En la novela de Richard Yates, Revolutinary Road, hay un momento en que el protagonista, Frank, que se considera a sí mismo un intelectual, mira los libros que hay en casa de su amigo. Los mira con algo mucho peor que desprecio: los mira con condescendencia. El amigo, Shep, se siente violento porque se avergüenza de algunos de los títulos de la estantería.
Me encantó ese detalle. Y es que todos nos avergonzamos de algún título de nuestra biblioteca. Quien más, quien menos, ha recibido a alguien en casa y ha querido encoger hasta desaparecer completamente cuando los ojos del visitante se han entretenido más tiempo de la cuenta en un Harry Potter, en una novela histórica o, qué sé yo, una novela romántica de kiosko. Esas cosas que no son precisamente literatura elevada pero que en su día engullimos con avidez.
Llevaría un mes trabajando como librera cuando Mikel, gran librero y aún mejor amigo, me preguntó si había leído a Murakami. Ni me sonaba. Yo leía como una descosida, pero leía al azar. Lo que me caía en las manos y lo que encontraba en las bibliotecas. Clásicos, libros de tapa brillante y contraportada tentadora, lo que me regalaban, lo que ponía en el libro de literatura, lo que me recomendaban mis amigos. Mi bagaje era bastante caótico y muy incoherente: La Regenta, Baudelaire, el romancero viejo, El guardián entre el centeno, Ibsen, Bukowski, La Celestina, Carmen Jodra Davó. Es lo que tiene tener más interés que criterio: lees lo que pillas.
A veces echo de menos ese interés valiente y libre de prejuicios. Quién sabe si estoy descartando algún libro maravilloso sólo porque lo edita La esfera.
Pero en fin. Murakami. Le dije que no lo conocía y me dijo que lo leyera, que creía que me iba a gustar. Miré en la estantería la relación de títulos y me llamó la atención uno chiquitín, azul, de Anagrama. Se titulaba Azul casi transparente. El título me pareció evocador. En la contraportada me decía el editor que dentro iba a encontrar un mundo de soledad, unos personajes perdidos que se refugian en las drogas y en el sexo descarnado, tan excesivo que resultaba puro. Narrados por un jovencísimo autor que estaba despuntando en la literatura allende (pero que muy allende) los mares. Maravilloso.
Aquel día, después de comer, en la horita que tenía libre antes de volver al trabajo, fui a la Plaza del castillo en Pamplona, me senté en un banco público y abrí el libro. Era Navidad, hacía un frío helador, y la gente iba de un lado a otro con los brazos cargados de niños y bolsas entre las luces decorativas. Frase a frase, mis ojos fueron abriéndose hasta adquirir el tamaño de sendas pelotas de tenis y en mi cabeza fue cristalizándose una única pregunta: “¿De qué me ha visto cara el Mikel?”.
En Azul casi transparente había soledad, había drogas y había sexo. Un montón, además. Pureza, en mi opinión, ninguna. La verdad es que ya había leído a Bukowski, por ejemplo, que de sexo habla bastante y con muy poco tapujo o velo romántico, pero jamás había visto mi sensibilidad tan acuchillada. Sangre, dolor, violencia sexual. Con un lenguaje objetivo, contundente, casi científico.
En cuanto volví al trabajo, le dije a Mikel que había empezado con Murakami. Le conté que me había sentido sucia leyendo eso a las tres de la tarde en una plaza transitada. Que cuando levanté los ojos y vi a una señora empujando un carrito lo tuve que cerrar. Tardamos unos minutos en entender qué había pasado: hay dos Murakamis, y yo había leído al otro. Más tarde sí que leí al Murakami oficial, y lo disfruté un par de meses. Luego me aburrió y ahí lo tengo, aparcado, en un rincón de mi pequeña biblioteca. Muy cerca del otro Murakami, el que me sacó los colores aquella Navidad. Y algo más lejos de tomos que no cito porque esta es una revista de prestigio y no quiero que me echen por leer cosas tan necias.
Pero en el fondo no me avergüenzo de las cosas que he leído. Hace falta vagar un poco y probar caminos antes de encontrar la propia senda fuera del canon. Hay que darse tiempo hasta encontrar a esos autores que citan a otros autores, que te llevan a otras obras que, a su vez, te remiten a otras. Hay que enredarse un poco en la red de la literatura. Hay que reconocer el terreno antes de dibujar el mapa de lo que queremos leer.
Cuando leí el capítulo de Revolutionary Road, pensé en lo mucho que me gustaría poder decirle a Shep que no pasara vergüenza. Que no pasa nada por tener libros “normales”. Que el criterio literario se va afilando, que se aprende a leer (a leer de verdad y a escoger la lectura) a lo largo de los años, y que quien no se ha salido nunca del canon es como el científico que afirma que jamás le ha estallado una redoma. O miente o es un cobarde. O las dos cosas.
