Salgo del teatro después de ver 32, Rue Vandenbranden con una infinidad de imágenes a las que dar coherencia y sin una idea clara de cómo darles un sentido, así que decido dejar de racionalizar y que las sensaciones hagan su trabajo.
Un paisaje nevado, montañas al fondo y un par de casas móviles.Una mujer embarazada oye el llanto de un bebé en la nieve. Dos forasteros llegan a una pequeña comunidad que parece tener sus propias reglas sociales… Este es el punto de partida de la historia. No sabemos dónde está 32, rue Vandenbranden pero asistiremos como voyeurs a la intimidad de sus seis habitantes. Ante nosotros se desarrolla el collage de sus vidas en un entorno inhóspito y hostil que determina el comportamiento y las decisiones finales. Observamos la cotidianidad de estas personas, y con ellas descubrimos sus deseos, sus miedos, sus secretos y sobre todo, su soledad.Vemos sus idas y venidas constantes desde el interior de sus casas hacia fuera, y viceversa, la intimidad de una canción en la ducha, los juegos en la nieve, la complicidad de unos jóvenes enamorados. Vemos la felicidad, pero también observamos la violencia. Tenemos la sensación desde el principio de que hay algo contenido que no se explica pero se sobreentiende o bien se imagina. La frontera entre lo soñado y lo real es casi imperceptible y por eso, en algunos momentos dudamos de si lo que vemos pertenece al mundo real de los personajes o a su imaginación…dejamos de racionalizar.
La llegada de los extranjeros está marcada por la incertidumbre ante esas rígidas normas que transforman sus vidas, y que según los autores, tiene como fuente de inpiración la película japonesa La balada de Narayama (Shohei Imamura,1983), en la que una pequeña comunidad rural de una zona montañosa incita a los ancianos a retirarse y morir para dejar sitio a la siguiente generación.
Hun Mok Jung y Seoljin Jim (Foto: Herman Sorgeloos)
Como en la película, no hay lugar para la esperanza, aunque muchas veces irrumpe la risa y nos reconocemos en situaciones donde los habitantes, pese a vivir en este paraje inhóspito, llevan zapatos de tacón, americanas y camisones de raso, cantan en el baño, juegan, observan a sus vecinos, sacan la basura, sueñan… Entonces, ¿de qué manera nos cuentan la historia? A través de la danza, la música y la escenografía que conforman el universo propio del colectivo belga Peeping Tom. Creado en el año 2000 de la mano de la argentina Gabriela Carrizo y el francés Frank Chartier, surge como una amalgama de danza, teatro, lenguaje corporal, cantantes líricas, e imágenes impactantes de lo cotidiano. El joven elenco de bailarines y contorsionistas de procedencia y formación heterogéneas se completa con la madurez de una mezzosoprano cuyo repertorio abarca desde piezas clásicas hasta temas de Pop Rock. Según la crítica son los herederos de la gran tradición del teatro-danza belga, y con su trabajo anterior compuesto por la trilogía Le Jardin (El jardín), Le Salon (El salón) y Le Sous Sol (El sótano), cosecharon un enorme éxito que les valió entre otros galardones el Premio al Mejor Espectáculo de Danza 2005 en Francia.
La música y la escenografía son la base a partir de la cual surge la trama y la coreografía. Los sonidos envuelven en todo momento la obra, hay instantes de melancolía y gran belleza con la mezzosoprano Eurudike De Beul cantando el aria Casta Diva, e inquietantes, con fragmentos de la canción de cuna extraída de El pájaro de fuego de Stravinsky en una versión para teremín. Las composiciones y los arreglos de Juan Carlos Tolosa y Glenn Vervliet crean un sonido hipnótico gracias al sistema surround 5.1 trasladándonos a un ambiente cinematográfico desasosegante de tormenta y viento. El repertorio de la cantante que abarca desde Bellini hasta el Shine on you crazy diamonds de Pink Floyd podría ser un aliento entre esta desolación, pero para los habitantes de la 32, Rue Vandenbranden el frío es eterno.
Hun Mok Jung (Foto: Herman Sorgeloos)
Lo mejor es sin duda el virtuosismo de los artistas que supera a la propia historia, sus proezas físicas contribuyen a la creación de ese ambiente mágico en el que los objetos y los cuerpos parecen tener vida propia. En este universo onírico hay maletas que se sostienen en el aire, caravanas que tiemblan, un corazón que sigue palpitando entre las manos de su dueño. Pero no sólo los objetos nos sorprenden, también los bailarines con sus movimientos convulsivos, contorsionismos y continuas transformaciones hacen posible creer que puedan levitar o evaporarse de la escena como si tal cosa. Su trabajo es una muestra de que la danza contemporánea se nutre de bailarines de formación muy diversa, que trasgreden el propio concepto del ritmo utilizando la acrobacia, el contorsionismo, las artes marciales, la mímica y la pantomima. Si bien descubrimos cuerpos lanzados al aire y el uso de movimientos en el suelo, muchas escenas se basan en transformaciones fisiológicas que moldean cada músculo de los intérpretes , adoptando formas y máscaras de un fuerte impacto estético. Vemos como un hombre se consume y como una mujer es capaz de anillarse sobre sí misma y recorrer la mitad del escenario.
Así es 32, Rue Vandenbranden, un pequeño Dogville a la francesa en el que no faltan el esperpento, el humor y la brutalidad, y así son sus habitantes, a los que no les queda más que una comunidad y su conexión a la tierra.
- 32, Rue Vandenbranden
- Compañía: Peeping Tom
- Concepto y dirección: Gabriela Carrizo y Franck Chartier
- Lugar: Sala verde Teatros del Canal
- Cea Bermúdez, 1. 28002, Madrid
- Entradas: De 6 a 18 euros en Entradas.com
- Del 19 al 22 de mayo
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