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Mad Men

Por Migue Muñoz 1 sep 2010 2
Mad Men

En Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959) Roger Thonrnhill (Cary Grant) se da de bruces con una confusión de identidad que le incrimina y le encajona en un tejido de espionaje donde su nueva personalidad crecida de la nada: George Kaplan, le hace mutar de sofisticado ejecutivo publicitario de Manhattan a un personaje etéreo que constantemente debe medir su equilibrio para no venirse abajo literalmente, medir el suelo, romperse las narices y besar la tierra. Cuando en el comienzo de su carrera, allá por 1931, Archibald Alexander Leach estampó su firma con la Paramount abandonó su nombre para siempre y marcó su nueva identidad con el nombre de Cary Grant. Una persona, dos nombres y una diatriba identificatoria en la que el actor inglés se debatió hasta su muerte. Cuando un periodista le preguntó en una ocasión quién era Cary Grant, éste le respondió: “Cuando lo descubra, cuéntemelo”. En otra ocasión, cuando un empleado de hotel le preguntó su nombre y el actor respondió que era Cary Grant, éste le dijo: “Pues no se le parece”. “Ya lo sé, nadie se le parece”, replicó el actor.

Betty Draper (January Jones), Peggy Olson (Elisabeth Moss) y Joan Harris (Christina Hendricks). Foto: Frank Ockenfels

Betty Draper (January Jones), Peggy Olson (Elisabeth Moss) y Joan Harris (Christina Hendricks). Foto: Frank Ockenfels 3

Grant nació en Bristol, en el seno de una familia muy pobre y donde vivió con tan solo nueve años el internamiento de su madre en un psiquiátrico. Una fuga del hogar a los trece años, huyendo de su padre alcohólico le hace convertirse en miembro del grupo de Bob Pender y viajar a EE.UU. donde descubre la gran ciudad, Nueva York, la contingencia y el riesgo de las infinitas posibilidades y el duro esfuerzo por escalar la pirámide que va desde trabajos de bufón en un hipódromo u hombre anuncio a ser considerado posiblemente el mejor actor del Hollywood clásico, con permiso de James Stewart.

Por su parte, Don Draper, el personaje más complejo, norteamericano y velado que ha dado la ficción estadounidense en las últimas décadas convierte la serie Mad Men, producida por Lionsgate Television, que tiene bajo su sombra otras series con personajes igual de túrbidos: Nursie Jackie o Weeds, así como la compañía de distribución cinematográfica Lions Gate Entertainment (con obras en su catálogo atiborradas de personajes tan psicóticos y esquizofrénicos como Patrick Bateman, el yuppie de Manhattan de American Psycho o Jigsaw) en un producto de altos niveles de calidad formal y de fondo que persigue ser el fresco sociológico de la más reciente Historia contemporánea estadounidense, así como el muestrario latente de identidades opacas en busca de aquello que durante un cierto periodo se llamó sueño americano.

Draper es el director creativo de Sterling Cooper, una de las varias agencias de publicidad del Manhattan de finales de los años 50, casado y con dos pequeños retoños. Roger Sterling es socio fundador de la agencia y compañero con el que más simpatiza Don. Peter Campbell es un joven de adinerada familia que ambiciona escalar en la empresa más allá de su puesto de ejecutivo de cuentas. Peggy Olson es una joven de provincias cuyas ambiciones más allá de ser mera secretaria de Draper se topan con las vicisitudes socio-culturales de la metrópolis. También están los creativos, el director de arte Sal Romano, el copy o redactor Paul Kinsey, la exuberante jefa de secretarias Joan Halloway, o Betty, el “Ángel del hogar” de Draper, entre otros muchos y variados personajes.

Lane Pryce (Jared Harris), Bertram Cooper (Robert Morse), Pete Campbell (Vincent Kartheiser), Roger Sterling (John Slattery), Don Draper (Jon Hamm). Foto: Frank Ockenfels 3

Lane Pryce (Jared Harris), Bertram Cooper (Robert Morse), Pete Campbell (Vincent Kartheiser), Roger Sterling (John Slattery), Don Draper (Jon Hamm). Foto: Frank Ockenfels 3

Los hombres de Madison Avenue

Las apariencias hablan de una serie de publicitarios sobre la inseminación de lo que décadas más tarde se denominaría sociedad del bienestar, pero ese juego de palabras que atribuyen a Mad Men un cierto halo de locura más allá del punto geográfico donde nacieron y se siguen hallando en la actualidad las sedes centrales de todopoderosas multinacionales de la comunicación empresarial como MacCann-Erickson (propietaria de una de las cuentas más anheladas de todos los tiempos: Coca-Cola) también nos da el enfoque de una serie que ha nacido no solo para seguir revisando y radiografiando las bases que fundan un tipo de sociedad actual, sino un producto definitivo que a modo de obra-río bigger than life se amolda a una narrativa clásica con matices posmodernos. Un artefacto primoroso y casi perfecto con singular modo para dialogar desde el pasado con los dioses y monstruos que han provocado la catarata de emociones, deseos, anhelos y frustaciones desde mediados de siglo XX en la sociedad occidental.

Parece que los hombres de Madison Avenue son los protagonistas absolutos, pero un subterfugio narrativo con focalización en la figura femenina hace que los resortes más fundamentales de la serie más poderosa y significativa para el audiovisual norteamericano desde Los Soprano, se bifurque en elementos tan esenciales como el papel de la mujer en la retaguardia de la sociedad: con imágenes tan logradas como el de Betty Draper como ese ángel del hogar tecnificado de electrodomésticos, dentro de una casa de zona residencial apartada asépticamente de la gran urbe, donde los hombres disputan no solo el plato de comida de su familia sino un porvenir lleno de opaco orgullo.