Desconfío de las bibliotecas demasiado exquisitas. De los libros canónicos, perfectamente ordenados en una fila militar, sospechosos. Diciendo con la boca pequeña pero con grandes aspavientos que esta es una biblioteca seria, esta es una biblioteca culta, esta es una biblioteca excepcional. Desconfío. Creo que la mayor parte de los verdaderos lectores son personas que han leído todo lo que ha llegado a sus manos. Que no han prejuzgado. Que han ido formándose y formando su gusto y su criterio. Que alguna vez se han leído un tomo de Los cinco en la playa. Que han leído porque era lo que más les gustaba hacer. No porque tuvieran que demostrar nada. Desconfío de quien no lee nada trivial. Y es que creo que no hay nada más trivial que leer para demostrar que no se es trivial.












Esto acaba de llegar a mis manos (o más bien a mis ojos) por casualidad y lo he leído casi sin petañear. Me ha encantado, me ha encantado. Pero no lo tengas demasiado en cuenta. Al fin y al cabo, no tengo que demostrar nada.
Murakami, Auster, Bódor, Almudena Grandes, Tolkien (todos los que hay), R.A. Salvatore (drizzt do urden, sí), Baricco, Amis, Catherine Millet, Palahniuk, lipovetsky, Onfray, Lärson, Ishiguro, Kundera, Cesar vidal, Nothomb. Algunos de ellos los tengo escondidos de pura vergüenza, lo reconozco.
Yo también leí a Murakami, como bien sabes. Desde entonces no puedo hacerme la misma imagen ante la frase “subirse a un helicóptero”.
Es lo único que he leido después de Teo en IngSoc.
Alba: ¡muchas gracias! De verdad, me alegro mucho de que disfrutes mis textos.
Sandra: me estoy planteando hacer un albergue de libros estigmatizados. Aunque si tengo que acoger todos los que César Vidal (o sus “negros”) ha(n) escrito, tendría que ocupar una ciudad entera.
Rxxx. Sí. Lo sé. Es una de las muchísimas únicas cosas que has leído. De todas maneras,y aunque ya lo he hecho otras veces, vuelvo a mostrarte mi admiración por haber llegado a acabarte ese helicóptero. Yo tuve que parar antes.
Con este artículo te has salido. Y eso que llevas muy pocos aún. A ver qué más esconde tu cabecita para próximas semanas
No sé cómo contestarte, A.S.B. Baste decirte que me he ruborizado.
¿Te acuerdas que el día que nos concimos compramos para un regalo el libro de cuentos de Murakami? Felicidades por tu sección, es genial. De veras. Me gusta cómo escribes. Lo que escribes. Ese estilo propio. ¡Gracias!
Me acuerdo a la perfección, Hasier. Murakami y la Nothomb fueron los culpables de toda esta aventura. Quién lo iba a decir…
Gracias a ti por tu comentario, de verdad. Saber que te gustan mis articulines me ayuda a mimar con devoción a mi pequeño Filias&Fobias. ¡Un beso enorme!
¡Ja!
Yo también me topé con ese otro Murakami en la biblioteca. Confié en la casualidad y… ¡tachán!, arcada al canto. Y no porque fuera malo, sino por lo bien que ese otro japonés describe las situaciones.Si te digo la verdad, el libro de Ryu me sorprendió y me gustó mucho más que ese pesado y misógino Bukowski.
Ay, yo con Bukowski me reía a muerte. Como con Boris Vian en sus parodias de novela pulp. Ponen un ejemplo de mujer tan pavisosa, manipulable y tarada que no pueden ofenderme: no podría ni por asomo identificarme con una de ellas (salvo cuando la taradez es el rasgo predominante).
Reconozco que soy un poco pazguatilla y por eso Ryu me dejó un poco asustada. Bukowski me hacía reír. Ryu me revolvía las tripas. Eso no significa que me parezca mal libro: sólo, que yo no estoy hecha para él. Lo nuestro es imposible… Aunque tiene otra novela traducida, Sopa de miso, con ciertas trazas de policíaca… que puede salvar lo nuestro. Creo que le daré una oportunidad. Ya te diré. ¡Un saludo, y gracias por pasarte por aquí!
El artículo me parece de puta madre, hombre no sé yo si llegar a avergonzarme de alguno de los que hacen bulto en mi biblioteca chiquitita, pero lo hecho, hecho está y lo leído, leído está; no obstante a mí me da –y a modo enriquecer el debate (si es que lo hubiera) – que por malditos, entiendo yo, los que sectariamente algunos se empeñan en prohibir leer, pero claro, también entiendo, que son prohibidos para sus acólitos . A modo de ejemplo sirva esta guía que hace un tiempo rulaba x la red; en ella también están “los recomendables”. Es alucinante lo tonto que se pone el genero humano. Este es el enlace x si quieren ustedes echarle un vistazo.
http://www.opus-info.org/images/6/61/Index_2003.xls
Felicidades x el artículo Anaïs, me ha gustado.
