El subtexto, aquel concepto bajo el cual se engloba todo aquello que no es explícito en una narración o en una escena y sin embargo dirige todo aquello que se ve, suele ser el subterfugio a través del cual críticos y estudiosos dan rienda suelta a “interpretaciones” sobre lo que tal autor o tal obra quiere mostrarnos sobre la realidad, es decir, a su manera, crean el texto concediéndole significados crípticos u ocultos, motivaciones perpendiculares o, cuando no, lo que uno hubiera deseado que fuera el texto y sus significaciones. Aunque útil como herramienta creativa y crítica, una aplicación extrema de este concepto, que apunta a que debajo de todo lo aparente existe una realidad correosa, ininteligible, conduce a un peligro mayor, un peligro que se enquista en la propia obra y la conduce a su anulación: el relativismo. La procacidad de esta aplicación a los clásicos ha producido grandes revisiones teatrales: Antígona de Jean Cocteau y Antígona de Jean Anouilh, Fedra de Sarah Kane y también grandes fiascos como Electra, de Benito Pérez Galdós.
En realidad, puede afirmarse sin sonrojo que los subtextos versan sobre tres asuntos principales, como ya afirmara Juan Rulfo acerca de la literatura: el amor, la vida y la muerte. Es por ello que cualquier teatro contemporáneo, por ejemplo, el de Arthur Miller, no es más que una relectura del teatro clásico, actualizado, con el sedimento que conceden dos milenios de escritura, la infinita capacidad de los hombres para perpetuar sus errores, por ejemplo, el de la guerra.
Arthur Miller es un autor muy sencillo de comprender. Sus piezas son legibles incluso para los no iniciados y el asombro que produce la lectura o una buena representación de sus textos proviene de la fluidez de su desarrollo, la elegancia y el tempo con los que construye a sus personajes, incluso a los secundarios, al alimón de la trama. Es por tanto un autor intratable y sus textos inexpugnables: en su carácter fuerte reside su sencillez y cualquier leve filigrana desentona el conjunto.

En Todos eran mis hijos (traducción de All my sons) se habla de los réditos económicos y sociales que la Segunda Guerra Mundial trajo al empresario Keller y a su familia. La pieza abre con el descubrimiento del tronco partido que homenajeaba al hijo de los Keller, Larry, desaparecido durante la guerra, y continúa con la aparición de la antigua prometida del mismo, Ann, que ahora planea casarse con el hermano que sí volvió de la guerra, Chris. Los Keller son una familia respetada después de que el empresario Keller fuese exonerado en un juicio por negligencia al entregar ciertas piezas defectuosas al ejército y provocar así la muerte de varios pilotos: estas muertes las carga el padre de Ann, socio por aquel entonces de los Keller.
¿Qué motivos puede guardar un director para ofrecer su propia versión de un texto tan inexpugnable como son los de Arthur Miller? En sintonía con la emergencia de la figura del director que al mismo tiempo es dramaturgo, profesor, etcétera, parece que en ciertas regiones del teatro ha explotado una ansiedad por “aparecer”, bien entendido que este “aparecer” no es coyuntural o, digamos, paralelo a la lectura o representación de una obra sino que forma parte de un plan de relaciones públicas que se asemeja más a la consecución de una nueva rúbrica con la que adecentar un currículo que a un propósito en sí mismo. La representación de Todos eran mis hijos de Claudio Tolcachir viene acompañada por un reparto extrañamente heterogéneo, con caras conocidas de la TV pero poco conocidas en teatro en papeles protagonistas, y caras conocidas del teatro en papeles muy secundarios. Viene también acompañada de la retirada de tropas de diversos conflictos internacionales y, por tanto, del momento de las investigaciones, de la revisión del modelo de negocio de la muerte, en fin, de rellenar periódicos.
Hay dos cosas que me chirrían en esta puesta en escena, además de las que ya se habrán adivinado hasta ahora. La primera es la inserción del humor: por lo menos hay cinco momentos desternillantes en esta representación y eso es mala señal. No porque una tragedia deba cuidarse de hacer reír al espectador, sino porque estos momentos surgen de artimañas impropias de una obra seria, como de chiste de andar por casa. Esto es consecuencia frecuentemente del maltrato que sufren los secundarios: Frank es un pizpireto bufón que arregla horóscopos; Sue, una sardónica ama de casa siempre con una frase irónica a punto para rematar su mutis; y George, el hermano de Ann, que trata de descubrir la verdad sobre los Keller, un pusilánime abogado que se amedrenta en la primera conversación con la madre.

