Literatura

Bernlef, Entre brumas

Por Alicia Guerrero Yeste 6 may 2010 0
Bernlef, <em>Entre brumas</em>

Las palabras de presentación en la contratapa de la edición al castellano que la editorial Plataforma ha hecho de Hersenschimmen , la celebrada novela del escritor holandés Bernlef publicada originalmente en 1984, nos introducen a él aguardando un relato en el que la literatura crearía una perspectiva donde se sintetizase la dimensión de la experiencia humana con la información médica que nos permitiera profundizar en el sufrimiento de un enfermo de Alzheimer.  Entre brumas, título con el que se ha traducido al castellano este monólogo que narra el proceso de disolución mental de un hombre de edad relativamente avanzada y del que Harold Pinter destacó que se trata de un relato “tremendamente doloroso, muy audaz”, no es ese tipo de relato, pese al valor e interés que por su realismo puede ofrecer para un lector que se aproxime a ella a la búsqueda de un documento de testimonio.

Es precisamente ese realismo, la extraordinaria sensibilidad de Bernlef para narrar y describir realidad, sin recurrir a ningún tipo de excesos ni efectos narrativos o retóricos, el que hace de esta novela una perturbadora experiencia de lectura a lo largo de la cual va afirmándose subyacente una perturbadora reflexión sobre el existir.

Bernlef llama ‘entre brumas’ a ese estado donde la estructura de la conciencia, o lo que comúnmente denominamos ‘razón’ se disuelve. Sin embargo, lo hace induciendo al lector a plantearse, cada vez con más intensidad a medida que avanza el relato, si no es necesario comprender esa degeneración de las facultades psíquicas como una compleja forma de lucidez, como una transformación en la conciencia de ser.

La novela comienza con su protagonista, Maarten Klein preocupándose ante las evidencias que le advierten otra vez que su cabeza está dejando de funcionar con eficiencia y está desorientándose, extraviándose en su espacio y tiempo. Despistes irrelevantes se están convirtiendo en confusiones profundas, como si la memoria jamás hubiese capturado el instante anterior. No obstante, pese a esos bloqueos en lo cotidiano, en lo más reciente, Maarten es capaz de recordar con una minuciosidad extrema detalles muy concretos de hechos vividos hace muchísimos años, algunos de ellos de los que su esposa sólo conserva una vaga idea o que ha olvidado por completo. Tal vez ésa sea la ortodoxia racional de la salud mental: olvidar, mantener la distancia desde la que los recuerdos son una sustancia borrosa. Y, tal vez sea una ortodoxia equivocada. Maarten Klein, a los ojos de su esposa y todos quienes le rodean, está perdiendo la razón, pero nosotros, lectores sujetos a su monólogo interior y acompañantes en sus acciones, estamos confrontando esa ortodoxia, comprendiendo que en la mente de Maarten se está produciendo algo mucho más complejo: la conciencia ha perdido la necesidad de asimilar y registrar el presente, los recuerdos han comenzado a adquirir una nueva sustancia y el territorio de la vida se convierte un plano diacrónico en el que el pasado de la vida reemerge y se hace presente, emoción y acción, en la intensidad de la acción y emoción de la vivencia del momento.

El cuerpo y la mente comienzan a regirse por los flujos de la la persistencia de un presente interno a través del que se reconstruye para el lector una totalidad esencial de la biografía y retrato interior del Maarten anterior a ese cambio de estado en su conciencia.

Las situaciones y pensamientos de Maarten reflejan claramente los síntomas del mal de Alzheimer pero, significativamente, la precisa denominación de la enfermedad jamás en nombrada. Si esa condición en la que Maarten se halla posee un nombre, es una palabra que queda deliberadamente exenta del texto, lo que enfatiza la posibilidad de interpretar que Bernlef no comprende este estado como una patología sino como un estado del ser. De igual manera, se percibe crucial asimismo el hecho de que el protagonista sea un hombre absolutamente común, que en todos sus años de vida se ha sentido protegido y colmado en las rutinas de su vida laboral y familiar, sin inclinación ni interés por indagar en cuestiones trascendentales, para poder reconocer con claridad la yuxtaposición de la profundidad con que Bernlef quiere afirmar que actos y sensaciones aparentemente ordinarias y que parecen haber sido vividas, sin considerar que mereciesen ser registradas más allá de su presente inmediato, y hechos que han sucedido más allá de nuestra voluntad o en vidas ajenas, ahondan en nuestra psique para convertirse finalmente en la materia que ha hecho nuestra propia vida.

El lenguaje directo, claro, que a lo largo de la novela describe subliminalmente el carácter de Maarten mientras va narrando el flujo de su pensamiento y el curso de sus acciones, va evolucionando hacia el final, cuando la conciencia ya está absolutamente desconectada de la relación con lo exterior, incluso de la propia masa de su cuerpo, hacia un modo de expresión para un ser sumido en la oscuridad y en el absoluto olvido, a través de expresiones esquemáticas que reflejan destellos de retorno captando, pero sin reconocer ni entender, aquello que está más allá de sí, de aparente incongruencia, extrañas, a veces de una crudeza perturbadora, no exento de una dimensión poética. Igualmente, permanece latente a lo largo del texto la alusión al deseo de la llegada de la primavera, como una metáfora alusiva a la esperanza y a las ganas de vivir, una metáfora sencilla y posiblemente casi elemental, pero que al final de la novela va desvelando su peso trágico: el significado de la inutilidad de esa esperanza, el significado de un final que ya ha llegado, aunque no se haya producido el traspaso del cuerpo, el alma ya está en otro lugar, y en el que de algún modo resuena, la esperanza órfica de hallar en ese inframundo, de disolución, de olvido, a una presencia femenina amada acompañante.

Sería impreciso calificar de ‘compasión’ el sentimiento que Bernlef genera en el lector inmerso en esas brumas junto él. Estar junto a Maarten durante ese proceso que es el de la evidencia del final de la vida de ese hombre resulta doloroso; se vuelve paulatinamente angustiante entender la creciente vulnerabilidad que él ignora sobre sí mismo, su creciente alienación respecto a esa otra realidad donde hasta entonces ha pertenecido. El lector siente la necesidad de no abandonar a esa conciencia viviente mientras va hacia la disolución final, hacia la confusión absoluta del ser que puede ser el estado de traspaso de la conciencia hacia la muerte y, tal vez, posterior a ésta. Para no abandonarlo en la involuntaria incomprensión de la esposa bienintencionada y de médicos y cuidadores, cuyas presencias nos hacen interrogarnos muy críticamente si es realmente la llamada enfermedad la que crea el grosor infranqueable de esas brumas en que va perdiéndose Maarten o son nuestros propios pavores e incompetentes y banales reacciones ante los quiebres de la psique y el temor a cómo al transformarse la sustancia y expresión de la vida se desestabilizan las estructuras de nuestro rígido y reductivo ‘orden racional’ los que realmente agravan esa desconexión entre ‘nosotros’ y ‘esos’ sumidos en ese otro estado de vida, ese final en el que en el que converge la paradoja entre la complejidad y la futilidad de la existencia.

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