Arte y diseño

Pat Andrea y Alicia. Transgrediendo las formas

Por Astrid García 20 sep 2010 0
<em>Pat Andrea y Alicia</em>. Transgrediendo las formas

Pat Andrea (La Haya, 1942) no es ilustrador, sino intérprete visual. Del País de las Maravillas nos ha traído veinticuatro recuerdos, del otro lado del espejo, otros tantos. A quien anduviera buscando en él meras viñetas descriptivas, le sorprenderá –y, quizás, desorientará– toparse con un producto plástico que poco se ciñe a la narración de las dos obras más destacadas del británico Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas, 1865 y Alicia a través del espejo, 1872), pero es que ya estábamos cansados de ver siempre las mismas estampas correctas, prudentes, que no ofrecen nada más novedoso que el trazo estilístico de quien empuña el lápiz. Andrea, más curioso, ha querido servirse del poder inspirador que estos dos relatos ejercen sobre él y ofrecernos su impresión particular; dibujar, no como si Carroll supiera dibujar, sino tal como ha imaginado las palabras de éste.

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El resultado de este ejercicio de reinterpretación nos tienta desde las escaleras del Arts Santa Mònica –donde se ha instalado tras pasar por Francia, Grecia, y Holanda– con un cuello serpentino y desmedido que recorre toda la pared hasta desembocar en la cabeza de Alicia (y en la primera planta del edificio), que está siendo picoteada por un pájaro a la defensiva. Una vez en sala, los cuarenta y ocho cuadros que componen la exposición nos desmentirán a la niña rubia que emana candidez e inocencia –la de John Tenniel, por ejemplo– para presentarnos a la bella atroz que transpira sexualidad y violencia.

Sumergidos en el universo onírico de Alicia soñado por Pat Andrea, la protagonista adquiere edades diversas y múltiples fisonomías (algunas de ellas inspiradas en las de mujeres de su entorno), respondiendo así a la (i)lógica de los sueños que hace que todo mute con la misma normalidad con que lo hace Belén Esteban en el mundo real. No es que su cuerpo crezca o empequeñezca como ocurre en el cuento clásico antes de entrar al País de las Maravillas, sino que desaparecen algunas de sus partes (las más insípidas) y, en cambio, se vuelven más ostensibles las sexualmente evocadoras.

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Abundan los vestidos cortos y translucidos combinados con un calzado pueril y calcetines deportivos, lo cual provoca el estimulante contraste de la inocencia perturbada –el mismo que cautivó a Nabokov o a Cabrera Infante, aunque a éste último de forma más inconstante. También hay conjunciones y analogías perversas de elementos que hacen que el espectador intuya órganos sexuales por todas partes –así como cuando Georgia O’Keefe acerca demasiado el zoom a sus flores o retratamos un ojo sonriente en vertical. Los animalitos y demás especímenes que aparecen durante la travesía de la niña son aquí símbolos de fertilidad, más proclives a cortejarla cual faunos hambrientos que a ofrecer su ayuda. El pathos de los personajes, a medio camino entre el éxtasis y la muerte, reverbera, una vez más, los universales Eros y Tánatos.

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En Pat Andrea y Alicia no se vale buscar vínculos evidentes entre la obra literaria y la pictórica. Zambullámonos, pues, en el particular cosmos del figurativo holandés; embadurnémonos de su particular relación con la obra y del resultado que proyecta su retina sobre las paredes del Arts Santa Mònica hasta el 26 de este mes (¡daos prisa!).

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