BLUE es una pieza escénica creada por Juan Domínguez junto a cinco intérpretes: Luis Miguel Félix, María Jerez, Arantxa Martínez, Naiara Mendioroz y Emilio Tomé. Se estrenó en Berlín dentro del festival Tanz Im August 2009 y después en Murcia en mayo de 2010 en el Centro Párraga. Nosotros pudimos ver la pieza en Madrid el 21 de octubre de 2010 en el patio de La Casa Encendida.
Lo primero que vemos del espacio escénico es que la puerta de la calle permanece abierta, que las luces son sencillas y que está partido por una tela negra. Durante la pieza los cinco actores entran y salen del espacio y transitan por diferentes estados físicos. Parece que hay programado un recorrido de estados más o menos circular, empiezan en “la contemplación” después viene “la risa adolescente”, “el sexo” y de nuevo “la contemplación”. Estos estados son caminos que escogen al cuerpo para aparecer. Cada estado es como un color, una tonalidad, y los actores son afectados por esa tonalidad. Parece que establezcan una relación con el aire, como si todo estuviera en el aire y de repente alguien se volviera loco porque sopla un viento del norte o del sur y ya no para. Cuando digo que veo un recorrido circular es porque la pieza acaba cuando los actores se abandonan poco a poco a “la contemplación” que ya conocemos, pierden el ritmo y la fiesta acaba. Los actores abandonan el espacio y salen a la calle y entonces la música que sonaba dentro se va con ellos. El final de la pieza es de nuevo un principio. Por un lado, vemos cómo se agotan, cómo fracasan las fuerzas, pero no tienes la sensación de que algo muere sino más bien de que algo se transforma, de que ellos continúan en otra parte. Y por otro lado, en el escenario queda el deber cumplido. Su deber era jugar y fascinarse en el juego. Ellos en escena debían continuar con el mundo y en pleno movimiento intentar cambiar las reglas.
Las cosas extraordinarias que pasan en BLUE no son grandes cosas, son pequeños gestos. Por ejemplo, un gesto que hace Arantxa: levanta el linóleo, mete su pie debajo y restriega muy despacio la suela de su zapato sobre el suelo. Y como por ondas, como por olas de influencia todos se contagian de ese cuerpo que utiliza cualquier cosa para sentir placer, para que el mundo gire a su alrededor. A veces funciona y hay una energía común, otras no funciona, pero no les importa. Es como cuando éramos pequeños y todo nuestro cuerpo era una sola cosa y teníamos heridas por todas partes, en las rodillas, en los codos, en la cara, porque por todas partes podíamos ser ligeros e infinitos. Los actores no esperan nada a cambio de su transformación. Ellos quieren que todos hagamos lo único que sabemos hacer, porque nuestro cuerpo está hecho de eso, nuestro cuerpo está lleno de lo que ellos hacen, de cosas inútiles, de cosas que sólo sirven para sobrevivir, para hacer a otro feliz, para reírnos juntos. Recuerdo también un momento en la obra, cuando algunos de los actores corren en círculos por el escenario, dan dos vueltas y fingen cansancio. Este gesto es fundamental para entender lo que significa o lo que ya no significa el sacrificio en el teatro. Entre esa carrera y la carrera de Angélica Liddell en “La Casa de la fuerza” está la historia del teatro y del dolor, el teatro y la verdad, el teatro y la disciplina, el teatro y las ideas. Angélica encarna sus ideas, lleva los actos a su realización de principio a fin y así ella encuentra su verdad. En cambio, en BLUE al menos ciertas ideas no necesitan llevarse a cabo, sólo con enunciarlas, sólo con que la idea llegue al escenario como idea a veces basta. Unos encuentran que la idea no existe si no existe la fe en ella, la fe en que la idea te permite vivir. Y otros teniendo la idea sienten que han llegado al extremo de su mente y que no hace falta nada más.

BLUE es una idea de juego y de caos sobre los cuerpos. La escena es como un espacio de libertad y de riesgo en el que los cinco actores llevan a cabo un acto completo de creación. El “acto de creación” nos reúne a todos en el teatro, es el acto con el que sus cuerpos nos enseñan parte de aquello de lo que los nuestros son capaces. En escena las personas trabajan su deseo, trabajan sus cuerpos y se mantienen vivos porque están juntos, porque nosotros los estamos mirando, porque alguien posiblemente les entenderá, porque cualquiera puede seguir su juego. En BLUE se propone una vida de excesos, intuitiva, una convivencia basada en la inspiración. Ellos buscan la manera de divertirse y de no ser rentables. Su energía no se suma para llegar a algo, no hay nada que construir salvo los propios actos. No hay proyecto que defender, parten de un mundo vacío, se encuentran con el deseo y se agarran a él. Ellos se encuentran unos con otros únicamente para sorprenderse. No resuelven nada consigo mismos. Las heridas se comparten pero no se graban, el dolor como la risa terminan, se suceden una y otra vez. Es la energía lúdica organizada contra la disciplina y el dolor.
En BLUE se pretende hacer imposible la historia. En cierto modo, pienso que esta obra enmarcada en la trayectoria de Juan Domínguez y vista dentro del contexto escénico actual organiza un desafío contra la historia de la danza poniendo en el centro de esa historia el placer y no la disciplina. El placer en BLUE nace del vacío, del vacío de organización, de reglas y de narración. Pasan de no tener nada que hacer a intentar crear un mundo. En el mundo que crean durante la obra no hay enemigos, no hay poder contra el que ir, ni leyes que saltarse. Reina el hazlo tú mismo. Como he dicho antes, parten de un mundo vacío, parten sin un proyecto común y acaban también sin él. Entonces, ¿de qué sirve inventar y transformar los signos, ridiculizar el poder? ¿De qué sirve volver a la infancia, a la adolescencia? ¿De qué sirve no prohibirte nada? ¿De qué sirve hacer como si nadie te mirara?
Juan Domínguez impone una dispersión, un caos y exige la narratividad a los espectadores. Para que esto ocurra, para que nosotros seamos siempre responsables de la interpretación de la obra, ellos tienen que abrir constantemente el significado de sus actos para que no se fijen en ningún sitio, para que los actos no se relacionen, para que no reconstruyamos la historia, eso es lo que intentan hacer tanto en escena como fuera de ella. Cuando les entrevistan hablan de cómo han trabajado, hablan de juegos, del uso que han hecho de algunos conceptos de la física cuántica, pero no hablan de lo que le pasa al cuerpo, concretamente, no hablan de disciplina, ni de deseo, ni de política. Creen que hoy urge dejarlo todo sin definir, esa es su apuesta. Entregan cuerpos, entregan acciones pero no se responsabilizan de lo que el espectador entienda de ellas. No quieren construir un mundo definitivamente común, renuncian a que nos entendamos, quieren abrir posibilidades y quieren que otros se encarguen de cerrarlas, quieren actos libres sin consecuencias.
Con este texto pretendíamos encontrar una escritura para la obra, ordenarla para ver vidas donde querían que viéramos juegos, ver cuerpos donde querían que viéramos ideas, ver cuerpos dónde no querían que los viéramos. Porque nuestro proyecto es pensar el teatro para poder escribirlo, conservar su misterio pero hacerlo descifrable, continuar con este oficio imposible para que pueda seguir hablándonos de vidas posibles.
Fotos: Enrique Escorza










