Tenía yo catorce años y mucho tiempo libre. Ya leía de antes: de mi padre he heredado la vena ermitaña y de mi madre la voracidad lectora. Pero acabábamos de mudarnos a un pueblo, no tenía internet ni teléfono móvil (“¿Con catorce años? ¿Para qué quieres un móvil con catorce años?”) y en Correos, la vez que llamé, me dijeron que no me llegaban cartas porque no había constancia de que mi casa existiera. En esa tesitura, sólo tienes dos opciones: la soledad misántropa o la lectura (con la dosis de soledad y misantropía que ésta conlleva).
Esa era mi situación cuando apareció José Ignacio, mi profesor de literatura de 4º de la ESO. Era un hombre genial: llevaba chaleco, tenía los ojos azules, la sonrisa fácil, un gran amor por la literatura y una energía inagotable. Contra todo pronóstico, no sufrí el típico enamoramiento adolescente alumna-profesor sino que tuve esa relación de colegueo que se tiene con el profesor enrollado. ¡Es que llevaba chaleco!
Os cuento todo esto porque fue él quien me quitó de las manos uno de los últimos libros de Gran Angular que leería hasta hoy, y me dijo que debería empezar a leer “libros de verdad”. Me dio Todos los nombres, de Saramago, y me reveló algo que ya sospechaba: que todos los libros son libros pero unos son más libros que otros.
No sé si entendí bien la novela. Creo recordar que iba de un hombre llamado Juan rodeado de gentes sin nombre, que buscaba a una mujer desconocida porque había caído en sus manos su ficha del registro civil. La busca sin saber cómo es. Luego hay un hombre en un cementerio salvaguardando la identidad de los suicidas. No sé si me enteré del sentido final del texto. Pero sí recuerdo un momento en que el protagonista ve desde la acera a una mujer dentro de un autobús y está seguro de que es a ella a quien busca. Recuerdo el desencuentro y la impotencia: el autobús arranca con ella dentro y Juan no la alcanza ni la vuelve a ver jamás. Recuerdo la sensación de que si se hubieran encontrado, todo habría ido bien. En ese momento decidí que me gustaba el libro. Y me gustaba porque yo entonces caminaba por la calle mirando los ojos de los desconocidos, buscando en ellos algo que me revelara que ellos también buscaban algo en mí. Algo que no sabía qué era pero que estaba deseando dar. Me gustaba porque yo también sentía ese desencuentro.
Unos días después abrí Ensayo sobre la ceguera. Me subyugó. Me hizo sentir escalofríos, me hizo llorar, me hizo perder la fe en la humanidad y recuperarla de nuevo, me hizo de todo, ese libro. Con catorce años, sin haber salido nunca al mundo exterior, sentí en mi carne todas las atrocidades de que es capaz el ser humano. Y descubrí también que esa humanidad cruenta y maravillosa es anónima, que no tiene nombre, que es una masa y que, por o tanto, está compuesta por ti y por mí y por cada uno de nosotros.
Esta semana, después de haber recomendado Ensayo sobre la ceguera a un cliente habitual, que tiene la edad que tenía yo cuando José Ignacio me instó a leer “libros de verdad”, pensé en Saramago, en su pluma comunistoide y en su cara de tortuguita. Pensé que estaría ya muy mayor y que debería darme prisa, porque era de los pocos grandes autores vivos que aún tenía la posibilidad de llegar a conocer. Esa misma tarde, a las ocho, iba a ponerme una película y buscando el canal del DVD me llamó la atención una cadena. Como imaginaréis, sí, decían que Saramago había muerto.
Me sentí otra vez como ese Juan inexacto que recuerdo de Todos los nombres, abandonada junto a la carretera, viendo cómo se aleja la cara de tortuguita de Saramago tras la ventanilla del autobús, hundiéndose para siempre en la densa bruma de la muerte. No lo pude evitar. Se me escapó una lágrima. Se me escapó Saramago. Se escapó.











Por cierto, el personaje era José, no Juan. Es que fue hace muchos años.
Abejorro, tengo ganas de leer algo tuyo que ocupe unas cuantas páginas
A mi entender El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera son sus dos obras maestras. Luego vendría, tal vez, La balsa de piedra. Los que citas también son muy interesantes
Un saludo,
Raúl.
Sólo vengo a decir: José Ignacio <3 amor eterno para él!
Y no he leído nada de Saramago, pero siempre me dabas la barrila con Ensayo sobre la ceguera, ¿debería empezar ahora?
Hola de nuevo después de tanto tiempo.
Si Raúl y Amalia han escrito mensaje, ¿no voy a hacerlo yo?
Saramago. Me enteré que se había muerto cuando un amigo mío me llamó para darme el pésame. Horas después recibí dos mensajes, los dos muy similares, de dos amigas distintas, donde me consolaban de igual manera a como lo había hecho la llamada anterior. Mierda, me dije. Puta mierda, joder. Putísima mierda. Hace unos años, sería por el 2006, viajé a Lanzarote de vacaciones y mi único propósito era visitar a Saramago. No lo conseguí y eso que recorrí la isla entera, de arriba a abajo, de izquierda a derecha. O mejor dicho, de derecha a izquierda, como hubiera preferido él.
Yo empecé con el Ensayo sobre la lucidez, en plenos sanfermines, entre cubata y cubata (o entre kalimotxo y kalimotxo, por aquella época) y me duró dos días. Fue algo orgásmico, es serio. De lectura obligatoria en los institutos, pensé.
Poco después leí El hombre duplicado, reconozco que mi libro preferido del gran José. Y luego vinieron El evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera, Las intermitencias de la muerte y Las pequeñas memorias. Estas dos últimas tal vez algo más flojas, posiblemente por ese deseo de las grandes editoriales de instar, presionar, o quíen sabe, obligar, a cualquier autor a sacar un libro al año, ver sus ejemplares en las mesas de novedades de todas las librerías de España de enero a enero, sin interrupción. Mal.
Tengo otros libros suyos en casa. Llevo una semanas mirándolos, de reojo a veces, notando cómo ellos también me observan, celosos y recelosos. Ni yo ni ellos se atreven a dar el último paso. Lo cierto es que quiero volver a leer algo suyo. Lo último fueron sus Pequeñas memorias, hace más de tres años. Luego no me atreví ni con su Viaje del elefante ni con su Caín. Y lo cierto es que no sé realmente el motivo.
José, José. Sepa usted que aquí, desperdigados sobre la faz de la Tierra, hay gente, personitas anónimas, que darían su vida por verle otra vez sonreír, con esa mirada humilde, de espectador de obra de teatro que no va con él.
Te queremos. No te olvidaremos. Un beso.
Pues me están dando ganas de leerlo, pero creo que aún no ha llegado el momento.
Si fuera otro, me leería una buena sinopsis, un par de reseñas con crítica, y ale, a vivir.
Un abrazote.
Rxxx.
Me encanta ‚este relato ‚tan personal.
Bsos Anaïs
Enhorabuena, Anais, has captado algo que yo también siento. Gracias.
Sin duda un gran escritor, una terrible pérdida para el mundo de la literatura