Jueves 18 de febrero
Hay un problema con las ferias tan consolidadas como ARCOmadrid, y es que llega un momento en el que su oferta se queda estancada. Ofrecen año tras año propuestas muy similares, de prácticamente las mismas galerías, y con unos criterios de selección excesivamente férreos que este año, además, han sido duramente criticados por el propio recinto ferial, llegando incluso a plantearse la suspensión de la feria. Es por ello que han ido surgiendo diferentes alternativas. Otros espacios complementarios que enriquecen y aumentan la oferta, y diversifican las propuestas.
En este contexto, ayer se presentó la feria Just Mad. Por supuesto, no podía perder tan interesante evento, así que me dirigí a las naves anexas al Matadero. Tras un poco de desorientación por una señalización algo confusa, y sin sentirme mal al comprobar que no era el único que no sabía ubicarse, entré en la Nave de Terneras, uno de los dos espacios que han habilitado. Un edificio muy antiguo de ladrillo que antiguamente albergaba establos y reses, y que desde hoy y hasta el domingo albergará galerías y artistas. Nada más llegar me dieron la acreditación, que era una bonita chapa con el logo de la feria, y la documentación, incluyendo un ejemplar del catálogo. Sin duda desde un primer momento ya se notaba que esto era algo diferente.
Accedo al interior y me dirijo a la zona de la rueda de prensa, pasando entre los entresijos de los stands. Clavos, marcos, pinturas. Los artistas daban los últimos retoques a sus obras preparándose para la apertura a profesionales. Por mi parte, subí a lo que denominaban Zona Heineken (no, no nos dieron cerveza), donde poco después comenzaría la rueda de prensa. Giulietta Speranza, la directora ejecutiva, hizo una breve presentación de lo que pretendían con la feria, antes de dar paso a Virginia Torrente, la artífice de toda la parte artística del evento. Era muy positivo escucharle hablar de Just Mad, pues se notaba que todo estaba preparado con mucho entusiasmo. Ambas recalcaron la necesidad de un evento de estas características, una feria pequeña, donde el contacto con las galerías y los artistas es directa y muy cercana, y donde se de cabida a artistas y galerías jóvenes.
Tras la presentación, bajamos de la zona cervecera para que Virginia Torrente nos diera un tour por las dos naves de la feria. Esta bilbaína nos iba explicando datos de las diferentes galerías dejando clara la pasión y el buen gusto con los que había preparado la feria. Y sin duda la idea y el planteamiento han sido excelentes. Todas las galerías tienen veinte metros cuadrados, y en total hay treinta expositores. Esto busca una cercanía que difícilmente se podría dar en una feria tan mastodóntica como ARCO. Y fue fantástico ir pasando por los stands mientras nos explicaban amablemente el contenido, los artistas, la obra. Todo muy familiar, cercano, y encima con unas propuestas de gran calidad.
Entre las galerías presentes, me llamaron especialmente la atención los fascinantes dibujos y esculturas de Sae Aparicio, en la galería María Llanos de Cáceres, la intrigante obra conceptual de Iván Gómez en la galería Arteko de Donostia, o la obra de Fernando Navarro Vejo en el espacio de Sicart, de Barcelona. Además de pasear por las galerías, la directora artística nos explicó otro de los proyectos más interesantes de la feria, los Curator’s desks. Un pequeño espacio dedicado a seis proyectos complementarios a la feria, buscando la difusión de su trabajo y la promoción de artistas.
Pasando entre artistas y periodistas, y tras visitar el segundo edificio, la Lonja, finalizó nuestra visita guiada, que agradecimos enormemente a Virginia Torrente, quien se mostraba muy satisfecha e ilusionada con el proyecto, que personalmente me pareció fascinante, perfectamente organizado y planteado, y al que le auguro un próspero futuro.
Triste por irme de un lugar donde me sentía casi como en casa, aproveché mi ubicación, cerca de Legazpi, para pasar por el Matadero de Madrid, y así seguir aumentando mi experimento de empacharme de arte. Sin embargo, y a pesar de estar incluido en la programación de ARCO, el interior parecía una ciudad fantasma. Tan vacío estaba que llegué a preguntarme si me había colado fuera del horario establecido. Después de dar algunos rodeos e investigar, me di cuenta de que sólo había una exposición abierta, una enorme instalación de Mateo Maté, Viajo para conocer mi geografía. Una enorme instalación en la que un pequeño coche con cámara al lomo se desplaza por un interminable circuito construido por todo tipo de elementos reciclados. Tan freak como atractivo.
