Un tour por Berlín con pedales de segunda mano
Berlín es un gigante con ropa de bebé y el corazón de un niño de cinco años. Por eso uno no siente el vértigo que a veces se experimenta en las grandes ciudades. Por eso Kennedy tampoco lo tuvo en su discurso desde el balcón del Rathaus Schöneberg. Quizá también por ese motivo uno se acostumbre a las cervezas de medio litro y a las bicicletas pensadas para la estatura media alemana, cuyo tamaño más pequeño todavía queda lejos del tamaño medio español. Así pues, hazte con una bicicleta, aun cuando te venga grande. Las alquilan por días, pero por el precio que te costaría tenerla tres puedes conseguir una de segunda mano en cualquier mercadillo.
Empiezo, entonces, la ruta un domingo, en Mauerpark, donde encuentro una de esas bicis usadas a un precio irrisorio y me deleito un rato en el famoso karaoke que cada semana reúne a cientos de individuos extravagantes dispuestos a hacer el ridículo por lo que vale una estruendosa carcajada colectiva. Cuando me canso de tanto desafine me subo a mi nuevo viejo vehículo que había dejado apoyado en un árbol, sin ningún tipo de cadena, así, sin más. Aquí no roba nadie, mucho menos una bici; ni siquiera los turistas, sobrecogidos ante tal alarde de confianza ciega, se atreven. Salgo de allí y desciendo por Kastanienallee. Son casi las cinco y todavía veo gente desayunando. Los domingos en Kastanienallee y en cualquier parte de Berlín se sirven buffets desayuno que todo el mundo empalma con la comida, el brunch que han copiado de los británicos. Continúo mi camino, ya estoy en Rosenthalerstraβe y en menos de cinco minutos atisbo Hackescher Markt, donde, sentados en una de las terrazas, los niños se ahogan en un zumo de manzana y los adultos se desahogan con una cerveza, o simplemente pasean con un Currywurst en la mano.
Karaoke de Mauerpark
Me desvío un poco con la intención de parar en Tacheles, un edificio okupa que se ha convertido en una especie de galería de arte urbano. Aparco la bici y me adentro en aquel antro. El olor, una combinación de orina y marihuana, varía según la habitación en la que te encuentres, a veces la hierba eclipsa cualquier rastro de pis y otras parece que el último porro se fumó mucho antes de que alguien meara. Pero no importa, merece la pena. Es arte sucio: mugre sobre mugre. Te revuelve los intestinos e irremediablemente quieres comprar algo; como cuando pruebas la comida basura, quieres más. Yo lo haría, pagaría por muchas de las piezas que se exhiben si no fuera porque amenazan nubes grises y a la intemperie, sujeto en la parte de atrás de la bici, el cuadro se deterioraría.
Escultura de Tacheles
No sé exactamente por qué, pero de repente me encuentro en la Isla de los Museos. Creo que me he perdido, intento encarrilar la situación y acabo sorteando coches en Unter den Linden. Cuando llego al final de esta calle esquivo a los turistas que sonríen a la cámara con la puerta de Brandeburgo de fondo. Enseguida cruzo uno de los arcos y me debato entre rodear el parlamento o adentrarme en Tiergarten. Opto por la segunda opción, conozco una ruta que termina en el castillo de Charlottenbourg. Me pierdo de nuevo en esas doscientas diez hectáreas verdes. Después de un buen rato de pedaleo me cruzo de bruces, con la Columna de la Victoria, que en estos momentos está en obras y de la que sólo me queda el recuerdo de una enorme lona blanca que la cubría.
Por fin doy con la salida que quería. Ahora sólo me queda dejar atrás Kufürstendamm, su iglesia en ruinas casi gótica y sus enormes tiendas que se extienden a lo largo de toda la avenida. Ya está, el Palacio barroco de Charlottenbourg custodiado por ese enorme jardín tan abrumador. Las ardillas se impacientan si no les ofreces frutos secos y saltan de árbol en árbol todo lo rápido que permiten sus patitas para que no tengas tiempo de disparar el obturador gratuitamente, sin haberles invitado a algo de comer.
Palacio de Charlottenbourg
Ya está anocheciendo y las piernas se resienten, resuelvo ir a dónde sea que quisiera ir en metro. Se tiene que pagar un extra para meter la bici en el transporte público, pero ya tenía el billete comprado y decido aprovecharme de la condescendencia alemana. Al final, acabo en la parada de Warschauerstrasse. Desde allí, utilizo la bici para desplazarme hasta la East Side Gallery, el tramo más largo que se conserva del muro. En menos de cinco minutos estoy absorta en los grafitis. Apenas quedan turistas porque la noche ha caído totalmente y el modo nocturno de la mayoría de las cámaras digitales desluce la imagen.
Deambulo, recorriendo el muro con la bici a cuestas, como un zombi, incluso las ruedas de ésta flaquean. No obstante, a pesar del cansancio me apetece seguir. Podría quedarme y pasar la noche en cualquiera de los clubs de la zona. Los hay de todo tipo y a buen precio. Podría bailar hasta primera hora de la mañana. A la vuelta podría ir hasta Alexanderplatz y para descongestionarme de Berlín desayunar en Nikolaiviertel, el barrio más antiguo de la ciudad, que equivale a adentrarse en la Italia renacentista y se me antoja como un fragmento de un universo aparte y lejano en pleno centro. Pero lo cierto es que todavía sigo vagando entre grafitis. Justo cuando pienso en esto me doy cuenta de que a mi izquierda Brezhnev y Honecker se besan apasionadamente. Leo el lema justo debajo de los amantes que reza “Mein Gott, hilf mir, diese tödliche Liebe zu überleben”. Entonces caigo en toda esta fatiga acumulada, en mis ganas de seguir explorando, y yo también suplico que alguien me ayude a sobrevivir a este amor letal con el que Berlín pretende matarme de extenuación.
Mein Gott, hilf mir
No existen artículos relacionados.












Me ha gustado mucho tu relato, estuve en Berlín hace unos meses y me pareció una ciudad fantástica, tan diferente, moderna, antigua y cargada de Historia en cada rincón. Muy buena mención de los clubes de noche, menuda marcha. Un saludo!!