Al atardecer de 18 de agosto arribé en Edimburgo, ciudad escocesa que ya conocía y que por casualidades de la vida he vuelto a visitar. Me encontré sin embargo con una ciudad cambiada, algo diferente a la que yo mantenía en el recuerdo. Así, su magia seguía intacta, en lo alto su castillo inmóvil, el North Bridge uniendo el Old Town con el New Town como ya lo hiciera un año atrás, y los pubs de Grassmarket esperándome igualmente para saciar mi curtida garganta. Sin embargo, pronto me percaté de que un bullicio bastante anómalo y un gentío algo ajaponesado transitaba y hormigueaba por entre las diferentes callejuelas de la ciudad.
Y es que -la culpa la tendrá el dichoso viaje, me dije, que tanto autobús, aeropuerto y avión dejan incluso al más cuerdo, que no es mi caso, claro está, algo trastocado- la ciudad se encontraba inmersa en pleno festival de agosto, lo que aquí se le conoce como Fringe. Mi mirada, pues, se perdía por entre los diferentes grupos de curiosos que rodeaban a este o ese malabarista o comediante. Y no exagero si afirmo que no daba diez pasos sin que otro nuevo actor o músico me esperara ansioso en otra esquina para hacerme a mí también partícipe de su espectáculo, emocionarme y conseguir que soltase por fin alguna libra de mi cartera. Una típica historia de fundas de guitarra abiertas y sombreros boca arriba. Una típica historia de gente que intenta ganarse unas perras haciendo lo que mejor sabe hacer. Sea lo que sea y al precio que sea. Sin complejos.
Las esculturas de la ciudad, muchas pero no por ello menos suntuosas, parecen por el contrario no percatarse de tamaña metamorfosis que Edimburgo sufre en pleno verano, y cuando digo verano no digo calor, pues aquí los chubasqueros, bufandas y borrascas están a la orden del día, e incluso de la hora. El sol calienta, algo y a ratos, pero la sombra de cualquier edificio te obliga a estar alerta y no quitarte ninguna de tus prendas de vestir. Fachadas de bancos y hoteles que, serias y elegantes, intimidan con sólo acercarse a ellas.
Las aceras, el asfalto y los adoquines, por su parte, están a rebosar de panfletos de publicidad, hojas que los cómicos ofrecen a los transeúntes y que éstos acaban por tirar al suelo, pues tal es la cantidad de panfletos que rebosan sus bolsillos y manos que ésa acaba siendo la única solución posible. Y es que no es grato decirle a uno de esos cómicos que no es que no vas a poder ir a la función que él mismo ofrece en uno de los pubs de la ciudad, sino que ni siquiera tienes intención de cogerle ese papelillo plastificado donde aparece él haciendo el monigote como únicamente los más atrevidos seríamos capaces de hacerlo. Nuestra solución, por su parte, era bien sencilla. Para los tantos del pinchazo, nos reíamos entre nosotros. Y así ocurría.
Tres hispanohablantes y algo anglochapurreantes hemos disfrutado sobremanera con este festival que comenzó, por lo que dan a entender las fechas de los carteles que copan todas las farolas, paredes y locales de la ciudad, el 6 de agosto. Pero todo lo que algún día comienza, por desgracia también termina. Y el Fringe no ha sido ni más diferente ni más atrevido que sus antecesores. Ayer lunes día 30 se pudo disfrutar de los últimos espectáculos en la Royal Mail, en la Prices Street y en el Mound. El gentío comenzaba por fin a pasar desapercibido. Las cámaras fotográficas poco a poco parecían refugiarse en las maletas de los turistas y la sensación de frío volvía, para variar, a hacerse presente. Esa nube liviana que no dudaba en avisarnos que estamos en el norte, muy al norte. En dejarnos más que claro que si lo que queríamos era solito y playa teníamos que habernos ido a Cádiz.
