmente encontrada una con otra. De dioses y hombres (Gran Premio otorgado por el jurado del pasado Festival de Cannes y la película seleccionada por Francia para competir por el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa) se acerca a la experiencia real del grupo de monjes cistercienses que residieron en el monasterio argelino del Tibhirine y tras años de pacífica convivencia con el pueblo musulmán de la zona, tuvieron que enfrentarse al alzamiento violento del fundamentalismo islámico. Por su parte, ambientada en el Upper East Side de Manhattan, Twelve recrea las noches y los días de un grupo de adolescentes de clase alta que no saben jugar más que a preparar la fiesta más gorda en el loft de papá y a ponerse tibios con la última sensación en drogas de diseño.

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Mientras que el actor y director francés Xavier Beauvois logra proyectar en De dioses y hombres un trazado de observación de la vida rica en monotonía ritual, contemplación interior y comunión mística diaria para poder bosquejar en el siguiente paso narrativo el encontronazo con el integrismo terrorista que no obedece a la convivencia pacífica y mutua (uno de los monjes –católicos- ejerce de médico para las familias musulmanas de alrededor) entre dos religiones contrarias; Joel Schumacher parece advertir el esbozo de contemplación desde la formalidad sincopada del videoclip y las texturas saturadas que viran a través de la luz de la gran ciudad por territorios donde su guía, Mike White (Chace Crawford: Nate Archibald en la serie Gossip Girl) dirige al espectador por sus rutas diarias para trapichear con Twelve, la última sensación en narcóticos sintéticos.

Sin que la película francesa haga apología religiosa, limitándose a contemplar, observar y mostrar dos modos de entender la fe pero sin puntualizaciones incómodas ni alabanzas panegíricas al respecto, si que habla de la idea de sacrificio y el miedo que surge cuando se duda entre la salvación individual o el aguante psicológico por el bien de una causa común; entre huir de un territorio hostil que empieza a levantar sus anhelos de guerra y violencia, o el quedarse para defender un modo de vida pacífico donde no asustan las ideas de tortura violenta.

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En el otro lado del mapa, occidente y el capitalismo crea falsas morales y éticas tan espeluznantes como las de una juventud que en cuanto a lo material lo tiene absolutamente todo pero que está desencantada y anda en rumbo zombie por el filo de saturar sus fluidos vitales en estado efervescente con puro veneno y vida frívola carente de motivación profunda. No hay sacrificio ni oficio. Es como ver en la película de Beauvois el cariz humanista en pleno apogeo y virar al individualismo post (todo) con la historia narrada de Schumacher. A espaldas de la reflexión y a expensas de asumir con claridad la idea de muerte tanto individualmente como en comunidad: parece mentira que ambas historias puedan narrar periodos y coyunturas más o menos actuales con tan sólo una década de diferencia.

Twelve es como la revisitación particular de Schumacher al centro neurálgico de las primeras novelas de Bret Easton Ellis. Puede asemejarse en su grisácea languidez a Golpe al sueño americano (Marek Kanievska, 1987), y la voz en off original de Kiefer Sutherland tiñe todo el relato de una omnipresencia de meganarrador que lo dota de un carácter entre nostálgico y autocomplaciente. Tal y como dijo Josep Pla en El cuaderno grís, la adolescencia es ese periodo amargo de la vida con continuos sueños e ilusiones imposibles de cumplir por no tener dependencia y recursos suficientes para ello. En Twelve se nos muestra que esos recursos insuficientes para poder cumplir ilusiones etéreas no son materiales, se debe producir fe, esperanza y fortaleza para alcanzarlas. Sin embargo, en De dioses… existe la opción de vilsumbrar no solo la forma física de la angustia al enfrentarse a una fuerte decisión moral sino también la posibilidad de una vida placentera sin necesidad de esos recursos.

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Entre tanto antagonismo, las dos películas comparten una estructura que va encaminada hacia un final bien marcado tanto por la tragedia como por la asunción de una muerte terrible. Si bien en el lírico final de De dioses…, bajo la omnipresencia de la música para el ballet de El lago de los cisnes se nos plantea la asunción de tal tragedia por parte de los protagonistas con halo formal a lo Sergio Leone (montaje ligado a través de planos cortos) para hacer surgir resonancias no sólo hacia La última cena sino hacia toda la esencia de western contemplativo que guarda la película; en Twelve surge un final de fábula moral, con castigo severo para las almas que vagan por ese relato, lo que provoca que si el espectador tenía la esperanza de que en su globalidad, Twelve, pudiera tener alguna similitud con el cine visceral y diáfano de Larry Clark, todo se quede en un esteticismo con moraleja conservadora final.

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De dioses y hombres resulta ser una película más que interesante, cautivadora y fascinante dentro de una cartelera repleta de demasiado ruido y furia. Un relato silencioso y contemplativo ordenado subjetivamente por su autor para mostrar la inquietud del alma humana sea cual sea la religión que se practica o la cultura a la que se pertenece. Y si bien Twelve tiene una agilidad rítmica en su narración que se hace bastante vistosa y atractiva para atisbar un modo de vida concreto en el primer mundo, termina por devolvernos una mirada demasiado autocomplaciente en cuanto a esteticismo vacuo y moraleja facilona: es fascinante observar la vida de estos ricachones en plena adolescencia pero se esperaba algo más de dicho fresco. Algo que la mirada del espectador no estuviera harto de contemplar. Lo que hace que la película francesa cumpla con su humilde objetivo y la de Schumacher caiga sobre su propio peso de vaguedad pretenciosa.

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