Los Ángeles es una ciudad ficticia, un espejismo en medio de la nada. No soy yo, es el empuje del aire llenando el vacío lo que hace ruido, un ruido que retumba en los cristales de mi cuarto. Al parecer fuimos increíblemente felices allí, sólo al parecer porque detrás de mis palabras no hay más que miedo, un miedo que en aquella ciudad tenía la habilidad de mostrarse envuelto en papel de regalo.
Si soy sincero, y quiero serlo, pienso en nuestros paseos por Santa Mónica como en una revelación inevitable. Gracias a ellos confío en el tipo que me trae un paquete de procedencia desconocida, por ellos también ayudo a una viejita a remontar las cuestas empinadas de mi barrio, y sólo por ellos elijo una comedia a un drama. A menudo me sorprendo sonriendo, dando saltitos en la cocina, saltos de alegría que tienen mucho que ver con aquellos brincos que dábamos cuando nos cruzábamos con un famoso por Sunset Boulevard. Me pregunto si volveremos a ser tan idiotas otra vez aunque sé que debería haber dicho volveré en lugar de volveremos. Y si lo digo es porque en L.A. siempre fuimos dos, dos para todo, dos en los restaurantes de Figueroa Street, dos en las carreras de Santa Anita donde siempre acabábamos sacando algo, dos en la Segunda con Washington Av. donde nuestros hermanos chicanos preparaban los mejores tamales de la ciudad. Explico todo esto asustado por la claridad de sus recuerdos, asustado y desengañado, porque ¿Quién sabe? ¿No es, en medio del amor, el amor mismo lo que uno más teme?
Días de abundancia, cielo azul donde jamás se ve una nube y el sol flotando en él, días de abundancia que ya no volverán. Eso es L.A, un semáforo imponente que cambia de color cuando menos te lo esperas. Lo pienso aquí, bajo este cielo helado que he aprendido a admirar. Tal vez no se pueda vivir en Los Ángeles sino es desde la esquizofrenia, puede que la humildad sea una losa, un estorbo que deberías canjear por un buen bronceado. Recuerdo ahora la noche que decidí, aún no sé por qué, invitarla al mítico Hugos entre Olive y Kings Road, recuerdo la cola interminable para conseguir una mesa, recuerdo como si fuera hoy mismo los amos del mundo bajando de sus descapotables saltándose el turno de los mortales, recuerdo la mirada de X, mi chica, mordiéndose la lengua, gritando hacia dentro para no estropear su peinado, recuerdo que hacía mucho frío para ser L.A. y que todos tiritábamos como si estuviéramos en Toronto o en Moscú, recuerdo mis chistes sin gracia remontando el boulevard de Santa Mónica y precipitándose sobre las casas bajas de Butler Avenue donde impartía clases de español. Recuerdo la mirada del encargado revisando nuestra indumentaria y despachándonos como si fuéramos un error de la selección natural, largo, dejen paso, nos gritaba con aplastante impunidad, háganse hacia un lado, y nosotros, cabizbajos, sin fuerzas para responder, nos volvíamos al resto de la cola buscando complicidad y encontrando desprecio e indiferencia, esto era L.A., la ciudad del estado campeón, del país campeón, del estilo de vida campeón. Pero no era siempre así, también habían días luminosos, días en los que era tan fácil trepar por los rascacielos como levantar un dedo, días tan parecidos a las películas de Hollywood que por un momento creías en los finales felices, momentos para mirar el cielo tumbado en Trinity Park, momentos para perderse entre los eucaliptos con una pelota de béisbol en la mano, lanzar esa pelota al aire teniendo la seguridad de que volvería a caer, si en no tu mano cerca de ella, pero convencido de que volvería a caer, seguro, segurísimo, jugar con tu chica a los países, un juego aburrido que corrompe a las parejas acercándolas a la realidad, algo, por otra parte, imprescindible, no decir y dejar pasar la brisa entre las piernas como quien deja entrar un invitado, brindar por los razas mestizas, una y mil veces si hace falta, sobrevivir a Schwarzenneger con un poco de vino e ironía, hacer el amor sobre una tabla de surf en Hermosa Beach y jugar con las olas como quien juega con un hermano, eso era también L.A.
Te recuerdo abrazando el aire por Bandini Boulevard con el pretexto de haber sentido la presencia de John Fante, al que veías por todas partes, mendigando por Bunker Hill, pelando una naranja en los bancos de First Street o dando bandazos por San Gabriel a la búsqueda de un amor perdido. Chapoteabas en los charcos de Echo Park cuando nadie te miraba, ¿lo recuerdas?, ¿y los puestos misteriosos de China Town, con sus pócimas mágicas y sus sombreros milenarios? ¿Acaso no oyes el ruido del viento retumbado en tus oídos? Yo aún lo siento, aquí, en mi escondite salino.
Mientras escribo te veo asomada a nuestra ventana con vistas a Sunkist Park, quejándote de la polución y a la vez sonriendo porque nuestros vecinos han vuelto a izar la bandera del Vietcong, estás guapa está mañana, pienso, mucho más guapa que cuando te disfrazabas de hippie y regateabas con los turistas en Venice Beach, te lo digo ahora que no te tengo. Nicolai, mi perro, me observa como se observa a los locos, con un punto de prudencia que me desconcierta, pero no importa, me vale y me basto con mi imaginación. Es increíble poder estar paseando por Pacific Avenue a miles de kilómetros de distancia de Pacific Avenue, estar frente a los puestos de helados de Ricci’s y elegir un cucurucho de pistacho y luego lamerlo como tú me enseñaste, todo eso sin dejar de estar sentado en el culo del mundo, mi culo del mundo.
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