Series

True Blood: Todos deseamos tener un tuppersex

Por Migue Muñoz 26 jun 2010 1
True Blood: Todos deseamos tener un tuppersex

La todopoderosa HBO ya ha estrenado la tercera temporada de su serie más delirante. Fantástica, folletinesca, ingenua… True Blood pisa terrenos tan contrarios como lo engolado y lo sencillo. Sin demarcarse por ningún sendero temático fijo, más que por la concentración de figuras míticas de lo sobrenatural en un entramado normal, lo que está claro es que su enloquecedor ritmo sabe descolocar al espectador acumulando un bagaje clicheado pero apoteósico.Alan Ball sólo había fogueado su vena más vesánica en aquellos pocos minutos que inauguraban cada uno de los episodios de Six Feet Under (A dos metros bajo tierra). Eran piezas de orfebrería narrativa y metafísica donde el creador le guiñaba el ojo al espectador y le susurraba jadeante si estaba dispuesto a acudir, a través de la ficción, al encuentro con aquello que una vez sufrido realmente en sus carnes otros lo iban a disfrutar o lamentar: la propia muerte. Durante cinco temporadas y sesenta y tres episodios, pudimos alimentarnos de tantas defunciones que ese juego perverso traspasaba la angustia inicial y se mutaba en trance vital y travieso. Un juego por visualizar la enésima cara con la que se disfraza la eliminación de la existencia sobre la faz de la Tierra.

Sin embargo, con su nuevo proyecto para el canal por cable propiedad de Time Warner, la adaptación de la saga de novelas de Charlaine Harris sobre Sookie Stackhouse, camarera con el don de leer la mente ajena en plena Louisiana ¿actual? cuyas desventuras están condicionadas por la puntualización de que, desde un tiempo atrás, los vampiros y demás mitos sobrenaturales viven entre nosotros. Descorre la cortina de una hilarante ucronía que revive el pasado histórico desde el romanticismo chupasangre: la Guerra de Secesión norteamericana o, en esta tercera temporada, el pasado nazi de alguna de esas inmortales criaturas nocturnas.

True Blood es un ejemplo claro de entretenimiento configurado desde la alteración de universos tan diferentes como los del arte, la literatura, la filosofía, la Historia, la política o, incluso, la justicia y la ciencia, donde el fenómeno televisivo difuminado por la Red y la reunión de monstruos clásicos hace que su atípica concordancia (o tomadura de pelo) con nuestra sociedad pasada, presente o futura, nos haga discernir capítulo sí, capítulo también, entre una posible profundidad temática con distintas capas de lectura o un simple divertimento cuya fuerza radica en mojar bragas o desencadenar erecciones entre el público.

El inicio de la serie a lo Blade, donde se nos muestra a través de los mass media que los vampiros están entre nosotros, son reales y pueden civilizarse dentro de la estructura social y político-económica, sólo es un aspecto que despista y que no deja intuir durante unos minutos el contexto en el que se va a desarrollar verdaderamente todo el tinglado erótico-festivo, lisérgico, fantastique y de liturgias sureñas.

trueblood01

Las ganas de Tuppersex que todos llevamos dentro

Estamos en un pueblucho de Lousiana y la prota es una jovencita algo inocente y buenrollista. Sí el estreno de esta tercera temporada ha sido programado en verano es porque la serie se presta a ese juego hedonista de esta estación anual: no hablamos de un despertar sexual como el edulcoramiento subido de tono adolescente de Verano en Lousiana (Robert Mulligan, 1991), ni de una estimulante cosecha del 87 tipo Una pandilla alucinante (Fred Dekker), Jóvenes Ocultos (Joel Schumacher) o Los viajeros de la noche (Kathryn Bigelow). Ni siquiera se acerca a la moda de sagas vampíricas: si Crepúsculo es tan excitante como tomar el té de las cinco, con pastas de mantequilla y junto a un corro de señoronas inglesas, True Blood se asemeja más a una Tuppersex donde se catan aquellas filias sexuales que uno nunca había previsto que le atrayeran.

Anna Paquin, esa niña que con once años ganó un Oscar por El Piano, es la síntesis de todo el conflicto de emociones que destila la serie, al igual que su hermano en la ficción, Jasón Stackhouse (Ryan Kwanten), un juego de extremos donde a veces son detestables y a veces tan superficiales que hasta resultan tremendamente follables. Alan Ball y su equipo parecen disfrutar confundiendo al personal; ya se han abandonado esas tesis que bendecían a la serie como una nueva Twin Peaks de vampiros, sólo por un Macguffin tan débil como la sucesión de determinados asesinatos y la comparecencia de diversos caracteres que tejían un microcosmos social extraño y confuso durante la primera temporada. El asesino ya se desveló, al igual que pasó (y suponemos pasará) con otros misterios, y la serie continua sin que se sepa exactamente cual es el nudo concreto por el que gira todo a su alrededor.
Los personajes fascinan incluso desde su planicie, el personaje de Tara (Rutina Wesley) intenta ser el alma máter que alimenta el rencor hacia la intolerancia del sur de EE.UU. por la raza negra, pero a medida que avanza la trama, ese hecho que se preveía señalable y con cierto interés emocional o intelectual, como la diatriba de Tara ante creer o no en la magia vudú y en la presencia del más allá, se torna paródica y delirante, provocando que la metáfora más fácil que parecía manejar True Blood: los vampiros son la nueva raza que produce que la intransigencia latente en el profundo sur vuelva a renacer, resulta desinflarse y caer en la simple burla.

Una mirada romántica tan sólo desde el matiz de que alguien está imaginando un mundo siniestramente parecido al nuestro pero con ciertos elementos fantásticos.

trueblood02

Tercera temporada calenturienta

El avance de la nueva temporada vino celebrándose a raíz de seis mini-episodios de dos minutos cada uno, los cuales mostraban retazos coyunturales de varios de los personajes comunicando el final abrupto de la segunda temporada con el inicio que nos iba a traer la estrenada tercera.
Por ahora, lo más memorable es la muestra de pequeñas dosis de festival fantástico: tanto de nuevas criaturas como de sueños húmedos. Se riza el rizo, y el supuesto hetero puede tener fantasías homo (¿el público está condenado a pasar también por ese sentimiento?), se sigue jugando en varias bandos, y podemos opinar que cuando en True Blood no hay sangre ni sexo es que está flojeando el asunto. O sea, la clave del éxito de True Blood es básicamente sexo y sangre.

Puro sexo y adicción, ganas de ver jadear deseo, de ver sudor brillando en la piel de esos sureños, de volver a sentir que Sookie (o Paquin) abra los orificios de la nariz inhalando pasión desenfrenada. Todo parece pervertirse, todo indica que se encamina hacia algo totalmente más febril, pero nadie se atreve a piropear a una serie que nunca será otra obra maestra absoluta de la HBO, como si que lo son (por ejemplo) The Wire o Los Soprano.

No hace falta, dejemos que Alan Ball y lo suyos se depraven, nos vicien y todos juntos nos prostituyamos como si estuviésemos en alguna fiesta fin de rodaje de alguna peli de monstruos, vampiresas lésbicas y criaturas mitológicas de Jess Franco. Decididamente, quiero enfangarme hasta el cuello, aunque luego piense que me han tomado el pelo y me han dejado cachondo y sin ropa en medio de la plaza del pueblo.

Un comentario »

  1. Jose 10 nov 2010 at 02:55 -

    ENHORABUENA.
    Me parece un análisis acertadísimo.

Deja un comentario »