Mr. Belt, un agente del Servicio de Identidades se pasea con desdén y aire apático reflexionando sobre el sentido de su vida, más concretamente, sobre el sentido de su trabajo. Piensa que hay demasiados policías especializados en el robo de identidades y un número insuficiente de ladrones de esa índole. Nunca ha arrestado a ninguno en los que ocho meses lleva trabajando y se siente un tipo acabado. En ese momento, mientras encendía un cigarrillo, vio pasar a un individuo enjuto con gafas de pasta que acaparó toda su atención. ¿Era quién creía que era? Aunque de pequeño se había imaginado millones de veces un encuentro con Woody Allen, acabó perdiendo cualquier esperanza de que aquello sucediera. Mucho menos podría haberse figurado que se tropezaría con él en un momento tan oportuno, sumergido como estaba en lo más hondo de una crisis existencialista.
Se apresuró hasta alcanzarle y le dio una palmadita en el hombro izquierdo. Perdone, ¿es usted Woody Allen? No sabe cuánto le admiro, profirió el agente. Lo siento, se debe de estar equivocando, no soy Woody Allen. Ni siquiera había oído hablar de él. Aquel tipo se disponía a retomar sus pasos cuando el agente, extrañado, le volvió a preguntar. Espero no resultar demasiado indiscreto, pero, ¿me podría decir su nombre? Pues la verdad es que sí que resulta indiscreto. Si fuera usted una rubia despampanante le diría que me llamo Alvy Singer, pero a la verdad es que no me apetece decirle nada. Al agente se le iluminaron los ojos, estaba a punto de arrestar por primera vez a un presunto delincuente. Agarró al individuo enclenque por el brazo y pronunció las palabras que había ansiado desde hace mucho. Me resulta verdaderamente difícil arrestar a un personaje de Woody Allen, sobre todo, al de mi película favorita; pero es mi deber. Le mostró su placa con el estandarte del Servicio de Identidades y se lo llevó al cuartelillo. Una vez allí comenzó con el interrogatorio.
—¿Por qué cree que está aquí? —interpeló el agente con tono suave.
—No lo sé, lo único que sé es que no me apetece estar aquí.
—A nadie le apetece estar aquí, pero es el precio que pagan los delincuentes.
—¿Es usted un delincuente? A usted sí que parece gustarle estar aquí.
—No se haga el listillo, Sr. Singer. Está aquí porque se le acusa de haber usurpado la identidad del verdadero personaje de Annie Hall. Hemos contactado con la productora y nos han confirmado que, efectivamente, hay otro Alvy Singer allí, decaído, abúlico y conformista.
—Oiga, no pretendía hacerme el listillo. Lo cierto es que no me apetece estar aquí, como tampoco me apetece estar en ningún sitio. Mire, me dirigía a la consulta de mi psicoanalista cuando me abordó usted. Obviamente tampoco tenía ganas de ir allí, pero una vez tumbado en ese diván me acostumbro a la tortura de tener que soltar soliloquios y sufro demasiado cuando se acaba. ¿Me entiende? Lo que quiero decir es que ahora siento que estoy en la consulta de mi psicoanalista. No porque se parezca, este lugar es cien veces más deprimente que la consulta, sino porque normalmente a estas horas me toca enfrentarme a la terapia y mi reloj interno está preparado para hablar sobre fobias y confesar secretos que aumentan lo que mi médico llama anhedonia. No obstante, esta necesidad de hablar por hablar precisamente ahora me hace un nulo favor. Vosotros los agentes carecéis de cualquier tipo de código deontológico, ¿verdad? Toda la información que le proporcione será utilizada ante un tribunal en mi contra, eso es lo que suelen decir ustedes. Madre mía, y para colmo mi pareja y yo estamos pasando porla peor de nuestras crisis.
—¿De verdad? —balbuceó el agente esforzándose por fingir sorpresa— ¿Tan grave es?
—Annie ha conocido a otro, discutimos siempre, no hacemos el amor; aunque he de confesar que tampoco sé si quiero hacerlo. Es más, creo que lo mejor que me puede pasar es que rompamos definitivamente, porque confío que sin la responsabilidad de la vida en pareja podré centrarme en mi carrera profesional. Soy humorista, sabe, pero ahora quiero hacer algo más serio, y cuando digo serio me refiero a algo que trascienda. He pensado escribir una obra de teatro. He pensado incluso que podría tratarse de una historia sobre una pareja, tomaré como base mi relación con Annie. La echo de menos, puede que esa posible obra de teatro resulte la mejor forma de retener todo lo que hemos pasado juntos. Puede que si tiene éxito vuelva conmigo. ¿Qué estoy diciendo? Ni siquiera lo hemos dejado y ya pienso en volver con Annie. No me hace ningún bien esa mujer, desde luego. Definitivamente tenemos que romper. ¿Usted qué piensa?
—Creo que no estoy en condiciones para opinar sobre el asunto. No me proporciona usted suficientes detalles.
En la habitación contigua el procesador de personalidades embebía aquel discurso desesperanzador y eliminaba toda la información proporcionada de la mente del ladrón. Para ser su primer caso, el agente Belt había manejado la situación a la perfección. Apenas faltaban un par de confesiones más, sólo tenía que sonsacarle algunas anécdotas y ya tendrían el patrón completo, listo para encajarlo de nuevo en su verdadero dueño. Ahondar en los detalles más específicos le llevo al agente Belt casi una hora más. Estaba disfrutando con todo aquello, se sentía pletórico. No se olvidará por muchos infractores que detenga de las palabras que aquel ladronzuelo profirió en sus últimos suspiros como Alvy Singer: Creen que no me doy cuenta de lo que me están haciendo, pero lo sé perfectamente, me están despojando de esta personalidad de tres al cuarto. Y saben, en realidad, se lo agradezco. Estoy harto de él, es un inconformista crónico y no lo soporto. Quédense con este infeliz, no lo necesito. Lo único que me da rabia y que me deprime profundamente es haber durado tan poco tiempo en la piel de este neurótico detestable.
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Ójala hubiera más Woody Allens o Alvy Singers por el mundo. Un saludo.