Me gustaba el barrio porque era el centro de todo. De mi todo, se entiende. Al norte estaba lo moderno, los cafés alineados en calles evidentemente no acostumbradas a contenerlos, dos líneas de metro que me llevaban a Manhattan, una profusión de gafas de pasta y de languideces nunca antes observadas. Al norte, Williamsburg, el de la línea L, el de los hipsters, cada vez con menos artistas y más apartamentos de lujo. Unas cuadras hacia el sur, al otro lado de Broadway, el mundo otro desconocido unos meses atrás de la sirena los viernes de tarde, los hombres y las mujeres para los que no existo y que por tanto me dan cobijo desinteresado. Y al este, y al oeste, El barrio; mi idioma aglomerado entre cuatro avenidas, la certeza de ser comprendida al pedir el pan, el privilegio de criticar a los blanquitos del norte con una mezcla de orgullo y de impostura.
Por eso me costó mudarme, aunque sólo fuera quince cuadras más lejos. Claro que ahora tengo los parques, tres, al lado de casa, que el apartamento es más luminoso, más barato y que sólo está a una estación del de antes. Pero hay algo con las pertenencias. Conscientemente sé que no era el mejor barrio, pero era el mío, y con los kilómetros una se da cuenta de que hay que aferrarse a las pertenencias, por chiquitas que sean. Que la señora de la lavandería la llame a una por su nombre, por ejemplo, saber cuál es el banco en el que más demora en ocultarse el sol, de tarde, y mirar a los inexpertos con un aire de superioridad cuando para ellos ya se acaba el día y una tiene, por lo menos, once minutos más de claridad. Fabricar pertenencias como quien construye una casa pero sabe que la plata sólo le dará para los cimientos, y aun así una los hace firmes, aunque sepa que el tejado nunca porque ya se está mudando. Por eso me costó irme, porque dónde iba yo a pasear si no era al barrio jasídico.

Tampoco paseo tanto. Casi nada. Hoy he salido a propósito, porque la promesa de empezar una vida nueva es un objeto más que transporto en cada mudanza. Y aun así me ha costado, a pesar de que Cooper Park está solo a dos cuadras y de que he terminado trabajos atrasados y tenía el día entero para mí. Y cuando me he dado cuenta estaba caminando deprisa, casi corriendo, como si lo importante fuera llegar y claro que ya sé que en eso no consiste, pero ni así, hasta que me he dicho, Isabel, estás en un parque, es sábado por la tarde de final de verano, el sol aún calienta, aunque claro, no en este banco en el que estoy sentada ahora, pero sí dos bancos más allá, y también en el césped donde una docena de mexicanos juega al fútbol, y empiezo a pensar que debería cambiarme porque sé que la rubia de dos bancos más allá me mira, iluminada, con cara de triunfo, pero justo entonces se escucha la musiquita del heladero, única de Brooklyn, y me digo que por esta vez he perdido, pero que la próxima. Estoy en casa.
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