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La no-comedia se exhibe en Museo Coconut

Por Migue Muñoz 1 dic 2010 0
La no-comedia se exhibe en <em>Museo Coconut</em>

Los Monty Phyton se juntaron para llevar a cabo sus diabluras en la BBC allá por la década de los sesenta. Las cuatro temporadas televisivas del Monty Phyton’s Flying Circus no tienen desperdicio alguno. Tras inventar el humor contemporáneo y el show televisivo con sketchs humorísticos, cuya estructura todavía se arrastra en la actualidad, se pasaron al cine. Debo reconocer que siempre  tuve  una envidia latente de los anglosajones, los cuales podían presumir de tener un grupo de humoristas tan geniales y peculiares como los Python en su lengua materna, así como siempre había pensado: “Cómo molaría que algo así emergiera en España…”  Sólo Faemino y Cansado se acercaban a mi idea de concepto concienciado de humor patrio.

Cuando los Chanantes se enzarzaron a principios de esta década ya finiquitada en el proyecto humorístico-televisivo desde la Paraumont Comedy irradió en mí una especie de orgullo gamberril que me hizo pensar que por fin nuestro subconsciente humorístico de piel de toro había logrado realizar el collage perfecto entre el Saturday Night Live y el Flying Circus por la vía del collage posmoderno y la multirreferencia: copiando a Little Britain, Will Ferrell y la cultura popular de los 80 con una vena local que resultaba hasta siniestra. Ver a un tío disfrazado de David Hasselhoff hablar con deje albaceteño resultaba un shock tan lúcido como avieso. Lo más grande que le había pasado a este país desde que Chiquito de la Calzada aunara la figura del cuentachistes con la dilatación post-humorística donde cabían el salero andaluz con la grulla de Jackie Chan. Con La Hora Chanante es como si nos hubiésemos saltado el protocolo y los mismos habitantes de Guadalix de la Sierra dieran la bienvenida a Mr. Marshall a través de falsa bravuconería cosmopolita en vez de hacer una carrera de sacos o un campeonato de mus a ocho reyes. La globalización y el collage posmoderno eran capaces de pasar por el túrmix lo carpetovetónico y la cultura yanqui predominante sin deshacernos del genio berlanguiano y buñueliano de nuestra razón de ser.

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Menudo partido 6 para 6

Entonces, en esa época de consolidación del humor Chanante sentí el regocijo de comparar al núcleo duro de la Muchachada con el esqueleto mítico de los Phyton. Chanantes Vs. Phyton: Joaquin Reyes sería el Terry Guilliam del grupo, ya que comparte con Guilliam el sentido más surrealista y a la vez humanista del humor, siendo ambos ilustradores de sendos proyectos. Reyes tiene clara influencia de los dibujos de Guilliam en Flying Circus y terminan siendo, en última instancia, los que destacan del grupo, con vocación de líderes. Julian López sería el Eric Idle del grupo, el “sonrisa eterna”, el picarón, el simpático, el rubiales, el que no tiene problemas con el sketch que le echen y, además, tiene el gusanillo musical de Idle. Al menos se le dan bien los sketchs musicales.

Por su parte, Raúl Cimas se acerca al John Cleese destroyer, ese gigantón adorable de movimientos exagerados que es capaz de romper un sketch a su favor, un tío cínico y dulce a la vez: un crack memorable. Y Ernesto Sevilla con su aura seductora se asemeja al Graham Chapman del grupo (Sevilla con las mujeres, Chapman con los hombres), el de ramalazo vicioso, el pasota, el juerguista, el que tendrá papeles protagonistas en posibles proyectos cinematográficos (esperando que tenga una vida más larga que Chapman). Mientras, Carlos Areces, en su atalaya de consorte de lujo que va acumulando puntos para convertirse por momentos en protagonista principal, parece toparse con la sombra de un Terry Jones que hace fácil lo difícil; el freak del grupo, el sumiso, el que puede hacerle competencia a un futuro hipotético de Reyes en el cine (como Jones se la hizo a Guilliam: ¿recordáis “Eric, el vikingo”?). El sexto papel del grupo en discordia se lo podríamos dar al hoy desaparecido del núcleo duro de los Chanantes: Pablo Chapiella, un secundario a lo Michael Palin que con aires independientes va apareciendo en muchos trabajos (tele, cine) que nada tienen que ver con la Muchachada. El que siempre ha estado en la sombra pero participa en gran parte de los trabajos. Eso sí, Palin es más atractivo.

