Los trabajos de Daniel Clowes poseen conciencia propia, tanto como aisladas ilustraciones y textos reconocibles sacados del contexto de historieta al que pertenecen como su función de sabor a magdalena proustiana que nos retrotrae hacia el interior de varios estados de ánimo y experiencias verificables. Sus estampas en lo visual y en lo discursivo hacen patente la figura de su autor: una figura fácil de identificar pero intransferible; al mismo tiempo que los elementos que utiliza están sacados de aquello más primario de la civilización. No inventa nada pero su sello es personal: Clowes es un autor con precinto lacrado que transfiere al lector las zonas más escurridizas y ásperas del alma.
Con la publicación de Wilson, su primera novela gráfica original (recordemos que sus celebrados comic-strip-novels no eran hasta la fecha más que recopilaciones de los relatos surgidos en el comic-book Eightball) nos acercamos a través de casi ochenta páginas a toda la metodología dramática del historietista de Chicago. Wilson es un sociópata que tanto agrede como ama, que tanto arremete contra los cimientos sociales en los que se sustenta su vida como alimenta la fantasía de dejarse domesticar por el sistema. Paria, desarraigado familiar, marido separado, padre oculto, lánguida alma errante por los vericuetos de la organización social… La sinceridad con la que Clowes se despacha a través de los setenta capítulos (de una página cada uno de ellos) nos hacen contemplar la vida desde el prisma de una tira cómica de escuela cínica en la que se pueden atisbar (como en las mejores obras literarias) franqueza personal, arrojo y lealtad consigo mismo y con el lector.

Clowes pule su reinterpretación de la escuela socrática a través de un personaje que no solo considera que los males de la civilización se acabarían si la felicidad viniera de una vida más simple, sino que su álter ego propaga su despreocupación a la riqueza y a cualquier forma materialista al mismo tiempo que por miedo a toparse solo en el mundo deniega de todo ese pensamiento cínico para intentar, sin éxito, replantear su propia existencia y poder coger su penúltimo tren hacia la estación de la mediocridad civilizada.
Wilson piensa que cree en la misma felicidad que el hombre lleva consigo mismo, en aquella que necesita de lo mínimo para que la persona sea más libre pero nunca termina de dar el paso definitivo. Su estado de ánimo sería el reverso tenebroso del chiste taciturno con el que Woody Allen ponía su epílogo frente a cámara en Annie Hall: aquellas dos señoras que lamentan que el filete que les han servido no sea suculento pero al mismo tiempo imploran que la ración no sea más grande. Wilson, paradójicamente, sigue luchando a su modo por sobrevivir en una existencia que detesta y Clowes clava la genialidad en varias de sus mostrencas experiencias.
Alumno aventajado de la aplastante sencillez de Robert Crumb, el autor de Ghost World hace que su dominio de la evocación y la elipsis haga avanzar a su personaje en los recovecos de la marginalidad afectiva y la diferencia a tiempo real, cobrando una autoridad en el papel que ilustra a los personajes que en éste naufragan a través de diferentes fórmulas: usando la perspectiva interior y no formal al dibujar el abismo emocional a través del menguamiento del físico de Wilson.
Su melancolía habla de recuerdos infantiles y de remordimientos ante la institución familiar. Su cinismo es tan diáfano que hasta es capaz de propagar una tesis aplastante sobre el adoctrinamiento general de la crítica cultural en una sencilla charla con un taxista sobre las hipotéticas bondades de El Caballero Oscuro de Christopher Nolan. ¿Por qué nos llenamos la boca hablando de las bondades de la complejidad política y social de nuestros tiempos en la cultura cuando en un sincero producto de evasión como puede ser Los Cuatro Fantásticos o Iron Man todo parece más simple y armonioso? Así es Clowes, así es su narrativa. De frente, franca, dolorosa, con destellos de luz nostálgica y mostrándonos el falso sentido de importancia que le damos a ciertas cosas de la vida. Todo a través de sus limpios y perturbadores trazos y de sus elípticos textos.
- Wilson
- Autor: Daniel Clowes
- Traducción: Rocío de la Maya
- Editado por: Reservoir Books Mondadori
- Año de publicación: 2010
- 84 páginas









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