Giant Sand, Granada, 30 de enero de 2010
Una vez soñé que iba a comprar ropa con Neil Young. Contra la previsión (camisa de cuadros, vaqueros y listos), Neil me recomendó una camisa que yo había comprado poco antes: negra, ribete rojo, botones nacarados y cuatro rosas bermellón. Una ventaja de los sueños, que la egolatría aparezca bajo el signo de la necesidad.

Recuerdo eso, como si me estuviese buscando, mientras esperamos en la prueba de sonido de Giant Sand. Aún sin público, ya sin músicos, Howe Gelb continúa en el escenario. Coloca el atril. Comprueba las guitarras. Ajusta el amplificador que
usará Fernando Vacas (Flow, Prin’ La Lá). Lo deja junto al suyo. «¿Queréis tomar algo?». La falsa cortesía de la timidez suele escoger un no. Aunque Howe Gelb ya lo sabe: «De acuerdo, imaginemos que quisieseis tomar algo… ¿Qué sería».
Giant Sand interpreta hoy «At San Quentin» de Johnny Cash, como primera gira del ciclo We used to party: bandas del sello español Houston Party que retoman en directo un disco ajeno, cualquier disco. La elección –y el desafío- de Johnny Cash producen ya la pregunta. «Cuando eres músico pasas demasiado tiempo pensando en tu música, y sueles olvidar la de otros. Así que, cuando tienes esta oportunidad, ¿cómo eliges un disco? ¿Cómo lo elegirías vosotros?». Pienso en losdiscos que me trajeron a la música. Menciono el Sergeant Pepper’s, el Highway 61 Revisited. Ignacio no encuentra un primer disco, pero sí el segundo: Nada Surf. «Bueno, mi primera idea», cuenta Howe Gelb, «fue elegir un disco de Thelonious Monk… Sí, alguien me dijo después que fue un acierto no escogerlo». «Pero pensad en lo que significa un disco. Un disco es un diario». Va cambiando las cuerdas mientras defiende la música como registro. La música como transmisión: anotar algo que todos han oído, con nueva forma, para dejárselo a quienes llegan después. «Algo que conoces y que no querrías dejar que se pierda». Habla de Robert Johnson. Del country, «el punk antes del punk». De Hank Williams, que hacía glam antes de Bowie. Y llega a la elección, a la necesidad de Johnny Cash, «mayor que la propia vida, como se suele decir, siempre cerca del calvario, y a la vez tan generoso, tan sensible». En un documental de su Ipod, nos señala la expresión física de ese contraste: « fijaos, un hombre inmenso, y unas manos tan finas».
Aunque la actuación de San Quintín la grabó, entonces, una cadena llamada Granada Television, el lugar propio para el rock no parece que sea este centro cultural enfriado en diseño. Howe Gelb sale con guitarra, solo, en un aire que no recuerda a Cash, sino al Bob Dylan de Love & Theft, y dice justo lo contrario: «Me alegro de estar en un teatro. Aquí es donde suceden los dramas». Abre con «A boy named Sue», quizá para recordar una constante en el cancionero de Cash: la búsqueda interna que se despliega en un camino, que se manifiesta por él. Y quizá, también, para recordar la necesidad del registro: Cash recibió la canción –escrita por Shel Silverstein- sólo dos semanas antes del concierto en San Quentin, y acabó siendo el single del disco. El final nos roza con algo que puede ser la generosidad de Gelb, o nuestra creencia: «And if I ever have a son, I think I’m gonna name him . . . Fruela… Fernando… Ignacio… any damn thing but Sue».
Pronto se enciende la pantalla tras el escenario: un directo de Cash, aunque no At San Quentin. «Este concierto se grabó en Dinamarca, en 1971; en ese lugar, y en torno a esa fecha, nacieron los músicos de mi banda. Quién sabe si sus padres lo estaban viendo entonces». En el aura familiar, bajo un Cash que no parece caber en medidas, «I walk the line» se mueve indecisa, casi débil; llegará más tarde «Long Black Veil» para imponerse en una lentitud áspera, como si hubiese pertenecido siempre a Howe Gelb.
Las apariciones –algo tan danés, y tan de Giant Sand- crean dos niveles dramáticos. Si Johnny Cash tocó dos veces «At San Quentin» en su concierto, Gelb hace bien al imitarlo, porque la primera coincide con un hipnótico cuarteto de trajes añil y camisas granate: The Statler Brothers. Recuperados de la influencia, llegamos a tiempo para la segunda versión, quebrantada, garajera. La sigue una voz entre el público: «¿Puedo decir algo?». Howe Gelb asiente con una dureza cercana. «Un amigo murió hace pocos días y no pude ir a su entierro, era en el norte. Para mí, este es su funeral». A veces las frases más intensas suenan con artificio, aunque Howe Gelb mide de un modo distinto: «Lamentamos tu pérdida. Esta canción es para tu amigo». Comienzan una tupida «Folsom Prison Blues», pero Gelb detiene a la banda en el primer minuto y salta hacia «Sunday Morning Coming Down»; bastan algunas líneas -«Señor, esto me llevó hacia aquello que perdí,/ en algún lugar, de algún modo, en mi camino»- para comprender que se ha corregido por algo más preciso, más próximo a la compasión. Termina, levanta su sombrero, saluda al lugar del que vino la voz y regresa, afilando de nuevo, a «Folsom Prison Blues».
Aún habrá tiempo para la visita de Fernando Vacas en una incesante «I still miss someone». Habrá tiempo para recordar a June Carter en «Jackson». Habrá tiempo para que Howe Gelb, antes de los bises, agradezca la visita y señale la pantalla mientras se cambian los canales de audio: «Quedaos con ellos, los tenéis a todos juntos: Johnny Cash, June, la familia Carter, Carl Perkins, The Statler Brothers…». Aunque la banda regresará cuando termine esa canción de cierre, la delicadeza, de nuevo la delicadeza de un gesto permanece cuando Howe Gelb se ha ido. Como algo que escribió Ezra Pound: «Lo que bien amas es tu herencia/ De lo que bien amas no han de privarte/… Humilla tu vanidad».











