El centro de operaciones Kursaal cuenta con una sala de ordenadores, unos 30, todos disponibles para periodistas y todos ocupados cuando los necesitas. Hay horas clave en que es imposible sentarse y escribir y sólo queda esperar de pie hasta que alguno se libere. Varias veces me he visto acompañada por otros colegas en tal situación, pero llega un momento en que decides dar media vuelta e irte. Lo peor de todo es que en ocasiones, mientras uno aguarda su turno para escribir, intuye que hay varias páginas de Facebook & Company abiertas.
Ya el segundo día de festival no sólo lo intuí, sino que lo comprobé. La gente ociosa surge como los champiñones en esta clase de eventos. Están los que hacen guardia en la puerta del hotel esperando a su amor platónico; los que se sientan junto a las vallas de la alfombra negra -sí, negra- para ver a quien se contonee por allí sin distinción alguna; y están los periodistas e invitados aburridos. Me resultó indignante ver cómo, sin pudor ni vergüenza, algunos se entretenían recolectando las zanahorias de su granja de facebook mientras aún algunos esperaban poder hacer su trabajo. Qué gran grupo aquel que decía “¡una invitación más a tu puta granja y la quemo!”.
'Aita', de José María de Orbe
A falta de mechero y sin un portátil a mano ni la casa cerca, la opción era volver a las salas a ver cine. Una decisión no siempre acertada. “Que hablen mal de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen“, dijo Oscar Wilde. Esta máxima parece gustarle a José María de Orbe, director de la película Aita, porque esta cinta es inolvidable. La tortura que supone aguantar sus 90 minutos de metraje será un gran recordatorio. Una casa donde no pasa nada, personajes enlatados y planos interminables acompañados por un montaje brusco más parecido a una sucesión de postales que a una escena. Una broma de mal gusto y con mala leche por la que si hubiera pagado, pediría que me devuelvan el dinero. Creo que el director se confundió de sala de exposición: la del museo es otra. O quizá el problema de concepto lo tengo yo, que todavía pienso que ir al cine es un disfrute y no un sufrimiento.
No he tenido el gusto de leer otras reseñas, pero no me sorprendería encontrar alabanzas al trabajo técnico y al ejercicio de estilo formal. De hecho, llegué a escuchar esta conversación:
-¿De qué va la película?
-De nada, no va de nada. No tiene argumento, no sé. ¡Es fantástica, me ha encantado!
Lástima no saber el nombre de este último. Le tacharía de mi lista de críticos.
'Tuan yuan', de Wang Quan'an
El séptimo día de festival no podía haber empezado peor, pero poco a poco fue mejorando. Tuan yuan, de Wang Quan’an, es una perla premiada en Berlín con el Oso de plata al mejor guión. Lo que a primera vista parece esperanzador se torna tragicómico cuando se sabe que el León de oro se lo llevó la película Miel.Por fortuna no hubo que lamentarse demasiado. El filme cuenta la historia de un hombre que regresa a su ciudad natal después de pasar 50 años fuera, pero no contento con eso, llega con la intención de recuperar a su primer amor. Ambos tienen ya una vida, familia… pero muchos recuerdos juntos. El comportamiento asiático resulta extraño para los occidentales, y en este tipo de obras uno no sabe si lo que ve es fruto de una cultura o de una mente extravagante. ¿Alguien se imagina acaso que el primer amor de su pareja aparezca con esas intenciones y que no sólo no le ponga impedimentos sino que le allane el camino? Superficialmente, claro, porque en el fondo existe el dolor y la pena por la pérdida que se ve venir. Mucha comida y cánticos son los ingredientes que no faltan.
'Chrzest', de Marcin Wrona
Otra de las sorpresas del Zinemaldia apareció este día. Chrzest (Bautismo), de Marcin Wrona (polonia), compite en la categoría Zabaltegi Nuevos Directores. Es incomprensible cómo esta pequeña obra de hora y veinticinco minutos no está en Sección Oficial, teniendo en cuenta el plantel hasta ahora mediocre de esta edición. Basada en una historia real, cuenta cómo un antiguo delincuente se traslada a Varsovia para empezar una vida nueva. Pero todo se destruye cuando los mafiosos para los que trabajaa descubren su paradero. La visita de un amigo, quien será padrino de su hijo, no ayuda a arreglar la situación. Un relato breve, tenso, gris y áspero que consiguió tapar el ruido de los estómagos de la sala, ansiosos por ir a comer.
'Cerro Bayo', de Victoria Galardi
La última Oficial del día fue una Argentina titulada Cerro Bayo y dirigida por Victoria Galardi. En su primera película en solitario, Galardi consigue despertar sonrisas. Tres generaciones de mujeres muestran sus problemas, cada una hecha a su época. “No hay mejor manera de toparse con un conflicto que sentarse a comer en una mesa familiar”, dijo la autora. Cómo actuar ante las preocupaciones cotidianas en torno al dinero, la muerte, la belleza y el sexo es lo principal. Lamentablemente, y aunque no hablamos de un filme ‘malo’, esta propuesta se une a la lista de simplezas proyectadas hasta ahora. Le falta un empujoncito; el mismo que parece haberse perdido en el camino hacia la Sección Oficial.
Foto principal: El jurado del Festival (fotografía de Iñaki Pardo)











