Lara Moreno (España, 1978) es una escritora y editora onubense con un lunar sobre los labios. Estudió Periodismo en la Universidad de Sevilla e hizo el Máster en Edición del Grupo Santillana y la Universidad de Salamanca. Ha publicado las colecciones de cuentos Casi todas las tijeras (Ed. Quórum, 2004) y Cuatro veces fuego (Tropo Editores, 2008), así como el poemario La herida costumbre (CEDMA, 2008). También ha integrado las antologías Macondo bocarriba. Antología del cuento andaluz (UNAM, 2006), Ficción sur (Traspiés, 2008), Asamblea portátil. Muestrario de narradores iberoamericanos (Casatomada, 2009), Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010) y La banda de los corazones sucios. Antología del cuento villano (Baladí, 2010), entre otras compilaciones. Como editora ha preparado el compendio de microrrelatos Los vicios solitarios (Igriega Movimiento Cultural, 2003) y la antología de poesía Aquí y ahora (Igriega Movimiento Cultural, 2008). Lara Moreno, lo habrá notado el público asistente, es una malabarista y equilibrista superdotada. Y hoy, aunque leer los primeros cuatro volúmenes de una enciclopedia sea más tentador que responder a este interrogatorio, Lara, incondicional como siempre, ha preferido ponerse en una situación incómoda.
Digamos que un “viejo amigo” llama a tu puerta portando un ramillete de flores (y por viejo amigo me refiero al simpático obsesionado que nunca falta en el barrio) para decirte que ha llegado el momento de que cumplas el único deseo que ha tenido por las últimas dos décadas: casarse y reproducirse contigo. Para convencerte, te muestra su libreta de ahorros (678 euros en total), su colección de setas salvajes (que guarda en una bolsa de Carrefour) y una foto instantánea que te sacó una tarde en que ibas a por el pan, cuando tenías once años, en uno de aquellos veranos inolvidables de los años 80. ¿Qué le dirías a ese sujeto, Lara?
Lo de los 678 euros de la libreta de ahorros no es problema, lo de las setas salvajes (si son un poquito venenosas, ya sabes), tampoco, y la foto: ¡no tengo ninguna polaroid a esa edad, sería genial! El único problema es que, en aquella época, no había ningún vecino obsesionado por mí. Era yo quien estaba obsesionada con algún que otro vecino pero, ah, en verano nunca me tocaba a mí ir a por el pan.
¿Y si en vez de setas salvajes su colección fuera de pegatinas inspiradas en los personajes de Barrio Sésamo?
¿Sabes qué pasa? Fui a un colegio de monjas. Femenino. ¡No hay que tener prejuicios si la aventura llama a tu puerta!
Tu más reciente libro: Cuatro veces fuego (Tropo Editores, 2008) es en verdad un conjunto logrado, con la cuota suficiente de artificios y experimentos, con un ingenio que, en mi opinión, radica en la pulcritud de la sintaxis y en la inserción precisa de lo que en inglés se denomina el punch line, el remate. De ti siempre voy a admirar el equilibro de las oraciones, obras de arte en su simetría, si me lo preguntan. Sin embargo, hay algo que me molesta mucho, y quiero decírtelo ahora, en vivo, delante de todos nuestros espectadores, chinos y flacos, bajos y neozelandeses, aristócratas y circuncidados, porque me parece que te has excedido con aquello de “cuatro veces fuego”, Lara, y que te has excedido sin medir las consecuencias de tus actos. ¿A quién se le ocurre titular un libro así habiendo tantos pirómanos en busca de un fósforo? ¿Qué deseas lograr? ¿Más cortinas quemadas? ¿Canarios chamuscados en sus jaulas?
Mi más reciente libro y yo estamos algo enfadados. Nada grave, ¿eh? Es el mismo protocolo que con los ex amantes. Tras tanto-tanto, ahora es el tiempo de mirarnos con desconfianza, ignorarnos, disimular: como si nunca nos hubiéramos acostado juntos y bla, bla. Me sorprende que te hayas tomado la molestia de sacar eso del punch line. Quizá ayude al proceso de reconciliación. Simetría, remate, inserción. ¡Qué exceso, gracias! Cuando ya no importe, mi más reciente libro, como mi más reciente amante, volverá a la calidad de mito: esa cosa borrosa que te provoca una sonrisa de vergüenza. Lo del fuego era una metáfora.
Una metáfora… Ya veo. Es que yo para esas cosas soy muy torpe. Confieso que las clases de literatura las pasé siempre con algún tipo de soborno (dinero, bombones rellenos, citas con mis primas), y de metonimias tampoco sé nada; eso de llamar una cosa con el nombre de otra cosa y además asociarlas me parece tan complicado como un libro de sudoku de diez niveles de dificultad. Pero ya que estamos hablando de juegos estimulantes para la mente, Lara, ¿conoces este acertijo?
“Yendo yo hacia Villavieja me crucé con siete viejas. Cada vieja siete sacos, cada saco siete ovejas. ¿Cuántas viejas, sacos y ovejas iban hacia Villavieja?”
Ninguuuno. Oh, bueno, espera… Yo pasé las clases de matemáticas luchando por no perder el hilo. Y las de física escondida en el baño o en el vestidor. Nunca he hecho un sudoku, todavía. Pero por lo de las metáforas no te preocupes. Intentaré controlarme: el título del último libro que he escrito (con él estoy en fase matrimonial; existimos, a pesar del otro) es muy corto y muy gélido.
¿Algo así como un gnomo siberiano? Yo he visto algunos después de beber más de la cuenta (son un poco gruñones; debe ser la nieve, que los hace personajes de ceño fruncido). No se parecen en nada a los gnomos de la sabana tropical, que son bastante amigables y cuentan muy buenos chistes. Ya te contaré en otro momento acerca del día que me fui a la cama con uno de ellos (me dejé arrastrar por su elocuencia, la verdad). Ahora, sin embargo, debemos despedirnos, Lara. El ingeniero de sonido acaba de soltar la pista de música y eso significa que mi productor nos quiere echar del estudio. ¿Deseas añadir algo sobre la sal yodada antes de irnos?
Situación muy incómoda, Salvador: estar tantos minutos buscando algo ocurrente que decirte. ¡Me retiro!












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