Podía ocurrir, tenía que ocurrir, ocurre de vez en cuando, ocurre todo el tiempo. Porqué quizás sí sea cierto, la mediocridad es mucho más obstinada que el talento. Diez minutos y aún no he conseguido despegar la sonrisa de mi cara. El tiempo que ha transcurrido desde la oportuna salida del cine hasta el tropiezo con el festivo e irreverente reflejo de mí mismo en el espejo del ascensor lo he dedicado, concienzuda y tozudamente, a convertirme en un artista callejero. No he necesitado más tiempo.

Puede que reírse hasta la extenuación no sea la mejor manera de confesar nuestras limitaciones. Puede incluso que la compasión que sintamos por ese tipo de aspecto lunático que se hace llamar Lavacerebros no sea más que la certeza de que todo está perdido, de que el rescate del arte no sea sino una quimera, un suplicio que sólo nos traerá rabia y desesperación. Bansky ya lo ha dicho (o no): “Estoy pensando en abandonar el mundo del arte. Quiero hacer algo que sea un poco más creativo”.

Mientras desaparece la sonrisa de mi cara una nueva palabra toma fuerza en mi interior: F-a-r-s-a. Farsa en letras de neón en lo alto de la Gran Vía. Luego un reguero de preguntas. ¿Podemos tomarnos en serio? ¿Acaso puede alguien tomarse en serio frente a una pieza de ochenta mil dólares pensada en ocho segundos? ¿Puede un tipo pegado a una cámara de vídeo convertirse en un icono del arte? Sí, puede. Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar la idiotez humana. Es divertido darse cuenta cómo nos regocijamos en el engaño, como escogemos los atajos, cuando éstos nos llevan directos a la verdad, cuando esta verdad sabe a triunfo y reconocimiento.

El arte está moribundo, a un suspiro del tiro de gracia. El arte vuelve a la vida o no vuelve, así de sencillo. Exit through the gift shop no es estrictamente una película sobre street art, ni siquiera Bansky es su protagonista, trata sobre la estupidez humana y sus efectos irreparables sobre lo sagrado. Salgo a la calle porque en la calle están las respuestas, lo que dicen algunos que son las respuestas, y en ella, entre Rocafort y Consell de Cent, leo: “Obstinado, hay que admitirlo, mucho. Con ese bigote bizantino, con esa gorra, con ese suéter jacobino. Queramos o no, un encanto. Pobrecito.Un verdadero hombre.”








