O cómo quise morir y matar
El viernes ocho de octubre hice una de esas cosas que hacen que mis allegados me consideren un bicho raro. Vila-Matas iba a dar una charla en los Diálogos de Medianoche que convoca el Civican y decidí que tenía que ir. El problema era que de Salamanca a Pamplona hay seis horas en tren y que al día siguiente tenía que volver ineludiblemente. Vamos, que pasé en Pamplona unas doce horas, de las cuales cinco estuve durmiendo. Empleé doce horas de mi vida — y no voy a decir cuántos euros porque era un precio tan obsceno que me sonrojaría — en ir a una charla de Vila-Matas. Bueno. Habrá quien piense que estoy como una cabra y yo les digo que tienen más razón que un santo. Pero que hay gente que hace ese tipo de cosas para ir a conciertos y nadie les dice nada.
Así que ahí me tenéis, en un tren, con cinco libros de don Enrique en la mochila y nerviosa como una colegiala. Llegué a Pamplona, estuve con unas amigas que se estuvieron riendo de mí y de mis nervios, y por fin llegó la hora de ir al Civican. Allí encontramos a más amigos, y entramos.
La charla comenzó siendo un poco sosa. La verdad, yo creo que Vila-Matas estaba deseando irse a dormir. Habló un poco del debate que levantó Perder teorías y nos leyó un trocito. Bien. Pero luego, en el debate, comenzó a animarse. De hecho, empezó a ser genial. Hubo guiños encubiertos a sus novelas, hubo autoficción humorística y hubo preguntas estúpidas que contestó con ironía y la mala leche que conlleva toda ironía. Todo lo que debería haber en una charla de Vila-Matas, vamos. Se clausuró el evento y nos pusimos unos pocos en fila para que nos firmara sus obras. Fue entonces cuando sucedió.
A todos nos ha pasado: todos hemos hecho alguna vez un ridículo estrepitoso. Habrá afortunados que no se habrán dado cuenta, pero todos, en algún momento, hemos hecho el ridículo. Tengo la mala suerte de ser de las que se dan cuenta. De hecho, tengo una suerte aún peor: soy de las que pasan una vergüenza atroz por las mayores nimiedades. Pedir la cuenta después de cenar me supone un suplicio. Suelo ir siempre a las mismas cafeterías porque si no, al pedir la consumición, balbuceo como un bebé. Me angustia tener que pedir la hora o indicaciones a un desconocido. Y no voy a seguir dando ejemplos porque los psicólogos me tacharían de vete a saber qué y los no versados de loca peligrosa. Dejémoslo, pues, así: paso vergüenza cuando tengo que interactuar con personas desconocidas. Y cuando el desconocido es Vila-Matas, por favor, haceos una idea.
La culpa fue de Mikel. Y es que cuando no está vendiendo libros, escribiendo para Koult o dedicándose a la bohemia, Mikel suele ser amigo mío. Mikel es una de esas personas que no entienden que hay gente que pasa vergüenza porque, claro, él nunca la ha padecido. Así que le pareció muy buena idea, después de la charla, cuando hacíamos fila para que nos firmara los libros, decirle a Vila-Matas que yo estudiaba un máster en literatura y que estaba pensando en hacer una tesis sobre él.
Claro, Mikel no se daba cuenta de que yo en ese momento estaba colorada y con las manos temblonas y que estaba demasiado ocupada en no decir nada estúpido. No se daba cuenta de que a todo lo que yo aspiraba era al anonimato y a la firma del escritor en mis queridos libros. No se daba cuenta de que me estaba poniendo en la obligación de decirle algo ingenioso e inteligente, cosa que en ese momento no era capaz de hacer, a un autor a quien admiro mucho. No se daba cuenta de que, al salir del Civican, iba a sufrir a mis manos una muerte dolorosa y sangrienta.
Pasó. Sí. Pasó. Llegué delante de Vila-Matas, que tenía una media sonrisa y que me miraba intensamente —mirar intensamente es lo suyo— y yo dije lo primero que se me pasó por la cabeza: “Yo le traigo tres libros para firmar, si no le importa.” —pausa dramática— “Para que luego digan que no trabajan”.
Así que es culpa de Mikel que mi encuentro con Vila-Matas resultara traumático para ambos: yo no puedo mirar un libro suyo sin querer desaparecer y el pobre Vila-Matas tiene pavor a que una imbécil profunda haga una tesis sobre él.
Durante semanas quise escribir un artículo sobre esto para justificarme. Un artículo para decirle a Vila-Matas que no soy imbécil, que de verdad que no, que soy hasta listica y que simplemente estaba nerviosa y dije una pavada. Pero he pensado que enviarle algo así tan sólo ratificaría mi condición de idiota crónica, así que nada. Aquel viernes, después de querer morir de la vergüenza, dormí mis cinco horas, tomé mi autobús y me dije que “bueno, por lo menos tengo tres libros firmados por Vila-Matas”. Al fin y al cabo, para una tarada fetichista como yo eso es más que suficiente.









Fue memorable. La charla y tu momento, sobretodo tu momento. Un beso gatuno.
Pa’ matarte.
NO soy nada mitómana. Me gusta la buena literatura y los libros de calidad, pero no a los escritores, por lo que no llego a entender tal filiación. Considero a Vilas– Matas un escritor ingenioso, con alguna obrita genial, pero también con otras repetitivas y falta de profundidad. Un saludo
El otro día un tío mío me dijo que lo que Vila-Matas llama “intertextualidad” él lo llama “corta-pega” y no le llevé la contraria. Y es que a estas alturas, nadie tiene muy claro qué es la literatura ni qué debemos hacer con ella. Lo que está claro es que Vila-Matas es un autor de calidad aunque, por supuesto, tenga sus fallos y obras menos logradas.
Sin embargo, el hecho de haber escrito esas obritas que merecen mención y que trascenderán es suficiente para despertar en mí al verlo a una versión intelectualoide (y, afortunadamente, más calmada) de la adolescente que tira sujetadores a sus cantantes favoritos a la salida de un hotel.
No quería decir que la reverencia sea la forma de tratar a los escritores, desde luego. Lo que hace falta son personas como tú, con espíritu crítico; pero quiero pensar que mi entusiasmo puede ser también una aportación interesante.
Un saludo y muchísimas gracias por tu comentario.
El pensamiento de asesinar a Mikel se te paso de verdad por la cabeza. Pasaste mal rato, doy fe! Lo bueno es que ese hombre se acordara de ti, para bien o para mal, según como se mire. Y si lo miro yo, creo que para bien.
Yo también tengo la mala suerte de darme cuenta de cuando hago el ridículo y luego lo pienso cada 5 minutos. De hecho, se que lo voy a hacer antes de hacerlo.
Un beso
No he podido reprimir unas risillas imaginándote semi-histérica en esa situación… siempre de bien
a ver cuándo me enseñas esos libros!