Pablo López Carballo (León, 1983) es crítico literario y poeta. Ha colaborado para distintos medios, como la revista Quimera y Afterpost, espacio digital de crítica de donde es además codirector. En 2008 el IV Premio Internacional de Poesía La Garúa gracias al libro Sobre unas ruinas encontradas, que no sería publicado hasta comienzos de 2010.
Pablo López Carballo tiene una voz que se debate entre lo desnudo del paisaje y la cálida vestidura de la palabra. Viscaral, caliente, al tiempo que seco y reflexivo. Estos son algunos de sus pensamientos y secretos.
En un panorama en donde los autores nacidos en la década de los 70 son considerados como jóvenes, ¿qué se espera de un autor de los 80?
Suena a que somos pre-existentes pero me gustaría pensar que seremos persistentes. Hemos crecido con el sentimiento de culpa —inculcado por la sociedad— de no haber vivido una época tan compleja y difícil como la que nos precedió. Sin embargo, creo que son los nacidos en los 70 y los 80 los que, al margen de pseudopolíticas y panfletarismos periodísticos, están apostando por hacer una lectura de nuestro pasado, más inmediato, desde posturas diferentes a las empleadas anteriormente o a las desarrolladas en la actualidad por algunos sectores mediáticos. Es en este sentido en el que se plantea Sobre unas ruinas encontradas, reclamando una mirada y relectura diferente, que escape de posturas castradoras o totalitarias.
En otro orden, los recien-nacidos tenemos la fortuna de poder explorar la modernidad desde un punto de vista privilegiado, ya que contamos con las herramientas y los puntos de vista que nos han facilitado nuestros predecesores. De nosotros nadie espera nada, así que todo será sumar.
¿Qué diferencia establecerías entre los manidos conceptos “Poesía joven” y “Nueva poesía”?
“Nueva poesía” es un sintagma redundante, toda poesía debería aspirar a la novedad o a la redundancia novedosa. “Poesía joven” se ha convertido en un cultivo, del que después solo germinan algunos tallos. La necesidad de buscar un nombre la ha generado el mercado, que ha creado un pequeño sector comercial. Desde el punto de vista poético, la poesía se defiende sola, al margen de la juventud, el sexo o la generación. En resumen, creo que los términos ayudan a crear espejismos.
Como crítico, ¿cuál es la clase de autor que esperas encontrar?
Me gustan los autores que me complican la existencia. Cuando leo un texto prefiero sentirme perdido, sin saber a qué atenerme o qué ocurrirá después. Los textos que, después de leer dos palabras, ya sé cómo se van a desarrollar, me aburren. Prefiero que me sacudan.
Al contrario que en la narrativa, parece que en la poesía la influencia de la crítica sea casi nula. ¿A qué piensas que se debe?
El problema es que, por lo general, la gente desconoce la pluralidad de terrenos que puede abarcar la poesía. Se han quedado con la idea más reaccionaria del romanticismo —del español, además— y es muy difícil sacarlos de ahí. Este escollo se ha convertido en insalvable, porque es un asunto en el que no se quiere pensar. Las “necesidades culturales” están copadas por productos de fácil ingestión, que la lógica de mercado ampara. Como en muchos otros ámbitos, en la literatura hay distintas escalas y la poesía está situada en una de las últimas. Nadie parece necesitar la poesía.
¿Qué papel desempeña Sobre unas ruinas encontradas en el abanico poético actual?
De desempeñar un papel, no debería ser yo quién lo dijera. Te puedo decir lo que es para mí o cómo surgió. Creo que, en el fondo, lo que busco es la revalorización del lenguaje, al margen de su función comunicativa. Es algo que se ha repetido muchas veces pero que, en la actualidad, se está dando por supuesto y no es así ni mucho menos. La política y el periodismo, entre otros, están sometiendo el lenguaje a un empobrecimiento desmedido. No digo que debamos preservar nuestra lengua al margen de contaminaciones, esto no serviría de nada, las lenguas deben vivir en el habla. Pero, de ahí, a tan siquiera intentar ser conscientes de las posibilidades que tiene, me parece que es adoptar una actitud tremendamente reduccionista. En este sentido, esto es lo verdaderamente conservador, eliminar los matices y estandarizar el lenguaje. Que la palabra se adapte y manipule en función de los intereses de una minoría, no supone llevarla por muy buen camino. Por eso, creo que hace falta empeño y enfrentamiento en la relación lenguaje-mundo. El lenguaje, que es la materia de trabajo de la poesía, actúa de este modo como campo de batalla en el que luchar contra todas las deficiencias e injusticias de nuestra sociedad.
Tu primer libro tenía que haber sido publicado hace dos años, ¿sigues guardando hoy la misma relación con los versos que contiene?
Es una relación totalmente diferente. Mis ideas en cuanto a la poesía han cambiado notablemente y eso condiciona la lectura actual. Los veo lejanos, aunque, a veces, me sorprenden anticipándose a planteamientos actuales. Hay muchos aspectos que tienen importancia en Sobre unas ruinas encontradas y que han dejado de tenerla en mi trabajo actual, y al revés, por supuesto. En Sobre unas ruinas encontradas predomina una puntuación semántica y una interrupción/destrucción del ritmo, aspectos que ya no forman parte de mis nuevos textos. En cambio, la imagen tiene más peso en éstos que en el libro, donde apenas tiene espacio. Podría decir que veo las Ruinas como un proceso finalizado que me ha servido para situarme en la poesía.