Muchas gracias, Gsús. Tienes razón, el título es un poco engañoso. Tendría que haber sido “los libros parias” o “los libros que envejecen mal”. Algo así.
No conocía esa lista. Si es cierta, la verdad es que es un poco triste que a esta alturas los libros sigan pareciendo “peligrosos”.
Entiendo que un católico no quiera leer a según qué autores. Sí, puede verse como cerrar los ojos ante la realidad, pero cada cual tiene todo el derecho a proteger su sensibilidad. Pero no puedo entender que se prohiban Las flores del mal o Madame Bovary. ¡Madame Bovary! ¡Si el mismo narrador está diciéndole a Emma que es una zorra corrupia! No sé quién hizo esa lista, pero se lució.
Gracias por tu comentario. ¡Un saludo!
Pues a lo mejor soy un poco inquisidor, pero yo quemaría algunos libros, a ser posible todas y cada una de las copias, a lo biblioteca de alejandría, y a los autores. De hecho, eso sería quizá lo mejor que podría traernos un sistema gobernado por el puño de hierro del IngSoc y el Gran Hermano.
Ya sé que tengo que cambiar de lecturas… pero es que vaya bodrios que hay por ahí. Y a la gente le gustan.
No es por desanimarte, pequeño inquisidor, pero sería una hoguera demasiado grande. El mundo dejaría de ser gobernado por el Gran Hermano para dejar paso al gobierno de la Gran Columna Llameante y Destructora.
Sé que no tiene gracia ni sentido pero es que no sé cómo contestar a eso…
No creo que un libro que hable de sexo (un libro como el de Murakami) tenga que ser maldito porque sí. Ni creo, como Hada, que Bukowski sea aburrido: Bukowski tiene una amplísima obra muy buena, muy exquisita en algunos puntos -en su poesía- -en sus pájaros de soledad- -en su concepción del tiempo- -en sus traumas infantiles- etc etc, literatura que habla de literatura, Bukowski haciendo literatura como método de salvación personal. Bukowski, salvándonos a nosotros: pues muchos empezamos a leer -en serio- gracias a él (y cuando digo “en serio” digo libros de anagrama, de bolsillo, para ser precisos.
Por otro lado: me encanta que me revuelvan las entrañas. Un libro tiene que revolver las entrañas, de alguna manera u otra. Ryu esconde algo más a parte de tacos, pollas, yo qué se. Hay una historia (terrible): y esa es la que nos revuelve. La que nos da el tortazo. La que es. Literatura.
Probablemente me he expresado mal: yo tampoco creo que un libro sea maldito por hablar de sexo. Como le dije a Gsús, el título de mi artículo es muy desafortunado: me refería a los libros parias, a los libros cutres o a los libros que no sabes cómo demonios acabaron en tu estantería. En esa escala, R. Murakami, dentro de este mundillo literato en que chapoteamos, es un tipo bastante aceptado y bastante guay y no lo escondería de las visitas. Lo que pasa es que a mí no me gusta. No me gusta porque me produce sensaciones desagradables. Y sé reconocer el poder que tiene una escritura capaz de darte ganas de vomitar, y sé que hay un subtexto entre vergazo y vergazo, pero la verdad es que no es lo que busco en un libro ni lo que me hace disfrutar. Y yo leo para disfrutar, la verdad.
Bukowski… ya no sé qué pensar de él. La mayor parte de su poesía me parece una tomadura de pelo. Me gustan, claro, El pájaro azul, y A solas con todo el mundo, y ese del Buda… pero la mayor parte me parece que las hizo porque se descojonaba de todos los que hemos estado buscando interpretaciones sesudas a Me corté la uña del dedo corazón y empecé a sobarle el coño. Sus novelas me entretienen muchísimo, pero salvando Pulp, hay que reconocer que se pueden cortar en episodios, barajarlos, volverlos a juntar, y no habría casi diferencia. Al menos, esa impresión me da a mí. De todas formas, es otro hecho que muchos, muchos, muchos hemos empezado a leer de verdad gracias a él. Y me incluyo. De Buck a Fante y a Céline y a Hemmingway, y a Boris Vian y a Houellebecq y la lista es infinita. Creo que es un buen escritor porque une muchas ramas dentro del árbol literario, supo recoger una tradición, hacerla propia, y sacar afluentes. Pero también me parece que se tiende a endiosarlo un poco y no me parece para tanto.
