Los sueños son eso de lo que uno se despierta.
Raymond Carver
Escondida, temblorosa, febril
Cuando el pánico se impone en mi vida recurro a la lectura. Y los viajes. Podría recurrir al amor. Sí. Cualquiera recurriría al amor. A un amor desbocado y sucio de los que te hacen olvidar el miedo. Y para qué nombrar el miedo. Miedo a escribir, fracasar, perder, olvidar. Miedo a crecer. Exactamente es eso lo que me ocurre en las últimas semanas. Un miedo terrible a crecer. Y a despertarme.
El fin se intuye siempre. E intentas evadirlo, por ejemplo, comprando libros. Libros y libros y libros que llegarás a leer o no. Pero que llenan un vacío irremediable. No se trata de generalizar sobre el fin de todas las cosas. Ni el fin del mundo. Ni siquiera sobre el fin de los sueños. Me refiero al fin de las relaciones. A veces, no estoy ni preocupada. Me dejo llevar por la inercia de los días. Los almuerzos, los paseos, las páginas de periódico online consultadas infinidad de veces. Todo para no pensar en el maldito vacío que me habita. ¿Qué harías si sintieras que has perdido X años de tu vida?
Te sientes como enferma. Como si tuvieras todas las enfermedades del mundo y entonces fuera el fin de ti misma. Y el otro dejase de importar. Eres tú. Con tu dolor de estómago, tus náuseas, tu color amarillento, tus ojeras, tus ganas de escribir obscenidades y llamar puto-maldito-cabrón a cualquier elemento que se te cruce. Eres tú quien se esconde detrás de los libros y los canales porno de Internet. Tú con tu soledad y tu sucia mente. Y esa deplorable sensación de finitud. De vulgaridad. De ser una más entre otras tantas convalecientes.
Y quisieras escribir. Escribir como si con tus letras fueras a cambiar el rumbo de las relaciones. Y ninguna otra volviera a sentir que no hizo nada para encontrar la salvación. Entonces recuerdas que la salvación no existe. Que el futuro no existe. Que tu llanto y tus cartas-mails enfermas son parte de lo efímero del amor. Y que, quizá, esa sensación de hueco se parece bastante a las noches en vela intentando escribir un poema sin éxito. O a levantarte de la siesta en invierno sintiendo que has desperdiciado toda la tarde en malos sueños.
¿Y si alguien te susurra la cura al oído?

Cine X
Recuerdo las veces que he pasado por ese cine en la calle Trajano. Ahora cerrado y cubierto por carteles llamativos de conciertos. La única sala X que conozco en Sevilla. Las veces que, de niña, caminaba por las aceras de la mano de mis abuelos y no podía evitar mirar fijamente la enorme X roja. Y nunca nadie me invitó a entrar en una. Supongo que mis amantes eran demasiado mojigatos para atreverse. Por no hablar de los novios adolescentes que preferían los descampados a las oscuras salas llenas de gente con las mismas intenciones que ellos.
Puede que la sensación que tengo de mi misma cuando veo porno y la que tengo cuando me hacen daño sea la misma. Ese sentimiento de debilidad, de soledad. Ese juego de estar desnudo frente al otro. Aunque el otro no sea más que una pantalla de píxeles y no pueda tocarme. Sentirse desnudo. Frágil. En carne viva. Quizás esté exagerando, ¿no? Pero con ambas se disfruta también. Con el placer del sexo en solitario sin que te miren. Con el placer de sentirse víctima. Sí. Voy a censurar en este mismo instante ese pensamiento aunque forme parte de mi enfermedad.
Coma
Solo hace falta un lugar para guardar el miedo. Cómo explicar lo que hiere. Cómo saber dónde dejar la huida. Y quedarse. Puede que lo justo sea liberarse. Afrontar la duda. Comprar libros. Leerlos. Ir al cine. Tomar café. Escribir. Viajar. Pensar en el vacío irremediable. Desnudarse. Y no llegar a ninguna conclusión. Escribir por escribir. Escribir para desahogarse. Y seguir.
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