La serie juega con el bagaje que conlleva el imaginario artístico, cultural, social, y político-económico de todo un clímax como el de finales de la década de los 50 y primeros años 60. El mantenimiento y germen de la economía de mercado y un conjunto de prestaciones sociales dentro de un régimen de libertades que crecerá desde ciertos movimientos contraculturales y de pro-defensa de derechos civiles incuestionables. Oportunidades, en sumo grado, que irán tejiendo un nuevo espacio social y mental para los protagonistas.

Don Draper (Jon Hamm).  Foto: Frank Ockenfels 3

Don Draper (Jon Hamm). Foto: Frank Ockenfels 3

En el interior de la Vía Revolucionaria

Aunque lo que realmente hace mayúsculo a un producto como Mad Men no es su capacidad de radiografiar ese tejido socio-cultural que repasa la Historia, sino los estados anímicos que refleja, así como la autenticidad que desprenden sus nudos argumentales más melodramáticos. El descubrimiento del pasado turbio de los personajes, las interrelaciones veladas entre ellos o la opaca sensación de aquello que se esconde tras la supuesta felicidad de clase media-alta.

No es casualidad que todo lo que engloba a Mad Men aparezca como dicotomía de extremos que guardan numerosas capas intermedias de lectura e interpretación. Cuando parece que el punto de vista se enfoca en lo masculino, la serie va cogiendo fuerza en aquellas tramas que tienen el universo femenino en primer plano. Sí la Guerra Fría, los primeros gritos de contraculura o síntomas de desplazamiento social y guerra de sexos hacen mella en la temática de algún capítulo lo verdaderamente revelador acomete en lo más latente del ser humano, en la pura psicología atemporal.

Tampoco está abandonado al frívolo azar el que esta inquietud que hace que los personajes principales acaben siendo siniestras figuras por las que el espectador siente tanta fascinación como repulsión (como si se tratase de Padrinos de la Mafia cuya épica trágica seduce pero cuyo camino por el lado fuera de la ley repele) lo refuerce la misma estética de la serie: volvemos a Hitchcock y sus personajes velados por una realidad pasada o presente que les atormenta o les supera incomprensiblemente, desde Sospecha, también con Cary Grant con supuesto marido con pasado no revelado, a la citada en el inicio, Con la muerte en los talones; sin olvidarnos de los chocantes títulos de crédito iniciales, deudores de Saul Bass, y su tema musical de fondo que nos alude, a la vez que nos sumerge en esa dicotomía entre el pasado y el presente, entre lo clásico y tradicional y lo moderno, entre aquello que vemos y aquello que se nos esconde, entre la firmeza de estar en un despacho de un rascacielos de Manhattan fumando sin parar acompañado de un whiskey on the rocks (el género noir mutando entre el melodrama, lo costumbrista y lo sofisticado) o sentir que ese mundo es tan frágil como un sueño que torna a pesadilla en caída libre.

Betty Draper (January Jones).  Foto: Frank Ockenfels 3

Betty Draper (January Jones). Foto: Frank Ockenfels 3

Richard Yates y la languidez sempiterna de las familias de zona residencial, la causa-efecto de lo sucio de Raymond Carver o la pulsión seca e impresionista de Raymond Chandler podrían ser los guías literarios de este drama creado por Matthew Weinner, quién también trabajó en Los Soprano. Pero hay tantas referencias cinematográficas o pictóricas: de Andrew Wyeth al Pop Art, de Nancy Spero a Norman Rockwell, que al final, lo que importa es que a lo largo de los trece episodios de cada una de las tres primeras temporadas, así como en los recientes capítulos estrenados de la cuarta, los guiones sigan siendo de lo mejor de la Edad de Oro de la TV y las interpretaciones sigan sumando: John Hamm, Elizabeth Moss, Vincent Kartheiser, January Jones o Christina Hendricks, por citar sólo a cinco, desvelan los matices del verdadero interior del ser humano, de aquello que termina superando a la superficie de la actuación que interpretamos frente a nuestra pareja sentimental, frente a nuestros padres, frente a nuestros compañeros de trabajo,…

Donald Draper tiene un pasado, como Cary Grant, como yo. La vulnerabilidad del ser no conoce de éxito y ganancias. Los fantasmas siempre acechan. Hitchcock lo sabía mejor que Freud. La estética más sofisticada del nuevo hombre moderno aún la sigue manejando los resortes del añorado trabajo de Saul Bass. Nueva York sigue teniendo la magia siniestra de aquellos lugares donde nunca se puede dormir. Cómo dijo el periodista ruso Ilya Ehrenburg la Gran Vía es New York, aunque parece ser que el costumbrismo de Cuéntame como pasó no conoce del lado siniestro de un país joven como EE.UU. y la facilidad que uno tiene allí para fabricarse su propia vida soñada. Aunque estos tipos y tipas nos mostraron hasta la saciedad como se debía fumar en cualquier ambiente y situación y aunque no es sano, es de lo más embaucador y sucio que uno se puede llevar a la boca y a los ojos.

Mad Men acaba de ser galardonada con cuatro premios Emmy, entre ellos el de Mejor Serie de Drama por tercer año consecutivo. Su cuarta temporada acaba de comenzar en Estados Unidos y se emitirá en España este otoño a través de Canal +.

2 Comentarios »

  1. izas 2 sep 2010 at 14:41 -

    Qué grande es esta serie. Qué actorazos.

  2. Migue 2 sep 2010 at 22:22 -

    Sí, la verdad es que los personajes de Don y Peggy son fascinantes.

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