El acceso a Shakespeare, incluso como crítico, demanda grandes precauciones: se trata siempre de un examen de conocimientos dramáticos que, de ser aprobado, no le concede al crítico más que el asentimiento de conformidad por parte del lector culto. El suspenso o el aprobado raspado le supone el destierro intelectual. Si, además, el montaje de una obra se lleva a cabo por una compañía con solera como Atalaya, en cuyo currículo detalla una épica del teatro (Müller, Brecht, Eurípides) coronada con el Premio Nacional del Teatro, cualquier mala impresión, cualquier colleja que se le dé a una propuesta del mismo debe pautarse para dejar que “lo bueno” prime finalmente sobre “lo malo”.
Como método de trabajo del reseñista, no sirve de nada acudir a las críticas previas, caso de que existieran. Acudir a los periódicos es acudir al hambre y al raquitismo: lo que normalmente allí se publica es la reformulación más o menos elaborada de una nota de prensa, artefacto a medio hacer entre lo que la propia compañía dice de su obra, lo que la agencia de prensa dice que dice la compañía y un par de adjetivos elogiosos de parte del corresponsal, cumple así con los plazos y la autoría de la publicación.
Se mencionan las similitudes del rey Ricardo con Berlusconi en al menos cuatro periódicos, la reducción del texto de 31000 palabras a 10000 en cinco, los 138 ensayos que ejecutaron antes del estreno en dos o tres, y las influencias de Miller, Müller, Valle-Inclán; otras repeticiones ahondan – es un decir – en la psicopatía de Gloucester, los premios de Atalaya, las significaciones feministas que adquieren las mujeres en el relato de Shakespeare, etcétera.
Que una obra se reduzca a un tercio del original para condensarla en una hora y veinte minutos, o que se traiga a colación a un político contemporáneo para garantizar la actualidad de la obra son estrategias muy legítimas para acercar Ricardo III, de Shakespeare, al gran público, pero al precio de descuidar las precauciones arriba mencionadas. A Declan Donnellan, director de la compañía Cheek by Jowl, gran conocedora de Shakespeare, le traducían así en El País un comentario sobre la bondad y maldad de los personajes shakesperianos:
Shakespeare no creaba personajes tan obvios. Sus obras contienen un análisis sistemático del amor humano y si las personas son buenas o malas, si son muy maniqueas, el amor no puede fluir, porque no es real. Sería un mundo muerto.
Ricardo III abre con el núcleo fundamental de personajes, estáticos, sobre asientos de respaldo alto. La iluminación cenital y la mímica esperpéntica de los actores la convierten en una apertura de una gran significación. Los respaldos triangulares serán utilizados con mucha inteligencia a lo largo de la obra: serán las espadas que acabarán con Ricardo III y serán las olas del mar donde Clarence sueña con su asesinato.
Hay piezas de esta construcción que oxidan el trabajo de la compañía sobre el texto de Shakespeare. La primera es la reducción del texto: la obra original tiene una duración aproximada de unas cuatro horas, mientras que en la versión de Atalaya se cronometra en casi un tercio del tiempo original. Apenas hay lugar para contar la cosa y por lo tanto cualquier contacto de profundidad desemboca en confusión. La segunda: hay actores que doblan y triplican personajes, labor que cumplen con maestría sobre todo Carmen Gallardo (que representa a una Margarita agorera y espeluznante) y el versátil Manuel Asensio que da vida a un inspiradísimo Tyrell y a un Eduardo IV asmático. No se entienden determinados juegos vocales, como los gallitos y falsetes que se le han impuesto a Nazario Díaz, ni ciertos gags que llaman más a la piedad que al humor. Todo esto apelmaza el contenido y desorienta al espectador, que no logra extraer más que la maldad casi congénita a Ricardo III.
Aunque a efectos prácticos esto parece suficiente para levantar el aplauso del público: habrá que concluir, por no desmerecer ese entusiasmo genuino, la entretenida puesta en escena de una pieza poco frecuentada por las compañías españolas y que guarda – haciendo justicia – una labor dramatúrgica, escenográfica y actoral algo rácana pero suficiente, muy elaborada (danza, canciones en inglés, niebla artificial) , muy de nuestro tiempo.
- Ricardo III de W. Shakespeare
- Lugar: Teatro Salón Cervantes, Alcalá de Henares
- Sábado 4 de Julio, 2010
- Duración: 1 h. 45 m.
- Dirección y adaptación: Ricardo Iniesta
- Reparto: Jerónimo Arenal, Carmen Gallardo, Joaquín Galán, Aurora Casado, María Sanz, Silvia Garzón, Lidia Mauduit, Manuel Asensio, Raúl Vera y Nazario Díaz
- Música: Luis Navarro y temas populares
- Vestuario: Carmen Giles
- Espacio escénico: Joaquín Galán
- Realización de Escenografía: Alquivira y Damián Romero
- Maquillaje y peluquería: Manolo Cortés
- Fotografía: Luis Castilla y Lola Solis