Mientras, yo caminaba por un callejón meditando acerca de mi futuro, más que incierto, y de si algún día, sea cuando sea, tendría la fortuna de volver a vivir el Fringe. Un rato después se posó en mí un regusto extraño, pero nada amargo, al caer en la cuenta de que Edimburgo es uno de esos rincones que tiene la capacidad de mantener la magia, la jovialidad y el buen trato de la gente que todo turista o vividor de la vida desea encontrar allá donde vaya.












Estupenda crónica Mikel…ya sabes que aquí tienes un fan deseoso de leer tus andanzas…;)
p.d. lo del futuro incierto enseguida cambiará, ya lo verás…
Que no te siente mal pero esperaba un poco más de tu vuelta de vacaciones, con lo cual no quiero decir que no me guste. Será que al leer las primeras líneas me he hecho una idea que distaba bastante de lo que me he encontrado.
En fin, sabes que seguiré aquí leyendo lo que escribas.
Edimburgo, que gran ciudad y que acogedora a pesar de la climatología. Me gusta leer tus historias, a ver si escribes más. Nos vemos!!
El futuro siempre es incierto, solo que no hay que esperarlo con temor sino con ilusión.
Mikel, buena radiografía de Fringe y de Edimburgo. Próxima parada Ginebra, Sarajevo…
Saludos!
Primero decir, que el artículo me ha gustado, una manera de describir el festival del Fringe muy original, con un toque de humor y simpatía.
A pesar de todo, yo viví los festivales hará ya un par de años y me dejaron una sensación de vacío, distantes, fríos y no a causa del tiempo, que cierto es, hace flaco favor al ambiente.
Todos los artistas que desean exhibir su talento deben pelear por un espacio en la conocida Royal Mile, reservarlo y controlar el tiempo, ya que, detrás suya llega otro con el mismo derecho a emocionar al público. Esa situación me pareció un tanto desalentadora para cualquier buen espectáculo. Un grupo o artista que ha conseguido reunir un buen número de espectadores, debe retirarse sin demora y sin poder, quizás, ofrecer más de sus habilidades a cambio, como bien dice Mikel, de las pocas libras que ofrece la gente.
Fuera de aquella calle, la ciudad sigue su ritmo habitual, no hay nada que de señales de que la ciudad esta viviendo un mes diferente. A los sumo, te encuentras alguna fila de gente esperando para ver algún cómico o teatro o concierto, habiendo anteriormente, comprado entrada a unos precios, a mi parecer, al alcance de no demasiados.
Puede ser, que me esperara más de unos festivales conocidos, o que tenga muy mala costumbre al tener los San Fermines cada año. Siempre me espero ambiente por las calles, conciertos, más entusiasmo en la gente, más vida en el centro de la ciudad, más cambio.
El Fringe me pareció un festival en la que hay muchísimos espectáculos para ver si tu cartera esta preparada para ello. De no ser así, debes hacerte un espacio entre el gentío de un artista y otro y desear que el tiempo acompañe.
Mikel, sensacional artículo de una ciudad y festival que no tengo la suerte de conocer pero que me atraen de manera especial.
Respecto a tu futuro inmediato te deseo las mejores de las suertes, que estoy seguro que las tendrás. Un abrazo.
Mía tiene algo de razón con respecto al precio de algunos de los espectáculos. Sin embargo, los que son al aire libre son gratuitos y están muy bien. Gracias de todas maneras por su opinión sobre el festival. Gracias igualmente a Xabi, Trivial, Javier, Jimy y Kike por seguir otra semana más ahí.
Se me acaban los halagos para tus escritos Mikel.
Eres un artista del festival de la escritura.
Esperando al próximo.
Saludos a ti y a tu futuro incierto.
Hola Mikel, me parece muy interesante el punto de vista que le das. Yo soy de la opinión de “Mía” respecto al festival.
Por cierto, la “Royal Mail” está bien para mandar cartas, ya que es el servicio postal del Reino Unido. “Royal Mile” es la calle de la que hablas ;-D
Pimpollo!!! dejate de tanta fiesta y tantas vacaciones y empieza a currar!! jajajaaj solidarizate con el resto de los mortales hombre!!! esto es envidiaaaaaaaaaaaaaa y de la malaaaaaaaaaaaaaaa