Aburguesarse o suicidarse. Cuando el mal de la juventud infecta tus venas no te quedan más salidas. En 1926 cuando Theodor Tagger, escritor de origen Búlgaro más conocido por el seudónimo de Ferdinand Bruckner, estrenó El mal de la Juventud muchos fueron los que pensaron que semejante tratado sobre la psique humana solo podía haber sido redactada por un médico psicoanalista. Y no es para menos; altamente influenciado por los textos de Freud y Nietzsche, Bruckner trazó con esta obra un friso de decadencia que lleva a las últimas consecuencias la que posiblemente sea la mayor dolencia de la especie humana: la juventud; o acaso sea ésta la vida, la vida en sí misma, sufrida por todos nosotros y que nos acerca a cada paso a la muerte. ¿Debe uno morir y evitar así la larga agonía que se inicia con el final de la veintena?

Con un trabajo exquisito de puesta en escena, Andrés Lima, el premiado director de la siempre sorprendente compañía Animalario, ha retratado ese ambiente confuso, esos años ’20 de “Caos, posguerra (…) diversión” y charlestón, que en su contemplación próxima nos resultan tan cercanos. Esta nueva producción del Teatro de La Abadía arranca de una forma desconcertante. Todos los actores bailan, en el silencio, a cámara lenta, dejándose llevar por una fuerza que no dominan. Este inicio, esta fiesta exaltada, este leitmotiv que luego llenará la pieza, encierra el concepto central de la obra, el que dará sentido a su misma ejecución; esto es: la vida continúa… Y para ello hay que escoger; escoger vivir, escoger aburguesarse, casarse, tener hijos, madurar… morir de igual forma. Y todo representado a través de la vida de siete jóvenes, en las habitaciones de las dos protagonistas, donde unos y otros luchan por un amor carente de la capacidad de ser. Habrá que decir que elegir esas habitaciones como espacio para el desarrollo de la acción era quizás la menos arriesgada de las posibilidades que tenía en sus manos Andrés Lima; ceñirse a la propuesta del autor es pecar de correcto. Cierto es que en este caso el trabajo actoral, limitado por ese corsé, no solo no mermó su calidad sino que resultó enérgico, agresivo y arrollador. Pero, lamentablemente este espacio condensador de flujos, este ambiente potenciador de la puesta en escena también acaba siendo un lastre insalvable que marca toda la representación.

Si lo deseado es mostrar “un grupo de jóvenes perdidos en la soledad de una pista de baile” algo falla en la apuesta. Ese espacio limitador y potenciador reclama continuamente su transgresión, algo que derroque la simple plasmación de las ideas autorales, dándoles un nuevo calibre, enfocando una lectura contemporánea más atrevida que la propuesta de 1926. Pero esto nunca ocurre, al menos en los niveles que les son exigidos (no es suficiente que en determinadas ocasiones los actores salgan fuera del elemento escénico central: la habitación de Marie) y por ello este estupendísimo trabajo del que se pueden decir auténticas maravillas dejó parte de sus posibilidades en el tintero. Aun así, es inapelable afirmar que en cuanto a la consecución de una estética, a la producción de significantes y a su soporte extraordinario del trabajo actoral, no puede uno reprochar absolutamente nada a la idea. Por ello resulta indispensable distinguir el trabajo escenográfico de Beatriz San Juan como algo sencillamente impecable.
Esa falta de riesgo ciertamente merma la propuesta pero no la deja zozobrante. Resulta quizás sobria, sí, correcta en exceso; pero todo lo que le es restado por esa parte es compensado por el férreo y buen trabajo del reparto. Este montaje sobre las fuerzas indómitas de la naturaleza en su momento de esplendor vital más incontrolable encentra sus justos ejecutantes en Marta Aledo, Jesús Barranco, Irene Escolar, Sandra Ferrús, Iván Hermes, Aitor Merino y Amanda Recacha. Son sin duda lo mejor de la obra. Se entregan al trabajo con la frescura de un torbellino desbocado que, digámoslo también, de haber sido encadenado a tiempo por parte de la dirección se hubiera evitado que el alto nivel de intensidad mantenida durante la representación hiciera, por momentos, que el espectador extraviara parte del contenido de la pieza quedándose solo en la esencia de la misma. Ya lo mencionaba Anne Bogart: “Un buen actor, al igual que un buen artista de striptease, retiene más de lo que enseña. Los artistas, al madurar se acercan más a la gran sabiduría que reside en la potente combinación de contención física y expansión emocional. La contención en la clave. Atrapa el momento y toda su complejidad; concéntralo, deja que se haga, y luego contenlo. Esta concentración y contención genera energía en el actor e interés en el público,” lo que en palabras de Zeami, el japonés que dio origen al Teatro Noh, se resume como: “cuando sientas diez en tu corazón, expresa siete”.

Del resto de elementos escénicos que componen su pieza tendrá Andrés Lima que felicitarse: El espacio sonoro resulta impecable gracias a la acertada selección musical realizada por Miguel Maya; todo el trabajo de caracterización, indumentaria y maquillaje a manos de Marta Luján, Almudena Batista y la ya nombrada Beatriz San Juan merece una mención especial por su excelencia (tal es así que costaba reconocer a alguno de los actores). Justa y perfecta es también la labor desarrollada por Valentín Álvarez y Pedro Yagüe en la iluminación. Y tanto Tony Escartín (coreógrafo) como Fefa Noia (ayudante de dirección), quienes completan el equipo técnico, valen un reconocimiento por su indiscutible aportación.

De modo que, salvo los peros citados antes que he de reconocer que son una cuestión de criterio y gusto, poco puede reprochársele a esta nueva proposición del genial Andrés Lima que generosamente nos ha entregado todo su buen hacer, re-intoxicándonos de ese mal congénito que nos acecha a todos. Vivir la vida y seguir adelante son la única vía, la única alternativa pues nada nos puede evitar (a cada uno a su tiempo) experimentar su padecimiento. El propio director nos advertía que “todas las juventudes pasarán su período de enfermedad y lucharán entre la vida y la muerte”. Todos hemos pasado por esto y lo harán todos los que vendrán. Esto es algo de lo que nunca podemos olvidarnos. Aunque si eso pasa ahí estará Bruckner para volvérnoslo a recordar.
- El mal de la juventud
- Dirección: Andrés Lima
- Traducción Miguel Sáenz
- Reparto: Marta Aledo, Jesús Barranco, Irene Escolar, Sandra Ferrús, Iván Hermes, Aitor Merino y Amanda Recacha
- Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan
- Iluminación: Valentín Álvarez y Pedro Yagüe
- Música: Miguel Malla
- Profesor de baile: Tony Escartín
- Maquillaje y peluquería: Marta Luján
- Lugar: Teatro de la Abadía
- Dirección:C/ Fernández de los Ríos, 42. Madrid
- Entradas: 20 euros en Telentrada
- Hasta el 28 de noviembre de 2010











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