Luis García Berlanga poseía en sí mismo una cosmovisión penetrante de la coyuntura que le había tocado vivir; practicándola en pantalla desde la conjugación de la sátira, lo grotesco y una mala leche estrepitosa y fina al mismo tiempo. Dotado del sentido del humor (Plácido es su más contundente ejemplo) hace respirar comedia y amargura trágica a partes iguales: te desternillas y al volver te quedas frío, te engatusa y la crueldad inherente en el fondo resulta ser un bramido que desvela tal encantamiento.
El primitivo título de la película que nos ocupa: Siente un pobre a su mesa, explicitaba a más no poder todo el tinglado que enmascara el humanismo (intentando desintoxicarse del cinismo inherente del crítico social) propio de la obra berlanguiana: siempre pegada a tierra y a nuestros errores más comunes –vanidad, egocentrismo, intolerancia, falsedad, apariencias, felicidad, violencia– que son sugeridos y remarcados en nuestro subconsciente de espectador como mea culpa silencioso.
Bajo ese eslogan de acto benéfico que resulta ser el subtítulo comentado anteriormente, se nos introduce en un marco provinciano (los maestros que airearon el cine español de la segunda mitad del siglo XX, bien sabían que la ciudad de provincias era un teatro de innumerables posibilidades tragicómicas para mostrar quiénes habíamos sido, éramos y somos) así como un territorio para la comedia y el realismo más condescendiente de patética verdad.

Por otro lado, el título definitivo, este Plácido, trasciende mucho más el meollo de la cuestión al transcurrir por el itinerario que este personaje, interpretado por Cassen, abarca para lograr su mayor propósito: ser honrado y cumplir con el vencimiento del pago de la primera letra de su carromato. El espectador sigue con asombro las peripecias de la mísera suerte de este ser con una soga en el cuello, entre monstruos sin escrúpulos que campan sus anchos poderes hacia el bien propio. Las apariencias hacen reír, entretienen y mantienen su gracia, pero el doble fondo desvela una plaga de inexorable baldía terrorífica que devora la estructura social y la falsedad más agravada.
La película se divide en dos partes: un inicio en clave de comedia, en la que se nos presenta la situación de una pequeña ciudad durante la Nochebuena, dónde destaca el protagonismo del citado Plácido y el de Gabino Qunitanilla (fabuloso José Luis López Vázquez) con el papel rocambolesco de ir entrelazando cabalgatas, subastas y cenas donde los bien asentados económicamente son comensales de algún pobre en últimas horas; donde aparecen personajes totalmente berlanguianos, como ese actor veterano que ha sido invitado junto a algunas “estrellas” de la segunda división del folclore patrio (“… Carmen Sevilla no ha podido venir en el último momento…“), que seguramente es el que más talento tiene en su trabajo, pero resulta ser el más ignorado en pro de unas cuantas actrices pseudofamosas, un galán de poca monta y un niño cantor (espejo del verdadero Joselito), que parecen tener más poder de convocatoria hacia los clientes potenciales que tienen que aportar su económica contribución de caridad, y que a fin de cuentas sólo les importa contar con la presencia de uno de estos profesionales del celuloide en su mesa de Nochebuena, dejando en el fondo del plano de tal estampa a uno de los mendigos seleccionados para celebrar la festividad católica más iconoclasta de la historia.
La segunda parte disuelve la estampa divertida en agria sustancia y esta campaña navideña termina por asfixiar a sus protagonistas. La falsedad deja paso al verdadero aspecto de las cosas. Ese juego de ricos y pobres pasa de la deformación a la abstracción berlanguiana: aparecen las situaciones caóticas, los problemas diminutos pero trascendentales, las resoluciones atropelladas y siempre bajo el peso del más inocente y la ofuscación total. El plano secuencia intentando someter lo impredecible, la complejidad de la casualidad entre eventos, o la incapacidad del hombre de atender a todos los eventos de un espacio concreto y en un instante determinado, teniendo que asumir los conceptos de azar indeterminado, aleatorio, incertidumbre… El ojo de Berlanga como la visión del demiurgo pasivo: enamorándose de los errores y la miseria del ser humano.
Si cinco años antes (con Los jueves, milagro) el director valenciano había destapado la farsa con una trascendencia mucho menos cercana y tangible, en Plácido, Berlanga sintetiza la aguda crítica social y concentra prodigiosamente los hilos, manejos y maniobras con halo de improvisación, deformándose absolutamente todo cuando la síntesis y el clímax se esconden bajo la inquietante escena del pobre agonizando en casa de un ex-republicano.
Si en la obra maestra del teatro de Valle-Inclán, Luces de bohemia, resulta patético que un ciego (Max Estrella) sea el más clarividente, en Plácido resulta igual de esperpéntico que el más honrado, el que parece sosegar, aliviar y ayudar incansablemente a todos los “animales” perdidos en su propia vorágine cegadora de ego y vanidad, sea el que más necesite.

Guión realizado a cuatro manos bajo la idea y el argumento de la genialidad del tándem Berlanga-Azcona (una de las parejas más insignes y fructíferas del cine español), esta obra maestra impecable, de excelente reparto coral (para advertir a aquellos que creen que Robert Altman es el rey de este género de vidas cruzadas), concursó en Cannes y fue propuesta para el Oscar, sin perder durante el transcurso de las décadas nada de su ingenio y su fortaleza: la magistral lucidez de sus creadores para mostrar la verdadera esencia de nuestra sociedad, nuestra gente, el país en el que vivimos.
A visionar, recuperar, revisionar, repetir, reincidir, insistir, y volver a ella siempre que sea necesario. Por algo, seguramente podría ser cuñada, sin ningún tipo de atrevimiento suicida, como la mejor película del cine español. Por algo, su genialidad radica en la brillante forma con la que sus autores se atreven a tratar con humor lo trágico rompiendo en pedazos la sentencia que décadas después Woody Allen formuló para definir lo que era comedia: “Tragedia + Tiempo”. Berlanga y Azcona nunca esperaron a que pasara el tiempo para reírse de nuestras miserias: agarraron los cuernos del toro desde el primer momento. Ahora seremos nosotros los que tendremos que seguir interpretando este teatro del esperpento. Seremos nosotros los que esperaremos que alguna mente lúcida nos vuelva a encauzar dentro del plano del caos.











La obra de Berlanga es algo imperecedero, no caducará nunca porque es muy humana, muy real. Por eso es un clásico.
Sin embargo, el 95 % de las películas de los últimos diez años no las recordará nadie dentro de 40 o 50 años, porque son vacías y solo responden a exigencias del mercado. (qué mal suena esto…)
Totalmente de acuerdo Jorge. Igual no soy muy objetivo, ya que Berlanga siempre ha sido uno de mis directores favoritos, pero la verdad es que desde que en 2002 con ‘El sueño de la maestra’ dejó de hacer cine ya nos quedamos un poco huérfanos en ese apartado. No es nada buena la nostalgia pero pasará mucho tiempo para que una generación similar surja en España y sí surge espero que no tengamos que revivir un escenario tan grisáceo. En poco tiempo se nos han ido todos: Bardem, Fernán Gómez, Azcona, Agustín González, Manuel Alexandre, López Vázquez, Emma Pennella y tantos otros.