Después de este paréntesis, y tras la agradable experiencia de JustMad, tocaba volver a ARCOmadrid, donde por la mañana habían estado los Príncipes. En la sala de prensa, ya se encargaría un fotógrafo de gritar a los cuatro vientos por teléfono que tenía las mejores fotografías, y que las enviaba ya antes de que se las robaran de alguna revista. El mundo del corazón es alucinante. Fue en la sala de prensa, mientras terminaba de preparar mis crónicas, cuando una señora muy simpática preguntó a las encargadas por el catálogo de este año. Algo que nunca debió hacer, pues terminó tremendamente disgustada, pues se dio cuenta de que este año el catálogo ha reducido su volúmen, no incluye el cd (que se compra aparte), y encima la feria cierra una hora antes y con un día menos. Creo que fue en ese momento, escuchando esta conversación, cuando me di cuenta de la influencia de la crisis en esta edición.
Tal es así, que el premio ARCO Comunidad de Madrid para Jóvenes Artistas ha recaido este año en la obra La traca final de Karmelo Bermejo, de la galería Maisterravalbuena. Una obra en la que se pueden ver una fotografía y un vídeo que conforman la palabra recession, que se va quemando poco a poco como si de la traca de las fiestas del pueblo se tratara. Se trata de una acción realizada durante la inauguración y clausura de la feria Art Basel de Miami, y un ejemplo que podría ser la celebración por el final de la crisis, o el final de la especulación. Yo no lo tengo claro.
En mi recorrido de hoy por la feria, veo que tengo marcada una performance de Fabien Giraud y Raphaël Siboni que está a punto de comenzar, así que me dirijo hacia la zona de Performing ARCO, donde un centenar de personas esperan frente a una nube de humo denso que intenta ocultar a un cuarteto de músicos. Tras unos minutos de incertidumbre, comenzaron a interpretar lo que deduzco era algo que el propio artista define como “punk hardcore”. Yo llegué a plantearme si la performance consistía en ver como el culto público iba abandonando masivamente el espacio durante el insufrible “concierto”. Yo aguanté hasta el final de la primera “canción”, pero luego, antes de que me diera algún brote psicótico, me escapé.
En general pude percibir que hoy había mucha más gente que el día anterior. Además, se notaba la aparición de un público muy choni, que me hacía preguntarme si se habían abierto ya las puertas para todo el público, y es que no paraba de ver señoras con aspecto de ama de casa haciéndose fotos con las obras, tocándolas, y comentando en voz alta cada fotograma de una instalación de videoarte. Especialmente popular era el NO gigante que había aparecido en el Solo Project de la galería Helga de Alvear. Mención aparte merece Juana de Aizpuru, que es la única galerista que siempre encuentro todos los años en ARCO. No tiene mérito, porque es muy fácil de reconocer con su característico pelo rojo, pero me hace gracia verla todos los años en su stand, uno de los más grandes. De su propuesta de este año, me quedé especialmente fascinado con un vídeo de Cristina Lucas en el que se recrea –y destruye– el famoso cuadro de Coldplay, perdón, de Delacroix.
Recorro algunas de las galerías del programa general, encontrando cosas extrañísimas, que yo mismo a veces me pregunto cuánto tienen de arte, y cuánto de espectáculo. En Bárbara Gross me quedé sorprendido con una especie de cuenco blanco en cuyo interior había una serie de personajes diminutos, o una serie de dibujos con reminiscencias a Rusia. También había espacio para una gigantesca imagen de Obama, en la galería Projektraum, donde me encantaron los oleos acrílicos de Hadrien Dussoix. También me sorprendió el enorme mural de fotografías de Thomas Schütte, presente en la célebre galería Faggionato Fine Arts de Londres, que presentaba también obras de Francis Bacon, Warhol o Gilbert & George. O eso pone el catálogo, porque yo debía estar tan absorto con las figuras de cera de Schütte que no las recuerdo.
Y así, entre dibujos naïf de Matías Sánchez en Valle Ortí, el éxito de los neones y las pantallas apiladas en la galería Trayecto, y tantas, tantas obras, mi cerebro me recordó que mi misión es intentar sobrevivir a otros tres días de ferias, por lo que, antes de tirar la toalla, decidí marcharme, con el punk hardcore aún en mi cerebro, y tras un día de marcados contrastes.
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