Muchas gracias por tu comentario, Luna. Siempre abres puntos de reflexión y es lo interesante de todo esto. ¡Un saludo!
Tengo compañeros de clase que no leen. Nada. Que sólo leen a Bukowski. Y punto. Creo que ese tipo de lector es el que tiende a endiosarlo. El que piensa que es único. El que vuelve, equívocamente sobre el tema rollo del malditismo malditismo malditismo. Ag! Cómo me cansa!
Él es, claro, un autor más, pero con una sensibilidad y una potencia (bien sea para reírse de nosotros, bien para hacernos reír) que desde siempre me ha llevado a leerlo y a defenderlo en este tipo de debates.
El poema de la uña no deja de ser un poema de amor magnífico. Cotidiano. Podríamos pensar hasta que es un sensiblón petardo por todo eso que dice. ¿Pero cómo lo dice? Me encanta que tenga que esconder su sensiblería en la palabra coño. Y en “me la enjabona en la ducha” blah blah.
Me interesan de él (más incluso que el del pájaro) La toalla (creo que es el de “cartago en el retrovisor”) y una cita que siempre me recuerda Ibrah, en la que él habla del tiempo que pierde mirando una chincheta en la pared mientras intenta escribir.
Mi libro favorito, por cierto, “la senda del perdedor”.
Qué hijo de puta tenía que ser el padre de Buk ¿verdad?
Un beso y merci à toi, Anaïs.
1. por cierto, nota a pie, con el primer párrafo me refiero a cualquier lector que sólo le a un autor o autores y piensa que más allá de ello no hay otra literatura posible y buena, y etc etc. Bien Bukowslki, bien García Montero, bien, yo qué sé, Murakami (no el visceral).
Muá.
Creo que has dado en el clavo: el problema está ahí, cuando uno se obceca con un tipo de literatura y es incapaz de ver más allá. En todas partes leer a Bukowski es signo de algo, pero en la Universidad de Navarra, que es donde estudié yo, imagínate. Había quien blandía sus libros como enseñas de insumisión, mientras otros se tapaban los ojos y gañían escandalizados. Patético. Por eso tengo una relación tan conflictiva con su literatura: a veces me nace defenderlo y a veces criticarlo, según el contexto. No sé cómo hablar de su obra con justicia. Es agotador.
Mis favoritos son Mujeres y Pulp. Y aunque Pájaro azul y A solas con todo el mundo pequen de evidentes, me gusta cuando se quita la careta y reconoce que en el fondo es un viejo moñas. Cada verso de A solas con todo el mundo me desgarra un poquito por dentro (“Nada más se llena”). Y el de las moscas del verano, también. Ese sentirse mediocre, absurdo y vago, sabiendo las grandes cosas que estamos dejando de hacer en ese tiempo perdido. Increíble. No recuerdo el de la toalla (maldita memoria finita), le echaré un ojo obligado.
¡Otro beso a ti, Lune!
yo lo tengo en la traducción de Dvd de eduardo moga, recomendable,
“Cartago en el retrovisor
me transformo lentamente en
Tiempo”
Besote!
Qué bien escribes jodía.
Hace ya casi un año que hablamos largo y tendido sobre esto, en una mesa de cocina con hule a cuadros. Ensalada de aguacates, Pedro Piequeras, Isabel Coixet y el relato de una niña pájaro.
Me acuerdo mucho de tí y se por Julia que te va bien. Y me alegro. Muchos besos bella, todavía tengo un libro que devolverte.
Se me han ocurrido dos cosas al respecto. La primera, se me ha olvidado. Iré a la segunda tratando de recordarla.
Una vez leí que las bibliotecas no se llevan al exilio, luego te propongo una nueva entrada, los libros que sí siempre llevarías a cualquiera de tus exilios…
La primera cosa (ya la recordé) es, crees que los libros te eligen a ti o tú a ellos? Esa frase la escuche en una peli, y me pareció graciosa…es tierna la idea de que hay por ahí un libro que nos busca…
Acabo aquí, con tu final. Me gustó mucho tu final. Desconfío, desconfío…
Anaïs-Anaïs. Qué bien escribes, jovencita. No sé cuántos años tienes, o sí, no lo sé, pero pareces joven y con mucho que contar. ¿Para cuándo tu primera novela?. Este primer artículo que he leído ha sido una joya, una bocanada de placer y aire fresco.¡ Por Dios, no dejes nunca de escribir!
Jajajaja… yo también me sé de uno que confundió a Ryu con Haruki, y pensó que se había vuelto loco. ¡Sigue así, Anaïs!
yo he caído por aquí de casualidad, pero me ha gustado mucho lo que he leído, quizás sea por que yo también acumulo una cantidad importante de libros malditos que han venido a mí…