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El posthumor español caminando por otros formatos USA

Los problemas para destacar en la audiencia televisiva de un producto como Muchachada Nui en la alternativa de Televisión Española que resulta ser La 2 (ya que el programa terminaba siendo más visto por la red) así como la necesidad de reciclarse en nuevos formatos que incentivaran la inspiración del grupo Chanante después de tantos años repitiendo misma fórmula de formato televisivo, provocaron que el grupo diera un paso hacia atrás en cuanto a estructura de programa (un retorno a raíces televisivas más pretéritas). El concepto de la nueva apuesta titulada Museo Coconut no es más que un acercamiento clásico a la sitcom, donde personajes recurrentes en el universo Chanante (el Onofre ya caracterizado por Reyes en el concurso, también de raíces anglosajonas, Smonka!) se topan en un lugar poco común (el único punto innovador y fresco): un espacio de arte contemporáneo.

Lo que parecía ser un estreno de gran expectativa, así de miedos por parte de los fans hacia lo que se podían encontrar finalmente, se ha convertido tras seis episodios en un trazado de humor que crece a medida que el ensamblaje a primera vista demasiado naïf y ligero de la propuesta logra aunarse en un todo personal e intransferible. Reyes y Cía engañan en un primer momento al congelar la risa en su estreno en Neox. Gracietas y cúmulo de despropósitos argumentales que entroncan con tópicos muy sobados, pero  que van creciendo en autenticidad en cada nuevo episodio para tejer un organismo humorístico reciclador de todas las filias y fobias de la cosmovisión chanante.

Posthumor en sumo grado, dosis de vergüenza ajena y del juego estimulante (siempre que el espectador tenga la paciencia para entrar dentro del mismo como un jugador más) dónde la comedia baila entre el gag visual y verbal lúcido y gracioso y aquel encadenamiento de situaciones que pareciendo improvisadas o poco pensadas y elaboradas terminan por jugar a dejar de ser comedia clásica o, simplemente, a dejar de ser comedia y tropezar con la postcomedia.

Todo el trocal mutador entre lo clásico y su vuelta de tuerca parece adscribirse a aquellos sketchs de la última época de Muchachada Nui dirigidos por Nacho Vigalondo y que ahondan en referencias básicas para toda una generación cuya cultura popular audiovisual se basó en la MTV, las producciones teen spielbergianas y un cariz humorístico emparentado con Richard Pryor, John Candy o Bill Murray. Al igual que Vigalondo es capaz de frenar las expectativas puestas en sus sketchs: Regreso al futuro 4 o Gremlins 3, al presentarnos desoladoras escenas melancólicas de posthumor casi de autor, donde la nostalgia por un tipo de producciones y un tiempo audiovisual ya perdido intenta rescatar alguna, ya no carcajada, sino sonrisa olvidada en algún rincón consternado; Museo Coconut no busca la risa fácil sino la construcción de personajes y situaciones menos recurrentes de lo que pueda parecer al principio para profundizar en el mismo género de la comedia y adentrarse de pleno en el territorio áspero e incómodo de la no-comedia que, en última instancia, provoca la risa interior, visceral y latente pero no del todo reproducida por una carcajada sonora y externa.

Como en esa joya también dirigida por Vigalondo para Muchachada Nui titulada El Monologuista Mierder, donde el humor pasa por la vía del posthumor para llegar a ser arma narrativa de suspense psicológico y casi terrorífico, en Museo Coconut se juega con la situación vergonzante; cómo en su premiado cortometraje 7:35 de la mañana, donde la risa y la diversión están buscadas mediante la artificialidad y la fuerza a través de un siniestro personaje (interpretado por el mismo Vigalondo), en Museo Coconut se traspasa el rol de comedia clásica para que los mismos personajes, diálogos y situaciones entre costumbristas y absurdas provoquen, no la risa sino la necesidad de reírse de aquello que en un principio invita al rictus serio.

El único error de base que pueda tener la serie serían aquellas risas enlatadas o que salen del público invitado al rodaje y que, por facilonas, entorpecen la posibilidad de un producto posthumorístico más sofisticado, arriesgado y autoconcienciado como podrían ser muchas de las comedias (con muchas situaciones de no-comedia) del Jerry Lewis autor. El silencio de una risa ausente en medio de una situation comedy hubiese conllevado mucha más responsabilidad autoral que el producto final que resulta ser Museo Coconut (entre dos tierras. lo convencional y el riesgo innovador), ayudando a masticar un producto que termina siendo más digerible para el gran público. ¿El próximo paso? Al igual que los Python ¿el cine?

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