Cine, Críticas

Campamento Flipy

Por Raúl Quirós 21 jun 2010 1
Campamento Flipy

1 / Televisión y cine

Los historiadores que dentro de cincuenta o cien años se enfrenten a la tarea de documentar el momento cinematográfico actual, se encontrarán con que la industria se encuentra más que nunca atravesada por factores ajenos al mero savoir faire de cineastas y actores. No podrá darse carpetazo, por ejemplo, al cambio en las reglas del juego que ha supuesto la aparición de las redes P2P, a la intervención directa o indirecta de los estados, gobiernos regionales, locales, autonómicos en la financiación, dirección y, por tanto, censura de películas; ni a la creciente incursión de la televisión como motor económico e ideológico del cine.En cierta manera, la historia reciente del cine español es, de algún modo, la historia de la televisión y la historia de las personalidades que florecen en ella: Aquí huele a muerto (1990), compuesta ad hoc para al exitoso dúo humorístico Martes y trece; Aquí llega Condemor, el Pecador de la Pradera (1996) que protagonizaba un histérico Chiquito de la Calzada; o más recientemente, El gran marciano (2001) con una parrilla que abrazaba a todos los concursantes del primer Gran Hermano, o Frikis buscan incordiar (2004) escrita, dirigida, producida y protagonizada por Javier Cárdenas, a la sazón conducteur secundario de Crónicas Marcianas, y que daba una voz y un papel en la gran pantalla a la caspa televisiva del momento.

Si, como ha argumentado en alguna ocasión Ferlosio, el último estado del devenir económico es la producción simultánea del consumidor y del producto, no es arriesgado afirmar que la televisión ha sido quien más hábilmente ha sabido hacer propio este principio: no solo produce contenidos sino que también crea los discursos y los modos para consumir esos contenidos, valiéndose, por ejemplo, de calibraciones tan simples como el horario de emisión de tal o cual tertulia, la elección del sexo y la edad de un presentador o las marcas que se anunciarán en los interludios de la serie de moda.

2 / ¿Por qué Campamento Flipy?

Bajo estas condiciones, parece más sencillo que pueda uno contestarse la primera pregunta que brota tras ver el film Campamento Flipy: ¿Por qué?
Flipy, seudónimo de Enrique Pérez Vergara, es una personalidad televisiva que se ha ido fraguando en varios programas de “monólogos” hasta tener una presencia avasalladora en un late show dirigido por Pablo Motos.

cflipy01Previamente, ya había escuchado como trabajado colaborador en el mismo programa de radio del presentador de Cuatro. Asimismo la industria Flipy ha ido creciendo en paralelo: su productora está detrás de las versiones remasterizadas de Barragán y Marianico el Corto, a saber, La hora de José Mota y Muchachada Nui, indistintamente. Al personaje-industria Flipy parece que solo le faltaba una película, o La Película, para certificar su presencia en todos los medios existentes.

Así pues, Campamento Flipy narra la historia de Flipy (interpretado por Flipy): un enclenque púber que sueña con ir al campamento al que acude su deseada Violeta, que hace de monitora. El tal Flipy-niño (doblado por Flipy-adulto) logra acelerar su crecimiento y acude al campamento, que dirige un humorista fracasado y malvado, Don Carcajón, interpretado por Pablo Carbonell. Luego hay una sucesión tan arbitraria como previsible de acontecimientos de relleno que conduce a un final donde todo se resuelve en favor de Flipy y en contra de Don Carcajón.

cflipy02Lo más remarcable de Campamento Flipy no son las referencias constantes a las series y películas de los ochenta (El coche fantástico, Regreso al futuro, Platoon, Apocalypse Now); ni el irritante y desaforado product placement (hay secuencias, como la final con el elenco de actores tocando una canción de rock, en las que se opta por abortar cualquier pretensión narrativa y se apuesta por insertar el anuncio tal cual, sin vaselina). No es tampoco el guión diseñado como un patchwork de gracietas de monólogos, obviando que tanto guión como monólogo no funcionan por acumulación sino por desarrollo. No es el rictus facial, el tono de voz en sordina, la ausencia de cualquier propuesta básica de actuación del guionista, productor, director indirecto y protagonista Flipy. No son las caras y expresiones de algunos secundarios y extras, más cercanas a las que deben tener los condenados a muerte. Lo que más se echa en falta es el ¿a quién? y el ¿qué? de la película.

¿Qué es entonces Campamento Flipy? ¿Quién es su espectador? ¿Para quién se ha creado? De las películas que se han citado más arriba, nadie esperaría algo más que un rato agradable con las ocurrencias más o menos hilvanadas de alguna personalidad entrañable convertida en intérprete de sí mismo. El problema con Campamento Flipy reside en que su propuesta se enreda y tropieza conmigo mismo: los chistes de carga racial, la escatología (flash: un personaje lamiendo la piedra del riñón que otro expulsa mientras orina) y las referencias de contenido sexual la destierran de modo automático del muy riguroso público infantil, al que por su trabajo pseudodidáctico en el programa de Pablo Motos, parecía dirigido. Los seguidores de Muchachada Nui (al menos cuatro personajes tienen papel en la película) siempre fueron más de YouTube que sintonizar el TDT. El resto de los potenciales consumidores del género apostarán por algo más definido, algo más cercano a la saga Torrente de Santiago Segura o a las relecturas de los remakes del cine de género como Spanish Movie, etcétera.

cflipy03¿Sería legítimo pensar que la omnipotencia de Flipy en el espectro audiovisual le permitiera estrenar una película sobre sí mismo o alguno de sus delirios, que no interesara a ningún público y que, sin embargo, por sus cifras – más de cien cines la proyectaron en su estreno, por no hablar de la campaña de relaciones públicas que la ha acompañado- ondeara al viento la posibilidad de su inmanencia, de su capacidad para poder llevar cualquier producto, sea cual sea su formato, a la gran pantalla, incluso un producto predestinado al déficit? ¿Es entonces la demostración de una estirpe de empresarios megalómanos de que cualquier cine por inteligente que sea, siempre será secundario, mortal, ante la máquina de demolición de una fama acompañada del prurito de la plusvalía? El escalofriante cuadro de una sala de multicines construida en los extrarradios de una ciudad de provincias, con un aparcamiento de alta capacidad y orlada con restaurantes y grandes superficies dedicadas a los juguetes, bricolage, etcétera; una sala perfectamente acondicionada, con sonido envolvente, imagen mejorada digitalmente, con cinco o seis empleados dedicados a la venta de chucherías, higiene, seguridad y demásy que sin embargo, sea una sala vacía, proyectando la película en la oscuridad para nadie, o a lo sumo, para uno o dos espectadores despistados que abandonarán el cine para agotar su aburrimiento en la bolera o en la pizzería más cercana, es un cuadro razonablemente creíble, razonablemente real, terriblemente clarificador.

Un comentario »

  1. yaiza 21 jun 2010 at 10:14 -

    Me encanta tu critica, y que salves a las mas cercanas tambien, lo-as pobres no tienen ninguna culpita de no ser ello-as los que reciben las subvenciones, demostrarian mucha mas calidad.

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