Domingo 21 de febrero
Ayer fue mi última jornada en ARCOmadrid. No haré hoy una exhaustiva crónica al uso, sino que me quiero centrar en las sensaciones que me ha transmitido esta última jornada, y una conclusión sobre estos días. Cinco días de arte contemporáneo, de galerías, de gente, de encuentros, de sorpresas y de grandes decepciones. Llegó el domingo y con él el cierre de una feria que se ha clausurado con las mismas incógnitas y sensaciones que llegó. Y es que ARCO parece no terminar de convencer a nadie. Los coleccionistas no parecen demasiado satisfechos con los bandazos que está dando últimamente un evento estancado y caduco, que, como ya comenté ayer, necesita replantearse su situación actual.
Sin ir más lejos, hoy, mientras la megafonía anunciaba que eran las ocho, y por tanto se terminaba la feria, no pude evitar recordar con una mezcla de nostalgia y lástima mi primera edición como espectador. Fue en el año 2004, en esa época en la que tenía que desplazarme desde bastante lejos a la capital con una ilusión casi infantil. Recuerdo que el país invitado ese año era Grecia, y que todo me resultaba innovador, transgresor, futurista y sorprendente. Mientras miraba los restos de los stands que, casi de inmediato, recogían su contenido, no podía evitar pensar que, seis años después, poco o nada ha evolucionado, si acaso ha ido a peor, con la ausencia tan sonada de algunas de las galerías internacionales más destacadas.
Por suerte, hoy, durante la visita, he podido comprobar en una de las performances (la primera que considero que me ha conseguido transmitir algo más allá de tedio o indiferencia) algo de crítica a la feria. Un señor bien vestido y con aspecto cuasi fascista esta encima de un muro de ladrillos, jaleando al público con sentencias histriónicas e irritantes, e instando a la gente a colaborar diciendo frases que un grafitero (el artista en cuestión, Suso 33) las iba pintando en el muro. Una vez finalizado el trabajo, no sin recibir todo tipo de vejaciones, insultos y manipulaciones por parte del señor trajeado, derrumba el muro dejando al supuesto galerista en calzoncillos, y gritando para cerrar el espectáculo: “¡Yo soy pintura!”. Visto por escrito puede parecer pedante, o incluso demasiado obvio, pero después de tanta banda de rock, experimento de fotografía, clase de teatro interactiva o, minutos antes, un simulacro de emergencia, me alegró que una hora antes del cierre alguien se atreviera a ironizar sobre ARCO, y sobre la estructura de las galerías y la feria en general.
A pesar de todo, parece ser que la vigésimo novena edición de ARCO se ha clausurado con un aumento en las ventas respecto al año pasado, aunque con una caída significativa en los visitantes, que mientras en la pasada edición fueron algo más de 200.000, según los primeros datos este año no superarían los 150.000. No me extraña, pues salvo uno de los días, la afluencia era visiblemente inferior a la de otros años. Muestra de ello es que hoy, aún tratándose de la última jornada, era bastante cómodo pasear por los expositores, acceder a las performances o conseguir algo de comida.
Aprovechando que visitaba la feria acompañado por primera vez, decidí hacer un recorrido por algunas de las obras que más me han impactado este año, y también pasear, con más tranquilidad que otros días, por el resto de galerías que aún tenía pendientes. Entre las instalaciones naïf de Rosalía Banet, llenas de sesos en Espacio Mínimo, las láminas de Jordi Ribes homenajeando a personajes del cine fantástico a través del alter ego de Harry Potter, o la revisión que de las portadas míticas de la editorial Penguin presentaba Marland Miller en la galería Alex Daniels — Reflex Amsterdam. Mi corazoncito musical se sobrevino ante los dibujos de Devendra Banhart en la galería berlinense Mario Mazzoli, donde se escuchaba de fondo a Elliott Smith cuando apenas quedaban diez minutos para el cierre. ¿Oportuno? Del todo.
Aún más explícita del fin de ARCO fue la caída repentina ante mis pies de un tapón de champagne, poco antes de que la megafonía nos pidiera amablemente que abandonáramos el recinto, pues ya se estaba desmontando la feria (y lo cierto es que en ese mismo momento cambió la iluminación de los pabellones, y los galeristas, entre algún abrazo, algún tímido aplauso solitario, y sobre todo, con caras de cansancio, comenzaban a recoger los cuadros, a pasar la mopa a los vinilos, a meter las obras en sus cajas, y a hacer balance.
Y muchos me preguntáis qué me parece la feria, y yo mismo me lo he ido preguntando durante estos días, donde he comprobado que me sentía mucho más atraído por propuestas de arte emergente que por lo mismo de siempre. Que he podido disfrutar más de las obras de arte en ferias de pequeño formato como Art Madrid o Just Madrid. Y sobre todo, y como comentaba al principio, esa sensación de que esto tiene que mejorar. En una primera valoración, Luis Eduardo Cortés, presidente ejecutivo de IFEMA, y Lourdes Fernández, la directora de la feria, parecen aceptar las críticas y estar abiertos a rediseñar la estrategia para la próxima edición, haciendo referencia al arte latinoamericano y emergente como temas “que están encima de la mesa”, lo que me hace pensar en el poder del director del Reina Sofía, pues parecen remitirse a sus declaraciones del día de ayer.
Salgo del IFEMA, y el suelo está húmedo. Los visitantes rezagados avanzamos por las cintas transportadoras. Me imagino a los organizadores planteándose qué van a hacer para mejorar la feria. Hay montañas de periódicos humedecidos, y muchos rebuscan entre ellos como transeúntes. Lo interpreto como una señal. Como un aviso. O quizá no. Quizá se trate de una performance. O quizá, lo unico que necesite sea descansar la mente y pensar en algo que no sea arte. Sí, será eso. Nos veremos en la próxima edición.
The End.
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Muy interesante tu diario, hemos acercado ARCO a mi escuela esta tarde , en contra de bastantes compañeros ‚solo lo hemos podido hacer en 2 clases pero ha valido la pena. Queremos dejar libres a los artistas que tenemos en las aulas. Gracias por el articulo.