La segunda cosa que chirría es precisamente el olvido del subtexto: los Keller no son respetados públicamente por su trabajo o por su buen hacer sino porque son los sobrevivientes a la guerra, en todas sus dimensiones, por ello el resentimiento de todo el pueblo late por debajo, la aparente vida calma y pequeñoburguesa que llevan en su cottage se sostiene por un mito, el del vencedor. La representación abunda en discusiones paralelas donde normalmente uno no se entera de nada; como si estuviera invocando de esta manera el fuego de metralleta de Mamet, o peor aún, las divertidas conversaciones a tres o cuatro bocas de las películas de Woody Allen. La cosa por regla general se tuerce y desemboca en tertulia mañanera.
A pesar de estos inconvenientes y de los olvidos del texto (!), la voz de Arthur Miller aún se deja notar en el esforzado trabajo de Carlos Hipólito que funciona como excipiente a la atolondrada dirección y que consigue unificar la obra hasta hacer creer que existe la posibilidad de teatro más allá de lo que ocurre en Afghanistán o Iraq. La obra permanecerá en escena hasta finales de octubre en el Teatro Español, tiempo más que suficiente para conseguir que coja cuerpo y cerrar, esta vez sí, un buen comienzo de temporada.
- Todos eran mis hijos
- Autor: Arthur Miller
- Versión y Dirección: Claudio Tolcachir
- Reparto: Carlos Hipólito, Gloria Muñoz, Fran Perea, Manuela Velasco, Jorge Bosch, Alberto Castrillo-Ferrer, María Isasi, Nicolás Vega, Ainhoa Santamaría
- Lugar: Teatro Español
- Dirección: C/ Príncipe, 25. Madrid
- Hasta el 31 de octubre
- Entradas: De 4 a 22 euros en Telentrada









Bueno, he visto la obra a las 18:00 horas del domingo (3 de octubre). No he tenido la suerte de ver una representación anterior con otro director, otros actores… y tampoco conocía el argumento. No se si esto es bueno o es malo a la hora de dar una opinión, pero quien quiera tenerla en cuenta o no por lo menos sabe de la base que parto.
Al igual que al señor Raul Quirós, me parecen desacertadas las “particulas” de humor, sobre todo las de la madre, ya que no definen nada en el conjunto de la historia, ni describen ni despistan la construcción del personaje. Pero hay que reconocer que la actriz ejecuta las exigencias del director de forma impecable, y donde le ha mandado meter “chiste” lo hace de forma impecable, que culpa tiene ella de que no pegue.
Pero todo es perdonable si lo comparamos con la actuación de Fran Perea. No creo que podamos criticar la trama, las escenas o las actuaciones del resto de personajes que dependan en buena medida de la actuación de Chris. No solo no es creíble su interpretación, además destroza la escena de tal forma que convierte en increíble al resto (puede que por si solos también lo fueran pero nunca lo sabremos). Ver a este hombre parado esperando su frase es la antiexpresión corporal… por no sobrarme, lo hace muy mal.
Ya me gustaría que alguien me desvelara el misterio de pq habiendo tantos chavales buscandose la vida como actores le pueden dar papeles protagonistas a gente como Fran Perea, que vamos… ni los del teleclub del pueblo.
Me parece que esta critica es un poco dura,puesto que cuando un director escoge a un actor-interprete para hacer semejante obra la cual no tiene mas misterio que la propia obra,que el mismo escritor hizo en su momento,no es tan dificil interpretarla,y siempre se sabrá que nunca será igual que el libro,pasa lo mismo con las peliculas de cine,y alguna serie,el que lo haga lo hará segun los deseos de su director que es el que tiene la voz cantante,y no por ello se menosprecia la forma y modo de ejecutar la obra por parte de los actores y actrices.Por mi parte le doy a los de esta obra mi voto positivo,y al que no le guste no tiene porque ir a verla.Y si los del teleclub del pueblo lo hacen mejor que salgan a escena y que pierdan y se trabajen el papel a ver si lo hacen mejor.…..