Liliana Colanzi (Bolivia, 1981) es una autora de “la nueva guardia”. Estudió comunicación en la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra y obtuvo un posgrado en estudios latinoamericanos en la Universidad de Cambridge. Actualmente, víctima de un clima inhóspito, cursa el doctorado en literatura comparada en Cornell University, Nueva York. En 2009, junto al reconocido narrador Maximiliano Barrientos, coeditó la antología de no-ficción boliviana Conductas erráticas (Ed. Aguilar) y a principios de este año publicó en su país su primer libro de cuentos, Vacaciones permanentes, a cargo de editorial El Cuervo. Cual monstruo marino, Liliana Colanzi ha empezado a emerger, devorando ciudades, aplastando automóviles. Y hoy, aunque disfrutar de una buena ensalada suene más atractivo que responder a este interrogatorio, Liliana, incondicional como siempre, ha preferido ponerse en una situación incómoda.
¿Qué harías si el día menos pensado, alrededor de las 9 p.m., mientras saboreas tu serie de televisión favorita bebiendo un vaso del mejor extracto de uvas, se sienta a tu lado una Anti-Liliana, no de carne y hueso sino hecha de una sustancia verde-gelatinosa, y te ordena con la voz de Linda Blair en aquel famoso exorcismo que apagues el televisor?
Pensaría que ya es hora de dejar la heroína. Aunque los extraterrestres no me asustan, ni los fantasmas. Tampoco perder la cordura. Perder el sentido del humor: eso sí que es infinitamente más aterrador. Y la mirada amenazadora de mi madre, cuando yo era niña y le llevaba la contraria. Linda Blair no puede competir con los terrores de mi infancia, que eran mucho más concretos y cercanos.
Hace pocos meses se publicó tu nuevo libro de cuentos, Vacaciones permanentes (Ed. El Cuervo), libro que tiene una cubierta que me recuerda a las mejores muertas vivientes del j-horror. En algunos de los personajes, además, he percibido un claro espíritu “masoquista”, mujeres que por algún motivo transitan sin reparos hacia el sufrimiento existencial. Mi pregunta va a ser muy directa, Liliana, ¿no te dijeron en casa que a las mujeres no se las maltrata ni con ositos de papel crepé?
¿En serio te parecen masoquistas? En todo caso, no seré yo quien defienda a mis personajes. No hay que tenerle piedad a nadie. Ya lo dijo Fogwill: lo que mata es la compasión. La compasión resulta más espeluznante que el j-horror, que por cierto es muy entretenido. Qué curioso que menciones a los muertos vivientes, porque ése es el término que utilizábamos de adolescentes, una amiga y yo, para referirnos a todos los adultos.
A esos individuos yo les llamaba “imperativos categóricos”, pero reconozco que el eufemismo que utilizaban tú y tu amiga es más espeluznante y que puede acompañarse con muchos kilos de palomitas de maíz. En todo caso, mientras miro a través de la ventana a una manada de muertos vivientes conduciendo sus carrozas, una pregunta me asalta desde la avenida: ¿Es Liliana Colanzi una admiradora de Liliana Colanzi?
Sólo cuando he hecho cosas muy atolondradas e impulsivas, porque por lo general tengo un nerd chip. En ocasiones –no tantas como quisiera– me he dejado arrastrar por el lado visceral que me ha llevado a tomar decisiones-kamikaze, como cambiar de país o de oficio de un día para otro, sin mirar atrás. Todavía conservo la ilusión un poco cursi, un poco romántica, de ser capaz de echar todo por la borda. Aunque quizás sea cierto lo que dice Ricardo Darín en Nueve reinas: “sobran putos, faltan inversionistas”, y en realidad nunca se termina de conocer la medida de la cobardía propia.
Yo creo que soy un inversionista, lo de puto no me va muy bien (no sabría cuánto cobrar). Pero ya que hemos entrado en el tema del mercado y las comodidades dime una cosa, si tuvieras que escoger dos objetos para llevar a la Luna (y te doy opciones), ¿cuáles llevarías contigo y por qué? Objeto # 1: una navaja suiza que incluye cortaúñas y cuchara; objeto # 2: un frappuccino de caramelo con chispitas de caramelo; objeto # 3: una foto autografiada de Quentin Tarantino que dice: “Para Liliana von Hammersmark de parte del sargento Hugo Stiglitz”.
Esto se pone cada vez más errático. A la Luna me llevaría varias latas de Red Bull o cualquier cosa que me mantuviera despierta, para no perderme nada. La cámara filmadora asumo que va incorporada. Quizás añadiría una cápsula de arsénico, en caso de que el viaje se convierta en pesadilla.
Me parece acertadísimo de tu parte, hay que tomar siempre las precauciones necesarias. Ya lo dijo Ozzy Osbourne en aquel noble tema de 1980 titulado Suicide Solution: “El suicidio es lento con licor”, y yo añadiría que también es lento con cucharadas de azúcar. En fin, Liliana, se nos pasa la hora. Y yo que aún debo dejar mis pantuflas en la lavandería. Antes de irnos, si no fuera demasiado abuso, y ya que esta columna llega a los púberes y adolescentes de todo el planeta, quería pedirte un consejo para ellos, sobre todo para quienes viven traumatizados cada vez que ven películas como Zombis Nazis o Eclipse. ¿Qué les dirías a esos individuos para que dejen de lloriquear cada vez que la pantalla los enfrenta a una momia leprosa?
Uff, los chicos de hoy están más acostumbrados que yo al gore, y eso que me gusta mucho el cine de horror. Hace un par de años, en una clase en la universidad, los alumnos de primer semestre pidieron que viéramos una película de terror. Escogí El resplandor, de Kubrick, y descubrí que no los había impresionado: el consenso general fue que “no daba miedo”. Los parámetros con los que ahora se mide el género son películas como Hostel o Saw: desmembramientos, tortura, cerebros que estallan. De niña me impactó muchísimo La mala semilla, una película de los años 50 en la que no se ve una sola gota de sangre. Su equivalente contemporánea sería algo así como La huérfana, con la diferencia de que esta última se convierte en un festín sangriento. Así que, respondiendo a tu pregunta, creo que hace falta mucho más que una momia leprosa para traumatizar a un chico hoy en día. Pero no quiero que esto suene a imperativo moral; siento una atracción compulsiva hacia los personajes psicópatas bien logrados, tanto en el cine como en la literatura.
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