Mientras los medios y la expectación parecen orientarse hacia el pretendido concierto del año, el arte y el virtuosismo llegaron anoche a Madrid de la mano de Owen Pallett. El artista antes conocido como Final Fantasy, y que volvió a demostrar la genialidad que se esconde bajo su imposible flequillo y su cuerpo delgado. Su concierto de anoche en la Sala Heineken de Madrid, y dentro del ciclo Heineken Music Selector, fue uno de esos shows que se quedan marcados en la memoria por su fascinante solidez.
Tan desapercibido podría pasar que durante varios minutos, con el público ya en la sala, terminaba de colocar sus instrumentos y cachivaches sin que nadie pareciera percatarse de que no era un técnico, sino el propio artista. El mismo que saltó a escena con puntualidad acompañado de lo que, por momentos, parecería toda una orquesta sinfónica, pero que se resumía en él. En el hombre orquesta que hace virguerías y piruetas vertiginosas con un violín, un teclado, y algunos pedales con los que crea loops envolventes, sobrecogedores, que transmiten una belleza y una emoción sobrehumanas.
Y eso, aún luchando contra una sala que, especialmente tras el concierto inolvidable con el que llenó el Auditori del Forum de Barcelona en el pasado Primavera Sound, se antojaba cuanto menos injusta para un artista de este calibre. De hecho, al principio se le vio un poco nervioso, casi desorientado, debido a “la reberberación de la sala”, como él mismo nos confirmaría tras dos canciones de repertorio. Dio igual. Tal y como presagió, “cada canción irá sonando mejor que la anterior”. Y es que el directo le sienta increíblemente bien a canciones como Keep the dog quiet, Midnight directives, E is for Estranged o This is the dream of Win & Regine.

Daba igual que se tratara de canciones de su época anterior como Final Fantasy, o de desgranar casi todas las canciones de esa joya publicada este año que es Heartland, que cuando uno escucha en directo no puede más que aguantar la respiración, seguir el ritmo de los loops de cuerda, de las voces agudas, de los ecos profundos y de la melancolía y desesperante introspección que destilan los temas del canadiense. Y, efectivamente, no tenía ningún músico escondido, aunque se mostró dispuesto a tomar al público como “parte de su banda”, con la más que calurosa acogida que acompañó todas y cada una de las canciones, especialmente en las del tramo final donde tuvo espacio para su ya habitual –y festiva– versión de Odessa (de Caribou, con quien estará esta noche en Bilbao), y Lewis takes off his shirt, convertida ya en todo un hit.

No fue el final para el acróbata instrumental que aún nos reservaba algunos regalos en forma de dos bises y tres canciones, de las que brilló especialmente Many lives – > 49pm, en un momento en el que ya no quedaba muy claro si lo que agitaba con maestría eran las cuerdas de su violín o la felicidad del público, que mostró una gratitud infinita ante un concierto tan intenso como breve (setenta mágicos minutos). Una visita inolvidable con la que Owen Pallett se sigue reivindicando como uno de los más grandes músicos de su generación, y tras uno de los mejores directos que se hayan visto recientemente en la capital.
Fotos: Paola Lozano










