En un mundo en el que cada vez más televisiones se apagan para encender el ordenador, resulta comprensible que uno reconduzca sus intereses hacia la red de redes, el lugar indeterminado de las mil y una posibilidades. Ha quedado ya sobradamente demostrado que tampoco todo vale aquí, en este territorio neutro que abre las puertas de par en par a todo el mundo que entra, pero que lo deja a uno en soledad dentro de su reducto online si no sabe cómo hacerse valer, cómo conseguir esas anheladas visitas que marcan la distancia entre el ridículo error o el afortunado acierto. Y sirva como ejemplo ese número incalculable de perfiles web a la sombra de sí mismos, perdidos en el espacio interior.
Programadores, músicos, modelos, literatos wannabe, se atropellan en la indeterminación de este mundo virtual para conseguir su hueco, para fijar su nombre y también su cara en nuestras retinas, mostrándonos su trabajo y su propio ser en un compendio de fotografías, vídeo, texto e imágenes. Es natural que el diseño y la fotografía, gracias a soportes como Blogger o Flickr, empezaran a interesar a la masa, habitualmente más preocupada por otros menesteres poco creativos; una masa de repente selecta, crítica con lo que le gusta y lo que no, bien educada, que toma nota desde su pantalla de los nuevos iconos de actitud, cuando no directamente estéticos, que están aquí, en la nueva caja tonta que no es tan tonta, y que da voz a todos pero que sólo permite chillar a quien se desgañita y que por cierto tiene algo de verdad que ofrecer.
La fotógrafa bilbaína Triz Vega fue una de las primeras en vislumbrar ese filón del arte en la red de redes, y en él se metió de lleno hace más de diez años, cuando aquellos rudimentarios Spaces de Msn eran casi el único soporte admisible para alcanzar cierto grado de popularidad. Ya era fotógrafa cuando comenzó a subir sus imágenes a la web, escaneadas, ya que la cámara digital aún no había democratizado todavía tan explosivamente las ansias de ser fotógrafo de los internautas, en una evolución tecnológica que se le quedaba desde el principio pequeña a pesar de su inmensidad. Y de ahí fue saltando a Blogger, Fotolog y finalmente Facebook, donde sus posibilidades de negocio se han visto incrementadas más que en ninguna otra red social. Los contactos, asegura Vega, son lo fundamental para triunfar en cualquier profesión. Internet sirve indudablemente para hacerlos y sin él, asegura, “es difícil triunfar, a no ser que dispusieras ya de los contactos oportunos”.

Algo parecido piensa Iván García, aunque sus intereses fluyan por otros cauces. Este joven ilustrador autodidacta no se imagina trabajar sin el apoyo publicitario gratuito y la capacidad de difusión masiva de las redes sociales, que le han servido para engrosar notablemente su currículo. Conocido en la web por su talento y retroalimentado por la propia popularidad, ilustra por encargo a editoriales, instituciones y particulares. Su signo distintivo, su capitán Eclipse, le ha llevado a trabajar incluso con publicaciones como Claro que sí, de la prestigiosa Ediciones La Cúpula.

Pero aunque la red nos haya servido para ahondar en los talentos más o menos ocultos de los usuarios más avispados, parece que los nuevos formatos no pierden de vista tampoco ciertos valores de su predecesor televisivo. La imagen propia, sea uno escritor o diseñador gráfico, no ha pasado a un segundo plano ni por un instante. Prueba de ello son casos como los de Marta Puig, más conocida como Lyona Alyona, una joven catalana que comenzó a colgar divertidas fotografías de sí misma y sus personajes ilustrados en Fotolog, y que ha logrado un éxito capital en el mundo del diseño y de la realización, sus verdaderos oficios. Este reclamo visual acercó a numerosos seguidores a sus múltiples dominios online, y hoy, siete años después de comenzar lo que ella considera un pasatiempo, puede decir que ha trabajado con directores como Eduard Cortés o grupos como Love of lesbian, que llegaron a ella a través de su particular mundo cibernético.

Ser bello no pasa de moda, y estos tres ejemplos del poder de las redes para triunfar lo saben bien. Ninguno oculta su rostro, más bien al contrario, convirtiéndose a sí mismos en el envoltorio ideal para un talento arrollador y dando al público las dosis de intromisión amarilla en sus vidas que cualquier fenómeno requiere, aunque ellos defiendan su éxito online como el hijo único de su trabajo en sí, de sus ganas de trabajar.
Son jóvenes, la gente les sigue allá donde van (siempre virtualmente); y ven sus fotos, leen sus opiniones y se ponen en contacto con ellos, o con suerte, los vinculan con personalidades que interesan de verdad. La crisis y el aburrimiento sólo incrementan su éxito y sus expectativas, a pesar de dedicarse a promover una cultura demasiado saturada de nuevas promesas y poco rentable. Internet ha dado mucho a estos profesionales de la imagen y el diseño, pero los tres responden al unísono en que quita a cambio lo más importante: tiempo. Cantidades ingentes de horas delante del ordenador, editando, creando, retocando todo para que quede perfecto. El trabajo intangible que se lanza a la red es agotador, dicen, por aquello de que una vez la persona hace al nombre debe alimentarlo para que no muera en la era de lo fugaz y de lo nuevo. Tal vez genere esto cierto grado de soledad camuflada, pero soledad al fin y al cabo. Su consuelo podría ser que la fama siempre ha tenido un precio. Y las más de las veces merece la pena pagarlo.
- Triz Vega (http://flickr.com/photos/trizvega)
- Marta Puig (http://fotolog.com/lyona)
- Iván García (http://ig-studio.com)


















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