Durante todo el poemario hay una obsesión por la palabra-carne, por la piedra-pájaro, por la naturaleza-desértica dentro de la garganta narradora. Edmond Jabès decía que para él el desierto significaba su propia despersonalización, ¿significa lo mismo para ti? ¿Qué simbología tiene la palabra, la piedra y el pájaro?
Sí, la despersonalización es necesaria desde muchos punto de vista. Explorar y desconocerse es, en definitiva, poesía. En cuanto a la simbología, es un tema candente. En varios periodos de la escritura del libro pensé sobre ello. Los símbolos no funcionan siempre igual. Creo que no podríamos ser consecuentes con nosotros mismos ni con el mundo si los utilizásemos de manera unitaria y unívoca. Nada ni nadie lo es. Para mí, los símbolos son su propia desactivación. En Sobre unas ruinas encontradas son elementos reducidos al máximo que dependen en todo momento de otros elementos cercanos.
Hay ecos de Valente, citas de Aníbal Nuñez, e incluso acordes de Maga. ¿Podrías decirnos cuáles son los autores que más te influyeron durante la escritura del libro?
Francisco Pino, San Juan de la Cruz, Wallace Stevens, Haroldo de Campos, T. S. Eliot, Arnault Daniel, Xavier Villaurrutia, Vicente Núñez o Eduardo Milán.
Y dos grupos de música.
Quizá, Sonic Youth y My Bloody Valentine.
Y dos cuadros.
Ciñéndome al formato, la serie Concepto espacial de Lucio Fontana e Index: Incident in a museum VIII de Art&Language.
Y dos películas que se escondan en la atmósfera de Sobre unas ruinas encontradas…
Satantango de Bela Tarr y El desierto rojo de Michelangelo Antonioni.

La edición del libro en La Garúa es muy sugerente, no sólo por el formato, también la portada invita a guardar el libro como una pequeña joya. ¿Qué piensas de la edición en España? Y más concretamente: de la edición independiente en nuestro país. ¿Crees que sólo las pequeñas editoriales apuestan por autores jóvenes?
Lo primero que habría que plantearse es si una editorial independiente de poesía puede dejar de ser pequeña. De todas formas, entiendo a qué te refieres. En los últimos años, ha habido algunas apuestas por autores jóvenes, sobre todo, en los inicios de la creación de algunos catálogos, como por ejemplo, el de DVD o Bartleby. Posteriormente, éstas y otras editoriales como Pre-Textos, han seguido confiando en autores nóveles y jóvenes, a priori, poco conocidos.
Por otra parte, encontraríamos editores que, pese a tener un ritmo de publicaciones menor, han dedicado buena parte de su tiempo, sino todo, a trabajar, de manera arriesgada, con autores no reconocidos. Éste es el caso de El Gaviero, Trea, La Bella Varsovia, La Garúa o Eclipsados. En España, hay muchas ganas de hacer cosas nuevas y, eso, se contagia.
Hablando de la industria editorial en general, creo que goza de buena salud. Se podrían poner innumerables peros, quedándonos siempre con una idea de ampliación esperanzadora. Prueba de ello son el surgimiento de editoriales como, por citar algunas, Vaso Roto, con unas bases muy sólidas y atractactivas, o la recien aparecida Colección Transatlántica, quienes han acercado, al igual que ya lo hicieron sus predecesoras, a poetas extranjeros fundamentales. En este sentido, la poesía hispanoamericana está siendo una de las más trabajadas.
También la poesía norteamericana está cada vez más cerca de los lectores españoles, que cada año contamos con varios títulos imprescindibles. Una muestra de este creciente influjo es la recientemente publicada La familia americana. Antología de nueva poesía de Estados Unidos, elaborada por Carlos Pardo y Elisabeth Zuba, y que reúne a autores nacidos entre 1969 y 1979.
La poesía europea se está revisando a través de nuevas traducciones de autores capitales, a medida que siguen introducíendose otros desconocidos u olvidados por el lector español.
Asimismo, habría que destacar la presencia de otras latitudes poéticas, no sólo, como ocurría hasta hace bien poco, incorporadas a través de instituciones y asociaciones culturales, sino, promovidas desde algunas editoriales independientes. Hasta ahora, sólo se habían publicado autores consagrados y reconocidos en otros países occidentales, pero en este momento, la actitud adoptada es la de ampliación. El Gaviero, por ejemplo, acaba publicar Excepto yo de la palestina Fatena al-Gurra.
Algunas de las editoriales citadas (además de las olvidadas), merecerían ser tenidas en cuenta en más de uno de los aspectos señalados pero no pretendo ser exhaustivo, sino transmitir la idea de un panorama esperanzador. Como ya apunté previamente, se puede pedir más y seguramente nos siga pareciendo poco, pero así es la sed.
¿Hay vida más allá de los certámenes literarios?
De momento yo no he tenido la suerte de conocerla, pero creo que es necesario y saludable.
¿Hay vida más allá de las ruinas?
Sí, de hecho uno de los planteamientos que orbitan en torno al poemario es la necesidad de vivir sobre esas ruinas. Todo son ruinas y creo que reconstruirlas no sirve de nada, para mí, es mejor entenderlas y crear-vivir sobre ellas. Rechazarlas sería estúpido. Por eso, y una vez adoptada esta perspectiva, sigo trabajando en nuevas arquitecturas y modos de convivencia.
¿Qué encontraste tú bajo esas piedras extrañas, poco pulidas?
Un camino desconocido e incierto. No se puede pedir más.


















Asi se habla, ojala mas jovenes pensaran de esa manera y tuvieran esas inquietudes.
Dos erratas tan sólo en la entradilla.
¡CORRECTOR!