Aquellos que hemos estado atentos (lo de ponerlo entre semana habrá despistado a más de uno) hemos visto en estos días en La Abadía un ciclo autodenominado, no sin cierta redundancia, “los Abadías”. Salidos de las tablas de esta sala (se diría que casi cual exquisito hongo comestible) una selección de estos actores, así llamados “inter illi” (Abadías, me refiero), “se han lanzado a la aventura de la creación, a la aventura personal, con la complicidad de compañeros (actores, diseñadores, técnicos) que también se han entrenado y han trabajado en La Abadía,” para ofrecernos un conjunto heterogéneo con bastante cal pero también algo de arena. Un ciclo en definitiva que a los que lo hayan seguido en su integridad les habrá dejado, en líneas generales, satisfechos a la vez que deseosos de más.

Torvaldo Furioso; Señorita, no se ponga tremebunda.
Torvaldo Furioso, un espectacular trabajo de composición dramatúrgica creado por Lucía Vilanova y dirigido por Lino Ferreira, tuvo el placer de abrir estas jornadas. Esta producción de El Óbolo S.L. nos presentaba una sorprendente e inteligente revisión de Casa de Muñecas; una casa de muñecas habitada por personajes unificadores de tres tiempos: el de Orlando Furioso de Ariosto, el de los caracteres de Ibsen y el de los humanos comunes de hoy en día, todo en un texto que no sólo no ocultaba sus referentes sino que por el contrario los acentuaba logrando con ellos un nuevo universo de sentidos y razones absolutamente genial. La riqueza de aspectos de los que se podría hablar es tan abultada que casi mejor será remitir al lector curioso a las palabras de la propia Vilanova recogidas en el dossier de la Abadía sobre el ciclo. Y es que el cúmulo de aciertos de Torvaldo Furioso no para en la obra escrita, sino que continua con un espacio escénico exquisito (por sugerir más de lo que muestra) y con un trabajo actoral envidiable (soberbia la labor de Julio Cortázar e Inma Nieto, otros dos habituales de la casa). En resumen, este comienzo de ciclo justificó todas las expectativas creadas siendo posiblemente, además, lo mejor que se ha visto en la Abadía en los últimos meses.

El Gran Atasco; si Cortazar levantara la cabeza:
La cruz de este “monográfico” la aportó El Gran Atasco que haciendo honor a su nombre, esto es justamente lo que era. Dirigido por Fernando Sánchez-Cabezudo, aunque creado en colaboración con Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo y con Alfredo Sanzol, este montaje genera una enorme sorpresa. El problema es que esta no se encuentra en escena, es más no se encuentra en ninguna parte; y precisamente esa es la sorpresa, que no se encuentre porque cuando uno pone en escena una idea de otro, lo normal es que como mínimo diga de donde ha sacado ésta. Sin embargo aquí ¡oh, sorpresa! nadie dice nada de ese maravilloso texto de Julio Cortazar llamado La autopista del sur que uno, que tampoco es que sea muy leído, reconoce perfectamente en esta “atascada” puesta en escena. Dirán los lectores que lo siguiente me viene de (de)formación profesional pero es que ya lo dice bien claro el código deontológico del director de escena aprobado por la ADE años ha: “El director de escena, en el ejercicio de su profesión, se obliga a guardar el máximo respeto por la obra de otros creadores (autores, adaptadores, traductores, escenógrafos, artistas plásticos, compositores, etc.) que pueda ser incorporada o utilizada en la creación escénica, destacando en todo momento, en la publicidad que corresponda, la procedencia de los materiales de todo tipo que pueda utilizar en sus espectáculos”[1]. Por ello no cabe menos que la sorpresa ante este “olvido” flagrante. Esto lleva a pensar que o bien el descuido ha hecho de las suyas o que efectivamente este grupo de creadores llegaron, fruto de la casualidad, a un común creativo con el genio Argentino. Sea cual sea la razón que justifique esta comunión creativa espero que pronto se cuiden sus realizadores de dar las respuestas y explicaciones correspondientes y necesarias.
Ciñéndonos a lo meramente escénico poco hay que decir. Quizás lo más destacable fuera su puesta en escena que quiso jugar con la proyección visual y con el montaje sonoro, pero estos no lograron un nivel de integración en el conjunto que salvara la propuesta, lo cual acabó desmereciéndola, convirtiéndola en una mezcolanza de elementos desengarzados y sin encuentro. No puede añadirse mucho más sobre este proyecto que tocado desde el inicio (ya lo hemos dicho) por un halo de desconfianza no supo atrapar al espectador ni mucho menos estar a la altura de las circunstancias.

Al final todos nos encontraremos; Una experiencia
A veces cuando uno va al teatro le apetece que no le cuenten (al menos directamente) nada. “No son cambios, conflictos, catástrofes… sino sustancias”. Así presentan los de Teatro El Zurdo este espectáculo sobre “el desamparo del hombre en un mundo en el que el dolor crece a cada instante”. Este colectivo abierto de creadores cierra este ciclo con una composición completamente opuesta a sus predecesoras, donde la creación colectiva deja espacio para el trabajo desde las propuestas tanto individuales como grupales. Pero añaden algo más: “Este espectáculo demanda el esfuerzo interpretativo del espectador.” Esto es la clave del proceso: uno acude al teatro a ver, pero en este caso no debe esperar, debe participar, debe interpretar o simplemente dejarse llevar, pues más que de la comprensión se trata de la experiencia, de sentir ese algo diluido del individuo extraviado del que nos quieren hablar. Esas sustancias son llevadas físicamente a escena a través de una escenificación que nos reporta directamente a una bohemia taberna donde artistas, fracasados y, también (¿por qué no?) locos, se encuentran y crean esa esencia de sustancias que al unirse se transforman en algo distinto. Lograda la ambientación, la estética escénica y la experiencia para el espectador sí que habrá que reprocharles, al menos un poco, su falta de interés por el público de la pieza. Un esfuerzo mayor para permitir entender de qué están hablando no sería un trabajo en vano. Pero aquí cada uno es libre de opinar, libre para vivir su propia experiencia y libre para ponerse a favor o en contra de esta forma de crear. De lo que se trata es de investigar nuevas escenas; los post-dramático está vigente; aun tenemos muchas cosas que experimentar. Quién sabe si en una segunda edición de este ciclo las encontraremos.
[1] Artículo 47; Código Deontológico del director de escena; ADE; Marzo de 2004. El artículo 30 exige además el reconocimiento público de la aportación en la documentación que corresponda.











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A ver, por partes: nada que añadir de Torvaldo furioso a lo dicho, simplemente maravilloso.
De El gran atasco salí indignado, todo olía a plagio y además descaradísimo. No me gusta pensar mal pero la casualidad tiene un límite.
Y el último, pfff, querían ser guays y modernos pero sólo consiguieron una cosa sin sentido y vacía.
He dicho.