París no es verde. Es de un color azul eléctrico, o rojo en Pigalle, o amarillo en los Inválidos. Si acaso, es verde en el canal, y ni eso. París no es verde. Pero claro, realmente Te quiero verde (Duomo, 2010), aunque se desarrolle en París, no habla de París. Habla de su autora. Sí, porque Elaine Dundy se confunde con su personaje, o al menos de eso presume en su epílogo.
Te quiero verde: la novela de la estadounidense excéntrica en París. Un ritmo trepidante, un texto construido mediante la concatenación de anécdotas divertidas y un giro final que aunque debería ser inesperado, te esperas. Yo me lo pasé bien leyéndola, la verdad, muy bien; hasta me reí. Pero cuando acabé me quedé vacía, como si el libro me hubiera robado algo, como si me hubiera quitado aquello que debería haberme aportado.
Creo que es porque me resulta una novela frívola. No porque la protagonista, Sally Jay, sea amante de un tipo sólo porque la lleva al Ritz, o porque se pase páginas comentando qué trapitos lleva puestos. No. Una protagonista frívola no hace que la novela sea frívola. El problema es que a mí me quedó la sensación de haber sido engañada. De haber sido atrapada con la promesa de un París bohemio visto desde dentro y no haber pasado de la simple anécdota, de haberme visto arrastrada por un torrente de episodios patético-cómicos y no haber atisbado en el viaje nada más allá de la propia corriente. Cerré el tomo con la nefanda sensación de que el libro era un pretexto para que la autora pudiera demostrar lo súper guay que era. Como la mitad de las novelas de la Etxebarría, vaya.
Toda la novela depende de que Sally Jay te caiga bien. A mí, sinceramente, no me cayó bien. Imagino que por eso creo que el texto no se sostiene. Creo que Dundy tenía un concepto mal entendido de la originalidad. Quiso hacer un personaje muy único, muy extravagante, y para eso le puso el pelo rosa y vestidos de noche en pleno día. Sin embargo, su discurso no difería del de cualquier adolescente con poco seso.
Creo que es especialmente definitorio el momento en que Sally Jay “descubre” que está en París. A todos nos habrá pasado. Vamos a un lugar nuevo y no lo notamos. No sentimos que estamos ahí. Es como estar pegado al cristal de un escaparate magnífico, apoyando en él la nariz y las manos, mirando con frenesí pero sin llegar a abarcar todo. Y de repente el vidrio desaparece y caemos de bruces dentro de la ciudad. Te encuentras en una calle desconocida de París buscando una farmacia y sientes algo. Sientes que de verdad estás allí, que el suelo es sólido y que estás cruzándote con gente que respira y come y duerme, y cae sobre ti una verdad feliz: estás teniendo dolor de cabeza EN París. Dentro de París, sobre sus calles, entre sus edificios. Dentro. Estás ahí. Estás siendo ahí. Y es maravilloso.
A Sally Jay le sucede algo así. Va caminando por los Campos Elíseos, y descubre que no es un parque sino una gran avenida llena de coches y tiendas, y tiene la sensación de estar plena y de estar flotando. No niego que los Campos Elíseos tienen una gran importancia en la historia de París. Son uno de los lugares clave de la ciudad. Pero me produjo cierto rechazo que Sally sintiera que estaba en París precisamente allí, mirando las etiquetas de lujosos vestidos.
Sally Jay y yo no podríamos haber sido amigas y por eso, aunque me divertí con Te quiero verde, no me gustó. Porque Elaine Dundy prometió llevarme al París de la bohemia y realmente me llevó al París de la moda, del quiero destacar y del mira cómo molo. Un París sin cementerios ni literatura. La bohemia de Sally Jay era todo alcohol y nada poesía. Y es un París perfectamente legítimo, desde luego, pero es un París que ni es, ni podría ser, el mío.












Me ha encantado. Muchísimo.
Un beso, espero al siguiente.
París es la ciudad bohemia por excelencia, y todos los que tenemos inquietudes culturales y artísticas la vemos como un centro neurálgico alrededor de la cual gira toda la cultura. Es normal que todos soñemos con vivir allí unos años de nuestra vida. Todos soñamos en cierta manera en conventirnos en una especie de Horacio Oliveira.
Como aquellos versos de César Vallejo:
“Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo”
De todas maneras si lo que deseas es perderte por las calles de París, el libro más adecuado es París de Julien Green.