Cuando voy a París, no puedo evitarlo: me vuelvo imbécil. En mis anteriores visitas tuve la suerte de ir acompañada. Eso me permitió cierta contención, cierto saber estar. Pero esta última vez he estado sola casi todo el tiempo y no he podido evitarlo: toda yo, en París, me vuelvo gilipollas.
Tendríais que haberme visto, con mi libreta, mis acuarelas, mis grandes gafas y mi cara de éxtasis, pagando siete eurazos por un Nestea en el Café de Flore. Como si poniendo el culo sobre las sillitas de madera de esa vieja cafetería fuera a estar más cerca de Sartre y Beauvoir y del personaje genial de Vila-Matas, ese situacionista fingidamente desesperado que escribe La asesina ilustrada en París no se acaba nunca. Tendríais que haberme visto a punto de pedir un vin chaud, a sabiendas de que resultaría el más caro de los malos tragos de mi vida.
Tendríais que haberme visto a mí, que no fumo, chupando humo de un cigarrillo carísimo y asqueroso sentada frente a ese enorme ángel de roca que compone la tumba de Óscar Wilde, de la que veía sólo trocitos a causa del árbol que tiene delante y del enjambre de turistas que —como yo— la rodeaban. O garabateando homenajes en billetitos de metro para Cortázar y Baudelaire y César Vallejo y Zola y Stendhal y muchos más, para dejarlos sujetos con una piedrecita sobre las lápidas. Tendríais que haberme visto frente a la tumba de Cioran —rectángulo rotundo, liso y negro— pensando “Qué putada si me estás oyendo, ¿eh, Cioran?”. Tendríais que haberme visto en los tres cementerios importantes de París, paseando extasiada, mirando esas catedrales en miniatura salpicadas de nombres ilustres y cuervos, sintiéndome en la cima de la felicidad.
O en la calle Faubourg-Montmartre, donde murió Lautreamont. O frente a la casa de Víctor Hugo. O, en definitiva, en cualquier punto de mi visita turístico-literaria. Tendríais que haberme visto. Os habríais reído a mandíbula batiente.
Yo no quiero ser turista, yo quiero ser viajera. Pero no voy a poder hacer el cambio si París me vuelve tan idiota. Si cada uno de mis pasos es un hecho significativo, cada parada en el camino un homenaje y cada uno de mis pensamientos es cursi. Si me apasiona cada ladrillo que veo.
Pero es que París es una ciudad para el fetiche. Es una ciudad para ponerse pavo y para encontrar lo que uno busque: un fin de semana romántico, un restaurante etíope, decadencia, un vinilo viejo, una oportunidad única, zapatos, la revolución, literatura. Porque Vila-Matas tenía razón: París —y sus posibilidades, añado yo— no se acaban nunca.
PD: No tenía forma de encajarlo en el texto, así que hago la cutrez de poner una postdata para agradecer a David su hospitalidad, sus amigos y su sofá, tres grandes lujos parisinos.
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Me gusta, mue gusta mucho, el artículo, Paris y tus gafas de pasta al encajar perfectamente en tu cara de gilipollas. Un abrazo.
Espero poder acompañarte la próxima vez para asi ser yo la gilipollas.
Me encanta leerte.
Un beso
Queridos míos: algún día iremos los tres juntos, a agilipollarnos en comunión y felicidad.
He disfrutado con la descripción de tu viaje,a veces me ocurre algo parecido y al leerte me ha dado la risa.Una buena risa!
Yo creía que era el único que cada vez que voy a Paris se te pone cara de Gili-pollas pero ya veo que es compartido. A partir de ahora te buscaré por Paris, me encantó tu comentario……..al final va a resultar vulgar el que se nos ponga esa cara en Paris