Motivos no faltaban. Barcelona estrenaba sala esta temporada, ubicada en la antigua sede de la cooperativa La Lleieltat, en el corazón de Gracia, con el ascendente del Lliure, marca que suele ser sinónimo de propuestas personales, arriesgadas y comprometidas. La sala, reformada para adaptarse a las necesidades polivalentes del teatro actual, abría por todo lo alto, con un Tenessee Williams de la mano de Àlex Rigola, profeta del teatro contemporáneo. Las críticas, casi todas entusiastas, y un boca oreja contagioso, han hecho que las entradas para las funciones de los tres meses estuvieran agotadas de hace semanas, generando ya en el inicio del curso teatral uno de los éxitos de la temporada. Motivos, pues, no faltaban.
Antes de adentrarme en el meollo de la obra debo decir que tengo que esforzarme para valorar la pieza sustrayéndome del mal publico que hubo en la sesión del domingo 28 de noviembre: señoras con tacones yendo arriba y abajo durante la función, una cantidad insoportable de gente enferma, tosiendo y estornudando y sonándose sin descanso, móviles sonando y vibrando, y esos envoltorios de caramelos que iría siendo hora que los fabricasen con cualquier otro material menos ése, por favor. Pero vayamos al tema que nos interesa.

Empecemos por lo material. La escenografía de las obras de Rigola, como es habitual en él, es chocante. A cargo del recurrente Max Glaenzel, el espacio escénico, verdaderamente alargado (un recurso acertado para distanciar los personajes), recrea un campo de algodón que en la oscuridad se vuelve fosforescente; hay un piano de garito de mala vida, una cama, pulcra, situada bajo un árbol que parece sacado de un croquis Tim Burton, y un cartel luminoso ilustrando el aparente tema de la obra (Why is it so hard to talk?). Preciosista y efectista, en efecto, pero también poco acogedor.
Rigola nos tiene acostumbrados a propuestas claras. Siempre juega todas las cartas a un solo palo. Es una estrategia con la que lo ganas o lo pierdes todo. La cuestión fundamental que suscita la Gata de Rigola es: ¿una propuesta de estoicismo minimalista es lo mejor para un Tenessee Williams? Entiendo que los actores interpreten desde abajo, desde la desolación, rayando en algunos casos un automatismo desesperante, entiendo que los gestos sean esquemáticos, que se empleen todos los recursos teatrales en acentuar la apatía culpable de los personajes. Pero el resultado final no hiere, sin duda no en la medida que lo hace el texto original; se suponía que Williams no era éso, Williams no es algo neutro, la Gata debería revolver entrañas, si las obras de Williams tienen esa fuerza sobrehumana es justamente porque es imposible permanecer indiferente a la tragedia de sus personajes. Si eso pasa, si permaneces indiferente, algo ha fallado.
Por otra parte, el trabajo dramatúrgico que Rigola ha hecho con el texto es muy conveniente. Sobre el papel, hasta mejora el original: se va la brocha gorda y la palabrería se vuelve sucinta. Pero la Gata es menos gata que nunca. El trabajo de Chantal Aimée, es esforzado, pero incomprensiblemente errático. En cuanto desaparece de escena, al final del primer acto, te olvidas de inmediato de su sufrimiento, y eso ahonda el abismo ya presente en el texto original entre el primer y tercer actos y el acto central, el diálogo entre Brick y el Abuelo, un Joan Carreras afligido y un descomunal Andreu Benito, virtuoso del matiz. Insisto: algo ha fallado cuando deseas que la Gata no vuelva a escena y que se pudra con sus penas en cualquier otro sitio lejos de allí.

Otro comentario aparte merece la inclusión de música en vivo, a cargo del pianista Raffel Plana. Viniendo de dos piezas donde la música era un elemento central, con importancia narrativa, y magistralmente empleada (Bashir Lahzar, en la Becket, y Història de Joan, fill d’un ós, en la sala Tallers), el piano de Plana se antoja gratuito, insustancial. Da la sensación que esto de la música en vivo es una moda como lo es la tediosa inclusión de proyecciones en escena (casi siempre de dudosa calidad), como si hacer teatro en el siglo XXI sólo fuera éso. Además, los apuntes de Plana intentan insuflar la calidez de que carece la propuesta con una partitura simplona, subrayadora, innecesariamente sensiblera.
Celebramos la apertura de la nueva sala del Lliure. Celebramos que Rigola siga apostando fuerte. Pero no olvidemos que en el teatro, sobretodo en el teatro, lo primordial es sentir. Y anoche solo sentí tos y estornudos.









¡Qué gran verdad lo de los espectadores ruidosos!
¡Enhorabuena por el artículo!